La mañana porteña amaneció rara. No era solamente la falta de luz en buena parte de la Ciudad de Buenos Aires. Había algo más espeso flotando en el aire. Una mezcla de bronca, resignación y cansancio social que se colaba en las radios, en las paradas de colectivo y en las conversaciones improvisadas debajo de los árboles. Mientras miles de vecinos intentaban arrancar el viernes entre semáforos apagados y calles a oscuras, la política nacional explotaba en simultáneo con una interna feroz dentro del Gobierno de Javier Milei.
Y en medio de ese paisaje extraño, Parque Centenario apareció como una especie de oasis urbano. La zona logró sostener el suministro eléctrico mientras otros barrios quedaban sumergidos en cortes y complicaciones. Los bares seguían funcionando, algunos locales levantaban persianas y los vecinos caminaban alrededor del parque observando el caos ajeno desde una calma apenas aparente. Porque aunque las luces siguieran encendidas, el clima social igual estaba cargado.
La radio era un termómetro perfecto de esa Argentina eléctrica y nerviosa. De un lado, periodistas hablando de audios explosivos, videos comprometedores y operaciones internas dentro del oficialismo. Del otro, cronistas recorriendo barrios afectados por los cortes de energía, hablando con colectiveros y vecinos que intentaban seguir adelante como podían.
“Muchas calles sin luz”, contaba un chofer de colectivo mientras manejaba con precaución entre cruces apagados. “Cuesta porque hay menos visibilidad”, resumía el trabajador, con una frase que terminó describiendo también el momento político del país.
La escena tenía algo profundamente porteño. Un cronista en vivo intentando ponerle humor a una situación incómoda. Una señora saliendo temprano a trabajar diciendo con ironía demoledora: “Cada día estamos mejor”. Y detrás de todo eso, una ciudad funcionando a medias, como un motor viejo que todavía avanza porque no le queda otra.
Mientras tanto, arriba, en la cúpula del poder, la tensión escalaba minuto a minuto.
Lo más llamativo de las últimas horas no fue solamente la pelea interna, sino el hecho de que hasta medios históricamente alineados con el Gobierno empezaron a hablar sin filtro del nivel de descomposición interna. Radios oficialistas anticipando “audios estremecedores”, periodistas cercanos dejando trascender operaciones cruzadas y sectores del oficialismo filtrándose mutuamente información para lastimarse entre sí. En política, cuando el fuego ya no puede ocultarse, es porque alguien decidió directamente incendiar la casa.
Y ahí aparece el verdadero problema para Milei: el carácter presidencial.
Porque un gobierno puede mostrar logros económicos, indicadores positivos o acuerdos internacionales. Pero si la agenda pública termina dominada por internas feroces, filtraciones y caos interno, la sensación de autoridad empieza a romperse. Y la política argentina, que tiene memoria de barrio aunque se haga la moderna, detecta rápido cuándo un liderazgo empieza a perder control de su propia tropa.
En Parque Centenario eso también se percibía. Los vecinos no hablaban técnicamente de macroeconomía ni de estrategia parlamentaria. Hablaban de algo mucho más básico: orden. La sensación de que todo está demasiado crispado. Que la calle está cansada. Que la política vive encerrada en una pelea permanente mientras la gente sigue viajando con miedo entre avenidas oscuras.
La postal fue casi cinematográfica: colectivos avanzando lentamente entre semáforos muertos, pasajeros iluminando con celulares para hacerse ver, comerciantes renegando por la falta de energía y una ciudad entera intentando sostener cierta normalidad mientras desde las radios bajaba una lluvia constante de rumores políticos.
Parque Centenario resistió encendido. Pero alrededor, tanto en la Ciudad como dentro del Gobierno nacional, lo que empezó a verse fue otra cosa: un sistema funcionando con sobrecarga, tensión y riesgo de cortocircuito.