La loba romana del Botánico: símbolo eterno de civilización, poder y contradicción
En el corazón verde del Jardín Botánico Carlos Thays, una loba amamanta a dos niños desnudos, como si el bronce pudiera narrar, en silencio, la fundación mítica de una civilización que aún late en las ideas. No es solo una escultura: es una parábola endurecida por el tiempo, una fábula de origen, violencia, hermandad y destino. ¿Pero qué significa esta loba en Buenos Aires? ¿Qué hace ese mito de Roma en las entrañas del barrio de Palermo?
Una bestia con leche de imperio
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— Palermo Online Noticias (@palermonline) May 9, 2025
La Loba Capitolina, también llamada Loba Romana, es una copia en bronce de la célebre escultura que se conserva en los Museos Capitolinos de Roma. Fue donada a la Argentina por el Rey Víctor Manuel III de Italia en 1910, en ocasión del Centenario de la Revolución de Mayo, y fue entregada simbólicamente al presidente Roque Sáenz Peña. Desde entonces, la loba ha cambiado de lugar como una migrante cultural: de Florida y Mitre al Parque Lezama, y de allí al Jardín Botánico.
Pero más allá del gesto diplomático, el regalo cargaba una carga simbólica abrumadora. Italia ofrecía su mito fundacional a una nación en pleno proceso de construcción de identidad. ¿Qué nos quería decir con eso? ¿Qué significaba que una loba romana fuera puesta a cuidar a nuestros paseantes porteños?
De Roma a Palermo: una adopción simbólica
En la leyenda romana, la loba Luperca salva a Rómulo y Remo —gemelos abandonados en el Tíber, hijos de Marte y de una virgen violada— y los amamanta. Rómulo, con la bendición de la bestia, mata a su hermano y funda Roma. Es decir: la civilización nace de la violencia fraterna, pero también del amparo salvaje. La ciudad se construye sobre la sangre, pero también sobre el cuidado. Un doble mensaje.
Ese mito, plantado en suelo argentino, puede leerse como una alegoría de nuestra propia historia: una tierra que fue «amamamantada» por múltiples culturas, donde el conflicto y el mestizaje fundaron la Nación. En plena ola inmigratoria, la loba romana podía verse como un espejo: Italia paría a sus hijos al otro lado del océano, y la Argentina los criaba.
Filosofía en cuatro patas
Desde una lectura filosófica, la loba es un símbolo de la physis, la naturaleza que da y quita, que nutre sin juicios morales. Amamanta como lo haría la tierra, sin preocuparse si el hijo fundará un imperio o matará a su hermano. En el pensamiento de Nietzsche, por ejemplo, el mito de Rómulo y Remo encarna la voluntad de poder: el deseo de fundar, de conquistar, aunque eso implique la muerte del semejante. Mientras que en la visión de Simone Weil, esa violencia original deja una herida fundacional que ninguna civilización puede borrar del todo.
Por eso, la loba es también una figura ambigua: representa tanto la ternura animal como la brutalidad del inicio. Y ahí está, entre la vegetación cuidada del Botánico, recordándonos que la cultura es, siempre, una lucha entre la naturaleza y la ley.
El mármol y la sangre: la política del bronce
En su paso por la historia porteña, la loba también ha sido testigo del desplazamiento de símbolos. Pasó de estar en el centro político de la ciudad a un rincón más contemplativo. Fue removida, restaurada, replicada. La copia actual del Jardín Botánico no es la original, sino la copia de la copia. Pero eso también dice algo de la filosofía de nuestras instituciones: todo símbolo pasa por capas de interpretación, desgaste y resignificación.
Como diría Borges —habitual caminante del Botánico—, no hay versión definitiva de un mito, solo reescrituras infinitas. Y quizás esa loba que hoy contemplan los niños del barrio no tenga ya la fuerza imperial que tuvo en Roma, pero sí conserva una pregunta: ¿de dónde venimos y quién nos crió?
El lugar en la ciudad
La versión que embellece el Jardín Botánico se encuentra oculta entre senderos, casi como si hubiera sido olvidada. Pero quien la encuentra, se topa con un umbral simbólico. Es un lugar para reflexionar sobre el origen, sobre los vínculos que nos constituyen y sobre el rol de la madre salvaje en la formación del ciudadano.
Un turista curioso, un filósofo con tiempo o un niño con preguntas puede detenerse allí y encontrar más que una escultura: una paradoja fundacional.
Epílogo romano en clave porteña
La loba romana en Palermo es, en el fondo, un espejo barroco de nuestra historia. Como toda ciudad con aspiraciones, Buenos Aires también necesitaba su mito de origen, su loba, su violencia fundante. El bronce no envejece, pero cambia de lectura. Y en esta Buenos Aires de contradicciones y mestizajes, la Loba Romana sigue amamantando preguntas.
¿Qué ciudad fundaríamos hoy, si pudiéramos empezar de nuevo?
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