En el corazón del Ecoparque porteño, donde durante más de un siglo funcionó el Zoológico de Buenos Aires, sobrevive una de las construcciones más singulares de Palermo: el Templo Hindú de Elefantes, también conocido como Casa de los Elefantes. Fue proyectado hacia 1903 y construido/inaugurado en 1904 para alojar elefantes asiáticos, dentro de una idea muy propia de la Buenos Aires de fines del siglo XIX y comienzos del XX: que cada especie viviera en un edificio inspirado en la arquitectura de su lugar de origen. Los elefantes, entonces, tuvieron su templo hindú; los osos, su castillo neogótico; los loros, su pabellón morisco; los cebúes, su templo indostánico. Era ciencia, paseo público, arquitectura escenográfica y exotismo porteño, todo junto, como una postal de época.

El edificio forma parte del antiguo Jardín Zoológico de Buenos Aires, ubicado entre las avenidas Sarmiento, Las Heras, Del Libertador y la calle República de la India. El conjunto fue declarado Monumento Histórico Nacional por el Decreto Nº 437/1997, con la categoría de Monumento Histórico Nacional. No se trata, entonces, de una simple construcción pintoresca: es parte de un paisaje patrimonial completo, con pabellones, lagos, esculturas, senderos y obras decorativas que narran una etapa clave de la historia urbana de Palermo.
El Templo Hindú de Elefantes fue diseñado por el arquitecto italiano Virgilio Cestari, una figura menos conocida que otros arquitectos italianos de Buenos Aires, pero clave dentro del antiguo zoológico. La Guía del Patrimonio Cultural del Jardín Zoológico señala que Cestari nació en Italia en 1861, se graduó como arquitecto en Florencia, trabajó en obras públicas en Uruguay y Brasil, llegó a la Argentina en 1900 y fue designado arquitecto municipal. En el Zoológico dejó varios pabellones de fuerte impronta historicista y orientalizante.

La ornamentación escultórica del templo está atribuida a Lucio Correa Morales, uno de los grandes nombres de la escultura argentina. El Gobierno porteño lo considera fundador de la escultura en la Argentina; estudió en la Real Academia de Bellas Artes de Florencia y regresó al país en 1882, cuando presentó obras relevantes como Indio Pampa y El Río de la Plata. Luego desarrolló piezas notables como Falucho, El Gaucho y La Cautiva. En el templo de los elefantes, su mano aparece vinculada a relieves, bajorrelieves, figuras mitológicas, mascarones y motivos inspirados en el imaginario religioso de la India.
La ficha patrimonial del edificio lo define como un “edificio historicista de inspiración hindú”. No es menor el término: no debe leerse como una copia arqueológica exacta, sino como una interpretación porteña de formas orientales. Según la guía patrimonial, el arquitecto Mario Sabugo sugirió que pudo haberse tomado como modelo el templo de la diosa Kamakshi, en Tamil Nadu, India, donde se realizan rituales de bendición de elefantes sagrados. Otras publicaciones recientes hablan de inspiración en santuarios de Bombay, hoy Mumbai. La conclusión más seria es esta: el edificio está inspirado en arquitectura religiosa hindú, pero las fuentes no permiten afirmar una réplica única y exacta sin matices.
Arquitectónicamente, el Templo Hindú de Elefantes es una rareza dentro de Buenos Aires. La guía patrimonial lo describe como un edificio de planta octogonal, rematado por una cubierta inclinada y coronado por cuatro torres. Sus fachadas son simétricas y están ornamentadas con relieves y esculturas de diseños repetidos. El espacio interior tiene 232 metros cuadrados y el corral, según esa misma ficha, 1.932 metros cuadrados. El interior fue dividido en recintos para alojar elefantas, mientras que el corral contaba con estanque y una fosa perimetral agregada muchos años después.
Otro trabajo patrimonial sobre la restauración del edificio aporta medidas complementarias: habla de una superficie de fachada de 900 metros cuadrados y de un recinto externo de 2.276 metros cuadrados. Esa diferencia con los 1.932 metros cuadrados de la guía no necesariamente implica contradicción: probablemente responde a criterios distintos de medición, una cosa es el corral patrimonial registrado y otra el recinto externo considerado para la restauración. Lo importante es no mezclar los datos como si fueran lo mismo.
La fosa perimetral que rodea el corral no pertenece al diseño original de 1904. Fue construida en 1968, según la ficha patrimonial. Ese dato es clave porque muestra cómo el recinto fue modificado con el tiempo para responder a nuevas necesidades de manejo, seguridad y separación entre animales y visitantes. El templo nació en una época de zoológicos escenográficos; la fosa, en cambio, pertenece a otra etapa, cuando el diseño de recintos empezó a buscar menos reja frontal y más distancia física.
El edificio fue el último gran pabellón construido durante la gestión de Eduardo Ladislao Holmberg, primer director del Jardín Zoológico Municipal entre 1888 y 1904. Holmberg concebía el zoológico como un espacio de divulgación científica, pero también como un paseo urbano cuidadosamente diseñado. Durante su gestión se rellenaron zonas bajas, se trazaron senderos y jardines, se delinearon los lagos principales y se construyeron numerosos pabellones que remitían al origen geográfico de las especies.
La historia del predio viene de antes. El Parque Tres de Febrero fue creado por la Ley Nº 658 en 1874, inaugurado el 11 de noviembre de 1875 y entregado a la Municipalidad en febrero de 1888. Allí existía una sección zoológica que, por iniciativa del intendente Antonio Crespo, fue separada del parque para dar lugar al Jardín Zoológico como institución propia. Es decir: el Templo Hindú no nació en cualquier baldosa porteña, sino dentro de uno de los proyectos urbanos más ambiciosos de la Buenos Aires moderna.
Los primeros elefantes asiáticos vinculados a la historia del Zoológico llegaron antes que el edificio. El guion oficial del Centro de Interpretación del Ecoparque indica que en 1889 el proveedor alemán Hagenbeck entregó al Zoo porteño, entre otros animales, un casal de elefantes de la India. El mismo documento identifica a los dos primeros elefantes asiáticos como Siam y Neán, provenientes del Zoológico de Hagenbeck, Alemania. La guía patrimonial del templo, en cambio, menciona a Salam y su pareja como primeros habitantes del recinto. Por eso conviene dejar asentado el dato con cuidado: las fuentes coinciden en la procedencia asiática y en la relación con la casa Hagenbeck, pero no nombran igual a los primeros ejemplares.
El templo abrió sus puertas en 1904, ya en la transición entre Holmberg y Clemente Onelli. Una investigación reciente sobre la historia de los elefantes en Buenos Aires señala que la obra comenzó hacia 1902, estaba prácticamente terminada en 1903 y fue inaugurada en 1904, cuando Onelli ya había asumido la dirección. Ese mismo trabajo cuenta un episodio pintoresco y revelador: antes de la inauguración, Siam y Naián habrían escapado por la fragilidad del cercado y debieron ser devueltos al recinto para que la ceremonia pudiera realizarse. Linda anécdota, pero también aviso temprano de que un templo hermoso no alcanza para contener a un elefante.
Uno de los episodios más extraordinarios de la historia del recinto fue el nacimiento de una cría de elefante asiático. El guion oficial del Ecoparque afirma que el 23 de febrero de 1905 la elefanta Naian dio a luz a una hembra llamada Phúa Victoria Porteña, presentada allí como el primer elefante nacido en un zoológico del mundo. Una investigación especializada más reciente ubica el nacimiento el 23 de febrero de 1906 y precisa que se trató del primer nacimiento exitoso de un elefante en cautiverio fuera de la India, ya que en Londres había habido una cría nacida muerta en 1902. La diferencia de fecha obliga a citar el dato con prudencia, pero el hecho sigue siendo enorme para la historia zoológica mundial.
La vida de los elefantes en el templo también tuvo capítulos oscuros. En 1922 llegó Dalia o Dahlia, un elefante macho nacido en India, que vivió en la Casa de los Elefantes hasta el 19 de mayo de 1943. Según el guion oficial del Ecoparque, fue fusilado por un pelotón de Guardias de Seguridad de la Policía de la Capital cuando no pudo ser controlado. El dato es durísimo, pero necesario: el patrimonio no se cuenta sólo con molduras lindas. También incluye las prácticas de una época en la que el bienestar animal estaba lejos de ser el eje central.
En 1938 llegaron Canga y Cango, dos elefantes que tenían seis años. En fotos y relatos de época aparecen asociados a los paseos infantiles sobre elefantes, una atracción muy celebrada entonces y completamente discutible vista desde hoy. En 1942, según el guion del Ecoparque, muchos chicos paseaban sobre Canga, con la explanada de la Confitería El Águila de fondo. La postal tiene encanto antiguo, sí, pero también deja al descubierto otra sensibilidad: para el público era diversión; para el animal, rutina de sometimiento.
Ya en tiempos contemporáneos, el recinto quedó asociado a las elefantas Mara, Kuky/Cuki y Pupy/Pupi. Mara, elefanta asiática, residía desde 1995 en el ex Zoológico porteño tras un decomiso judicial a un circo por maltrato animal. En 2020 emprendió el traslado al Santuario de Elefantes de Brasil, en Chapada dos Guimarães, Mato Grosso, con una caja especial de 5.750 kilos y un viaje previsto de 2.700 kilómetros.
Pupy fue la última elefanta que habitó el Ecoparque. El Gobierno porteño informó que la elefanta africana, de 35 años, llegó al Santuario de Elefantes de Brasil en abril de 2025, luego de cinco días de viaje por tierra y 2.700 kilómetros recorridos sin sedantes. Había llegado al antiguo Zoológico porteño en mayo de 1993. Su traslado fue presentado oficialmente como la derivación número 1.010 realizada desde el cierre del Zoológico y como la última gran derivación de animales de gran porte.
La historia tuvo un final triste: Global Sanctuary for Elephants informó que Pupy murió el 10 de octubre de 2025 en Elephant Sanctuary Brazil, con una edad estimada de 35 años. Había sido rescatada el 18 de abril de 2025, por lo que alcanzó a vivir apenas unos meses fuera del antiguo circuito de encierro urbano. El dato actualiza la historia del templo: ya no quedan elefantes en el Ecoparque porteño, y los elefantes que marcaron la última etapa del recinto forman parte de una memoria reciente de traslado, reparación parcial y duelo.
Desde el punto de vista biológico, el edificio permite entender el choque entre dos épocas. El elefante asiático, Elephas maximus, es el mayor mamífero terrestre del continente asiático, vive en bosques y pastizales de 13 países del sur y sudeste de Asia, está clasificado como especie en peligro y su población es menor a 50.000 individuos, según WWF. Además, los elefantes asiáticos son animales sociales: las hembras forman grupos familiares liderados por una matriarca y pasan gran parte del día alimentándose y moviéndose. Nada de eso entra cómodamente en una escenografía urbana, por más monumental que sea.
La restauración del Templo Hindú de Elefantes fue una de las intervenciones patrimoniales más importantes del antiguo Zoológico. El programa de restauración trabajó con profesionales y técnicos del Zoo, la Dirección General de Patrimonio e Instituto Histórico, la Dirección General de Casco Histórico, la Escuela Taller, empresas y profesionales independientes. La intervención demandó más de dos años y buscó recuperar la imagen original del edificio.
Los trabajos incluyeron relevamiento planimétrico y fotográfico de cada fachada, mapeos de patologías, conservación de elementos originales, reposición de faltantes respetando forma, color y diseño, tratamiento de paramentos, molduras y ornamentos, herrería de ventanas, cubierta de chapa, desagües pluviales, elaboración de piezas faltantes para esculturas y la anastilosis de uno de los cuatro mascarones de la fachada. En criollo: no fue “una pintadita”. Fue restauración patrimonial en serio.
El guion oficial del Centro de Interpretación del Ecoparque marca otro dato importante: en 2003 se creó el Área de Restauración del Zoológico, dedicada específicamente a obras de arte y edificios históricos, y en 2005 finalizó la restauración del Templo Hindú de Elefantes. Ese punto es central para Palermo Tour, porque permite leer el edificio no como una ruina detenida en el tiempo, sino como una pieza patrimonial recuperada, con vida pública y valor educativo.
Sobre el constructor material original, las fuentes abiertas disponibles no publican un nombre firme. En internet aparecen claramente el arquitecto Virgilio Cestari, la atribución ornamental a Lucio Correa Morales y el marco institucional de Holmberg/Onelli, pero no se encuentra una empresa constructora, maestro mayor de obra, costo de ejecución, expediente original ni planos completos digitalizados. Esos datos deberían rastrearse en expedientes municipales, archivos del antiguo Jardín Zoológico, Archivo Histórico de la Ciudad, Comisión Nacional de Monumentos, Archivo General de la Nación o documentación de obras públicas de comienzos del siglo XX. Decir otra cosa sería inventar, y Palermo no necesita humo: le alcanza con su patrimonio real.
El valor turístico del Templo Hindú de Elefantes está justamente en esa mezcla rara: arquitectura exótica, historia científica, memoria animal, restauración patrimonial y debate contemporáneo. Es una obra de 1904 que nació para exhibir animales asiáticos, pero que hoy se puede mirar desde otro lugar: como testimonio de una Buenos Aires que quería educar, sorprender y mostrarse moderna, aunque todavía pensara a los animales como parte del espectáculo urbano.

El Ecoparque actual se presenta como un espacio de conservación, educación ambiental y rescate de fauna. Según el Gobierno porteño, el predio dejó de ser zoológico en 2016 para transformarse en un centro de rescate, conservación y educación ambiental; desde entonces se derivaron más de 1.000 animales exóticos, se consolidaron programas educativos y se desarrollan 15 programas de conservación de especies autóctonas en peligro de extinción.
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Para visitarlo, el Ecoparque abre de martes a domingo y feriados de 11 a 18 horas, y cierra por lluvia. Los ingresos son por Plaza Italia o por Avenida Del Libertador. Desde junio de 2026, el acceso sigue siendo gratuito para vecinos con domicilio en la Ciudad, menores de 12 años, mayores de 65 y personas con discapacidad. Para argentinos y residentes que no vivan en CABA, la entrada general fue fijada en $9.871; para extranjeros, $19.741; y para extranjeros menores de 12 años, $15.793, según la información oficial porteña vigente al anuncio del 18 de junio de 2026.

El Templo Hindú de Elefantes merece una parada lenta. Hay que mirar las torres, los relieves, los mascarones, las ventanas, la simetría de fachada, el estanque, la fosa y el diálogo incómodo entre belleza arquitectónica y cautiverio animal. Porque ese edificio no es sólo “lindo para foto”: es una cápsula de tiempo. Palermo, cuando quiere, no grita. Susurra desde la piedra.
Preguntas al lector
¿Conocías la historia del Templo Hindú de Elefantes del ex Zoológico de Buenos Aires?
¿Creés que estos edificios deben conservarse como patrimonio turístico, aunque hayan nacido ligados al encierro animal?
¿Qué uso debería tener hoy el antiguo recinto de elefantes: museo, centro educativo, espacio cultural o recorrido patrimonial?



