Un espejo del tiempo y del olvido
En la Ciudad de Buenos Aires funcionan más de 880 geriátricos habilitados oficialmente, según datos recientes del Ministerio de Salud porteño. Allí viven unos 20.000 adultos mayores, aunque se estima que hay al menos 500 establecimientos informales o directamente clandestinos, que operan sin control ni supervisión.
Cada año aparecen más geriátricos, y el negocio crece al ritmo de una realidad demográfica que no se detiene: Argentina envejece. En una ciudad donde más del 18% de los habitantes supera los 60 años, los geriátricos se multiplican, sobre todo en barrios de clase media y media alta como Palermo, Belgrano y Caballito.
Palermo, barrio de longevos y de silencios
En Palermo, los geriátricos forman parte del paisaje urbano.
Están el Geriátrico Palermo, en Bonpland 1953; la Residencia L’Auberge, en Santos Dumont 2338; el Instituto de Rehabilitación Integral, en Paraguay 2465; su homónimo de Billinghurst 2180; el Don Bosco, en Gorriti 3868, y el Serrano, en Charcas 4278.
Los vecinos los conocen, los cruzan, los saludan. Los ven salir al sol o mirar la calle desde detrás de las rejas. Palermo respira juventud, bares, ferias y movimiento, pero también encierra soledades discretas detrás de persianas blancas.
La palabra geriátrico: una derrota de la contención
Decir “geriátrico” es reconocer una falla colectiva.
No solo porque muchos ancianos terminan allí por necesidad médica o económica, sino porque su sola existencia masiva habla de una sociedad que ya no sabe qué hacer con sus viejos. Antes, los abuelos vivían en casa, al lado del fuego, contaban historias y cuidaban nietos. Hoy, son parte del sistema de “externalización del cuidado”, una forma elegante de decir que ya nadie tiene tiempo para ellos.
Cada vez se trabaja más. Se corre más. Se duerme menos. Y se respeta menos a los viejos.
En consecuencia, se vuelven invisibles, descartables, parte del “problema” que hay que resolver con una cuota mensual.
El negocio de la vejez
En 2025, una cama en un geriátrico porteño cuesta entre $800.000 y $2.000.000 por mes, según el nivel de servicio. Las residencias “premium” superan los 5 millones.
Cuidar se volvió un lujo.
Y donde hay necesidad, aparece el negocio: geriátricos express, residencias “boutique”, planes “silver”, franquicias de cuidado y hasta residencias con gimnasio, coworking y Wi-Fi para “abuelos digitales”.
Los especialistas hablan de “fragilidad biológica, psicológica y social”.
Pero la verdadera fragilidad es económica: el 70% de los jubilados cobra menos del haber mínimo necesario para cubrir sus necesidades básicas, y mucho menos para pagar una internación digna.
El saqueo del futuro
Los fondos jubilatorios fueron, durante décadas, un banquete para gobiernos, bancos y aseguradoras. En los noventa, muchas compañías privadas invirtieron los aportes en el exterior y, cuando el país se hundió, desaparecieron con las ganancias.
“Solo hay un negocio más vil que este: el de los bancos”, dijo una vez un directivo de seguros a este cronista. Tenía razón.
Porque detrás de cada abuelo que hoy espera su medicación o su visita, hay una historia de aportes que nunca volvieron.
Un país que se desentiende
No se trata solo de plata. Es una cuestión emocional.
Existen en Buenos Aires instituciones donde los padres internan a sus hijos adolescentes con problemas de conducta. “Geriátricos juveniles”, los llaman los trabajadores sociales. Ocho de cada diez jóvenes allí internados no reciben nunca una llamada.
Lo mismo pasa con muchos adultos mayores. Las estadísticas son implacables: la soledad es la principal causa de depresión en la tercera edad. Y no hay subsidio ni plan social que la cure.
Modelos que inspiran
Barcelona, pionera en políticas inclusivas, inauguró el primer geriátrico para adultos mayores LGBTIQ+. Una idea de la Fundación Arena, que busca ofrecer un espacio donde quienes fueron discriminados toda su vida puedan envejecer en paz y con orgullo.
Mientras tanto, en Buenos Aires, las residencias siguen pensadas para sobrevivir, no para vivir.
Guía práctica: cómo elegir un geriátrico digno
Porque más allá del enojo y la crítica, hay familias que realmente no pueden hacerse cargo, y necesitan orientación.
Aquí, algunos consejos útiles para elegir una residencia geriátrica con criterio y humanidad:
1. Verificá la habilitación
Pedí ver la habilitación del Gobierno de la Ciudad.
Debe figurar en un lugar visible. Si no está, desconfiá. Los geriátricos clandestinos suelen operar en casas adaptadas sin infraestructura adecuada ni personal médico de guardia.
2. Visitá varias veces, en distintos horarios
No alcanza con una visita guiada.
Pasá sin aviso en otro momento. Observá cómo se trata a los residentes, si hay olor, si hay ruido, si hay diálogo. La rutina habla más que los folletos.
3. Preguntá por el personal
Debe haber médicos, enfermeros y cuidadores las 24 horas.
Consultá cuántos empleados hay por residente. La proporción ideal es de 1 cuidador cada 6 personas.
4. Observá los vínculos
Mirá cómo los tratan. ¿Los llaman por su nombre? ¿Hay afecto, humor, paciencia?
Un geriátrico puede tener paredes recién pintadas, pero si el trato es frío o impersonal, no es un hogar.
5. Revisá la comida y la medicación
Pedí ver los menús semanales. Deben estar aprobados por un nutricionista.
Y asegurate de que los medicamentos estén correctamente rotulados y administrados por personal profesional.
6. Mantené el vínculo
Una vez elegido el lugar, no desaparezcas.
Visitá, llamá, participá. La presencia familiar es la mejor forma de control.
El afecto es el alimento que ningún geriátrico puede reemplazar.
La vejez nos espera a todos
El paso del tiempo no se detiene.
Los que hoy corren entre reuniones y pantallas serán, mañana, los que miren por la ventana.
Y entonces entenderán que el problema no eran los geriátricos, sino la indiferencia de una sociedad que ya no sabe mirar hacia atrás con ternura.
Porque el problema no son los viejos.
El problema somos nosotros.