Tensión, política y cultura: Un clima caliente en Palermo
La noche que debía ser una celebración redonda por los 50 años de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires terminó convertida en una postal bastante más cruda: silbidos, gritos, aplausos aislados y un clima espeso que atravesó uno de los eventos culturales más importantes del país. En el predio de La Rural, la cultura se mezcló sin filtro con la política, como suele pasar en la Argentina cuando nadie quiere quedarse callado.
El momento más tenso de la noche tuvo como protagonista al secretario de Cultura de la Nación, Leonardo Cifelli. Desde el arranque de su discurso, el funcionario fue interrumpido por abucheos que fueron subiendo de volumen a medida que avanzaban sus palabras. La situación escaló cuando mencionó al presidente Javier Milei y a la secretaria general Karina Milei: ahí el murmullo se transformó en silbidos abiertos y gritos desde distintos sectores del público.
Lejos de esquivar el conflicto, Cifelli redobló la apuesta. Intentó ordenar la sala, pidió que bajaran pancartas y hasta repitió su agradecimiento al Gobierno, lo que volvió a encender la reacción de los presentes. El ida y vuelta fue directo, sin protocolo, casi como una discusión de tribuna trasladada a un escenario cultural. En ese instante, la Feria dejó de ser solo libros: pasó a ser un espejo bastante fiel del país.
Después del episodio, el acto siguió, aunque ya nada era lo mismo. El embajador de Perú —país invitado de honor— tomó la palabra con un tono más diplomático, buscando bajar la temperatura. Luego fue el turno del jefe de Gobierno porteño, Jorge Macri, quien eligió un discurso breve y enfocado en el valor cultural de la Ciudad, destacando que la cultura “es una inversión que siempre se va a sostener” .
Macri puso el acento en el ecosistema del libro: bibliotecas renovadas, crecimiento de lectores y la necesidad de proyectar la producción local al mundo. También invitó a vecinos y turistas a participar de las actividades especiales, como “La Noche de la Ciudad”, con entrada libre y espectáculos en vivo. Un intento claro de volver a poner el foco en lo que debería ser el corazón del evento: los libros, los autores y el encuentro cultural.
Pero la apertura ya había quedado marcada. No solo por el conflicto, sino por lo que representa: una Feria que cumple medio siglo en un contexto donde la discusión pública está al rojo vivo. Incluso dentro de un espacio históricamente asociado al pensamiento, la lectura y el debate, la grieta se coló sin pedir permiso.
Hubo también momentos más livianos que ayudaron a equilibrar la noche, como la aparición sorpresa de Fito Páez, que aportó música y un respiro en medio de la tensión. Y en lo estructural, la Feria sigue siendo gigante: más de un millón de visitantes esperados, miles de profesionales del sector y una agenda cargada de escritores internacionales, premios Nobel y figuras de peso.
La edición número 50 no pasa desapercibida. Va a quedar en la memoria no solo por sus autores o sus libros, sino por haber mostrado, sin maquillaje, cómo late hoy la Argentina: apasionada, dividida, ruidosa… y profundamente viva.
Porque al final, incluso en medio del quilombo, la Feria sigue cumpliendo su función más antigua: ser un lugar donde se discute todo. Incluso lo que incomoda.