Fundado en 1903 por los Misioneros del Verbo Divino, el Colegio Guadalupe conserva una de esas puertas que forman parte de la memoria cotidiana del barrio. Detrás de sus rejas aparecen el patio, las aulas y una construcción centenaria que, iluminada por el sol, parece salida de una película de Harry Potter.
Hay puertas que sirven solamente para entrar y salir, y hay otras que terminan contando la historia de un barrio. La del Colegio Guadalupe pertenece a la segunda categoría. Es un enorme portón verde, coronado por arcos de hierro, lanzas ornamentales y una malla protectora que permite descubrir, detrás de la calle, un patio rodeado por antiguas galerías y ventanales. Cuando llega la hora de la salida, aquel escenario solemne deja de ser una postal silenciosa: aparecen los alumnos, las familias, los saludos, las mochilas y ese pequeño desorden urbano que anuncia que terminó otro día de clases.
La imagen tiene algo cinematográfico. El edificio podría pasar por una escuela de magia, un convento europeo o uno de esos internados misteriosos de las novelas inglesas. Sin embargo, no es Hogwarts ni está escondido entre montañas: es el tradicional Colegio Guadalupe, en el corazón de Palermo. Su arquitectura, con muros elevados, patios interiores y ventanas repetidas alrededor de las galerías, conserva una escala y una identidad difíciles de encontrar en las construcciones escolares contemporáneas.
Una escuela nacida junto a la capilla
El Colegio Guadalupe fue fundado en 1903 por los Misioneros del Verbo Divino. Sus primeras clases funcionaron en unos salones humildes de la calle Mansilla al 3800, junto a la antigua capilla de Nuestra Señora de Guadalupe, de la cual tomó su nombre. Hasta 1925 ofreció solamente enseñanza primaria; ese año incorporó el nivel secundario y, en 1927, se trasladó a su sede de Paraguay 3925, dentro del mismo conjunto barrial vinculado históricamente con la parroquia y la actual Basílica del Espíritu Santo. La reseña histórica institucional reconstruye aquel comienzo marcado por la presencia misionera en Palermo.
La obra educativa forma parte de la actividad de la Congregación del Verbo Divino, comunidad religiosa fundada por san Arnoldo Janssen y presente en la Argentina desde fines del siglo XIX. La antigua capilla de Guadalupe fue confiada a los misioneros en 1894; pocos años después, el crecimiento del barrio y de su comunidad católica impulsó tanto la construcción del gran templo de Plaza Güemes como la creación del colegio. Escuela, parroquia y plaza terminaron modelando la identidad de una zona que todavía muchos vecinos llaman, sencillamente, “Guadalupe”.
En sus comienzos fue un colegio exclusivamente para varones. Con el paso de las décadas se convirtió en una institución mixta e incorporó los distintos niveles educativos. El jardín de infantes y el preescolar fueron inaugurados en 1991. Actualmente cuenta con nivel inicial, primario y secundario, según consta en el registro educativo de la Ciudad de Buenos Aires, que identifica como entidad propietaria a la Congregación del Verbo Divino Provincia Argentina Sur.
La hora en que la puerta cobra vida
Durante buena parte del día, el portón parece custodiar un mundo interior. A través de sus barrotes se distinguen el patio y las fachadas de varios pisos, con sus largos ventanales, cornisas y aparatos modernos que se fueron agregando a una construcción atravesada por más de un siglo de actividad. Pero a la hora de la salida cambia todo. La puerta se convierte en frontera, punto de encuentro y escenario de una ceremonia que se repite desde hace generaciones.
Salen los chicos hablando todos al mismo tiempo, buscando a sus padres, abuelos o hermanos. Se cruzan los alumnos que quieren quedarse un rato más con los compañeros con los adultos que miran el reloj y tratan de ordenar la retirada. Hay guardapolvos, uniformes, bolsos deportivos, carpetas, botellas y alguna tarea olvidada que recién se recuerda al pisar la vereda. Palermo puede transformarse, construir torres y cambiar de negocios cada seis meses, pero la salida de una escuela conserva un ritmo antiguo y reconocible.
Alrededor del colegio también cambia momentáneamente la calle. Se detienen automóviles, llegan bicicletas, se forman pequeños grupos y las familias ocupan la vereda durante unos minutos. Es uno de esos momentos en los que la ciudad debe bajar la velocidad y recordar que frente a una escuela la prioridad son los chicos. La paciencia, el respeto por las entradas, la prohibición de estacionar en doble fila y el cuidado al cruzar no deberían ser simples recomendaciones: son obligaciones elementales de convivencia.
Un pedazo de la memoria de Palermo
Miles de alumnos atravesaron este portón desde la primera mitad del siglo XX. Algunos volvieron años más tarde llevando a sus propios hijos; otros regresaron para una celebración, un aniversario o simplemente para mirar desde la vereda el lugar donde transcurrió buena parte de su infancia. En una ciudad que suele derribar con entusiasmo y recordar demasiado tarde, la permanencia de una escuela centenaria constituye una forma concreta de memoria colectiva.
El Guadalupe también le dio identidad al sector que rodea Plaza Güemes. Antes de que las inmobiliarias repartieran Palermo en una colección interminable de nombres comerciales, los vecinos ya reconocían esta zona como Palermo Guadalupe. Más tarde aparecería la denominación “Villa Freud”, relacionada con la concentración de consultorios de psicólogos y psicoanalistas, pero la escuela, la basílica y la plaza estaban allí desde mucho antes, ordenando la vida cotidiana del barrio.
Por eso esta puerta no es solamente una pieza de hierro ni una salida de emergencia. Es el límite visible entre dos universos: de un lado, el movimiento de la ciudad; del otro, el patio, las aulas, los recreos y las historias que los estudiantes se llevan para siempre. Tiene un poco de fortaleza, un poco de convento y bastante de novela fantástica. Parece la entrada lateral de Harry Potter, sí, pero es algo mucho más cercano: la puerta del Guadalupe, una de las grandes escuelas históricas de Palermo.
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