El desliz del asesor de Javier Milei no ocurre en el vacío. Llega justo cuando febrero arranca con una nueva batería de aumentos que vuelve todavía más frágil la economía doméstica.
Mientras desde el Gobierno se insiste en una supuesta “desaceleración” inflacionaria, los servicios básicos vuelven a subir todos juntos.
Transporte: viajar cuesta más
En la Ciudad de Buenos Aires, el boleto de colectivo aumenta 2,8%, mientras que en la Provincia el ajuste llega al 4,5%. El boleto mínimo ya supera los $637 en CABA y los $721 en el conurbano, con subas que se sienten especialmente en quienes viajan todos los días para trabajar.
El subte también aumenta: el pasaje pasa a $1.336 con SUBE registrada. Moverse por la ciudad es cada vez menos accesible.
Alquileres: el golpe silencioso
Los contratos que todavía se rigen por la derogada Ley de Alquileres tendrán en febrero un ajuste anual del 34,6% según el Índice de Contratos de Locación (ICL).
Un alquiler de $400.000 pasa a $538.400 de un día para otro.
Los contratos nuevos, bajo el esquema del DNU, tampoco dan respiro: los ajustes trimestrales, cuatrimestrales o semestrales ya empujan valores por encima de los $540.000.
Prepagas, cable y telefonía: subas que no se discuten
Las empresas de medicina prepaga aplicarán aumentos de hasta 2,8%, incluyendo copagos.
Cable, internet y telefonía subirán entre 2,8% y 3,5%, empujados por acuerdos salariales del sector.
Todo sube. Todo junto. Todo al mismo tiempo.
Energía: nuevo esquema, facturas impredecibles
En febrero debuta el nuevo Registro de Subsidios Energéticos Focalizados (ReSEF). El Gobierno promete facturas “promedio”, pero la realidad dependerá del consumo y del perfil patrimonial de cada hogar.
Para muchos vecinos, especialmente en invierno, el temor no es el promedio sino el pico.
El contexto que explica el papelón
Con este panorama, minimizar el precio del asado no es solo un error de cálculo: es desconocer el clima social.
Cuando el transporte sube, el alquiler se dispara, la prepaga ajusta y la energía amenaza con facturas más altas, el asado deja de ser un lujo cultural para convertirse en un termómetro brutal del ajuste.
Por eso la frase del asesor no cayó mal por el número, sino por lo que simboliza:
una dirigencia que discute precios como si viviera en otro país.
En Palermo, en Colegiales, en Chacarita o en cualquier barrio de Buenos Aires, la pregunta ya no es cuánto cuesta el asado, sino qué se deja de pagar para comprarlo.
Y cuando desde el poder se niega ese dilema cotidiano, el problema no es la carne:
es la distancia entre quienes gobiernan y quienes hacen las cuentas todos los días.