Milonga Sentimental de Homero Manzi.
A principios del siglo XIX, se estimaba que el 35 % de la población de Buenos Aires era de origen africano. Este grupo que entonces era tan numeroso no perduró hasta nuestros días, como sucedió en otros países. Sin embargo como cultura y etnia, generó sus propias costumbres, creencias, construcciones, vestimentas, bailes, música. Las razones hay que buscarlas en nuestro devenir y reconoce causas ideológicas, políticas y sociales pero lo concreto es que sus huellas comenzaron a hacerse imperceptibles a la mirada del resto.
Los relatos oficiales en las etapas de conformación del Estado-Nación y las construcciones culturales posteriores a la gran inmigración dieron forma a un imaginario de población diversa y predominantemente europea de origen que no los incluyó. Si bien el proceso histórico los desterritorializó y relegó, la cultura afro es parte de nuestra identidad, es un componente imperceptible que ha dejado pocas huellas materiales, pero una marca indeleble en la memoria colectiva.
La huella invisible: afrodescendientes en el Casco Histórico y la memoria que Buenos Aires no quiso ver
En las veredas gastadas del sur porteño, entre adoquines que todavía crujen bajo el peso del tiempo, hay una historia que no siempre se cuenta. Una historia que no entra en las postales prolijas ni en los folletos turísticos. A principios del siglo XIX, cerca del 35 % de la población de Buenos Aires era de origen africano. No es un dato menor: es una verdad incómoda que desarma el mito de una ciudad “blanca” desde su origen.
Sin embargo, esa presencia masiva fue desdibujándose hasta volverse, para muchos, casi invisible.
Pero lo invisible no es lo inexistente. Es, en todo caso, lo que fue corrido del centro del relato.
Esclavitud en Buenos Aires: el origen de una presencia negada
Durante los siglos XVII y XVIII, Buenos Aires fue un punto clave del comercio esclavista en el Río de la Plata. Miles de africanos fueron traídos forzosamente desde regiones como Angola, Congo y Guinea, atravesando el Atlántico en condiciones brutales. Llegaban al puerto y eran vendidos como mano de obra.
El trabajo esclavo en la ciudad no se limitaba al campo, como muchas veces se cree. Era profundamente urbano. Los afrodescendientes trabajaban como:
- Sirvientes domésticos en casas de familias acomodadas
- Artesanos (zapateros, herreros, carpinteros)
- Aguateros y vendedores ambulantes
- Obreros en construcciones y obras públicas
- Cocineros, lavanderas y cuidadores
Muchos vivían en conventillos o en dependencias precarias dentro de las mismas casas donde trabajaban. Otros lograban organizarse en “naciones”, asociaciones comunitarias según su origen africano, que funcionaban como espacios de contención cultural y social.
Ahí, lejos de la mirada del poder, sobrevivía África en Buenos Aires.
La libertad: una conquista con letra chica
La abolición de la esclavitud en Argentina no fue un acto repentino ni altruista. Fue un proceso lento, contradictorio y, como casi todo en la historia, lleno de matices.
En 1813, la Asamblea del Año XIII decretó la llamada “libertad de vientres”: los hijos de esclavos nacían libres. Pero atención: no era libertad inmediata. Esos niños debían servir hasta la adultez a los dueños de sus padres.
La esclavitud fue finalmente abolida en 1853 con la Constitución Nacional. ¿Por qué? No fue solo una cuestión moral. Hubo razones políticas y económicas:
- La necesidad de modernizar el país bajo ideas liberales
- La presión internacional, especialmente de Inglaterra
- El cambio en los modelos productivos
- Y, no menor, la participación de afrodescendientes en las guerras de independencia
Muchos hombres afro fueron enviados a pelear en el Ejército de los Andes junto a José de San Martín. También participaron en guerras civiles y conflictos posteriores, lo que diezmó fuertemente su población.
La libertad llegó, sí. Pero llegó tarde, incompleta y con un costo altísimo.
¿Qué pasó con esa población?
Acá aparece el gran interrogante que todavía incomoda: ¿cómo desapareció —o mejor dicho, cómo fue invisibilizada— una población que representaba más de un tercio de la ciudad?
No hay una sola respuesta, pero sí varios factores:
- Guerras: alta mortalidad en conflictos militares
- Epidemias: especialmente la fiebre amarilla de 1871
- Mestizaje: integración forzada o natural con otros grupos
- Políticas de blanqueamiento: promovidas desde el Estado
- Narrativa oficial: que privilegiaba la inmigración europea
Se construyó un relato de país “moderno y europeo”, donde lo afro no encajaba. Entonces se lo borró. No con violencia explícita, sino con algo más sofisticado: el silencio.
Cultura afro: el latido que nunca se apagó
Aunque se intentó borrar su presencia, la cultura afrodescendiente siguió latiendo en Buenos Aires. Y si uno afina el oído, la escucha.
Tango, milonga y candombe
El tango no nació en salones aristocráticos. Nació en los márgenes. Y en esos márgenes, la influencia afro es innegable.
Artistas como Rosendo Mendizábal, autor de “El entrerriano”, o Enrique Maciel, marcaron los primeros compases del género.
El candombe, con sus tambores, fue una expresión directa de raíces africanas. Se tocaba en patios, en carnavales, en calles donde la ciudad todavía no había aprendido a disimular su diversidad.
La milonga, prima del tango, también tiene en su ADN ese pulso africano. No es casual: el ritmo viene de ahí.
Arte y memoria: lo que sí se puede ver
Si uno camina atento por la ciudad, todavía hay huellas materiales.
En el Museo Nacional de Bellas Artes, por ejemplo, se pueden encontrar obras que dialogan con la historia afro en el país.
El escultor Francisco Cafferata, con su obra sobre “El esclavo”, dejó una representación potente de ese pasado. También artistas contemporáneos comenzaron a recuperar esta memoria, reponiendo lo que fue negado.
Pero no alcanza con una escultura. Hace falta una narrativa.
El Casco Histórico: un mapa de lo que fue
San Telmo, Monserrat, Barracas. Esos barrios que hoy son turísticos fueron el corazón de la Buenos Aires afro.
Ahí estaban las “naciones”. Ahí sonaban los tambores. Ahí se bailaba, se lloraba, se resistía.
Hoy quedan pocas marcas visibles. Alguna placa, alguna referencia académica. Pero la verdadera huella está en lo intangible:
- En el lenguaje
- En la música
- En las costumbres
- En esa forma medio arrabalera de habitar la ciudad
Una identidad incompleta
Negar el componente afro es negar una parte de lo que somos.
Argentina se pensó durante mucho tiempo como una excepción en América Latina. Un país “distinto”. Más europeo, más “civilizado”. Pero esa idea es, en parte, una construcción.
La identidad argentina es mestiza. Siempre lo fue.
Y en ese mestizaje, la raíz africana no es un detalle: es una columna.
Mirar de nuevo
La historia no cambia. Pero la forma en que la contamos, sí.
Hoy hay un movimiento creciente que busca recuperar la memoria afrodescendiente en Argentina. No como una corrección política, sino como un acto de justicia histórica.
Porque lo que no se nombra, no existe. Y lo que no existe, no puede reclamar su lugar.
Entonces, la próxima vez que camines por el Casco Histórico, hacé el ejercicio: mirá distinto.
Tal vez no veas nada.
Pero si escuchás bien… capaz todavía suenan los tambores.