El Rulero de Palermo: arquitectura brutalista, ciencia ficción militante y la sombra de Oesterheld
Entre la geometría soviética, los fantasmas de la dictadura y la resistencia épica del Eternauta, la torre Dorrego guarda una historia que no cabe en los manuales de arquitectura.
En la esquina de Dorrego y Luis María Campos se alza un cilindro de concreto que parece flotar sobre los tejados bajos de Palermo. A esta torre de 30 pisos se la conoce como el Rulero, y aunque su apodo remita al tocador de una tía, lo que encierra entre sus muros es mucho más denso que la espuma de una permanente. Allí convergen la arquitectura brutalista de los años setenta, la estética de la resistencia y la memoria viva de una de las tragedias más silenciadas de la Argentina.
Una utopía de hormigón armado
Fue diseñada por los arquitectos Luis T. Caffarini, Alfredo Joselevich y Alberto Ricur, y se inauguró en 1972, cuando Palermo aún olía a parrilla y mecánica, no a brunch y marketing. La torre, impulsada por la cooperativa C.A.P.A.Y.B.I. para oficiales de las Fuerzas Armadas, tenía una lógica moderna: núcleo central de servicios, cuatro departamentos por piso, balcones corridos y forma semicircular orientada al sol.
El estilo, etiquetado dentro del brutalismo, se define por el uso crudo del hormigón, líneas duras, sin maquillaje. Pero en Buenos Aires, esta estética no solo choca con la lógica decorativa del ladrillo visto: se volvió una metáfora del país. Tan imponente como inexplicable, tan funcional como incómoda. Como si la arquitectura, en vez de suavizar el entorno, lo interpelara.
Desde sus pisos más altos se ve la cancha de River, la curva del Hipódromo y hasta el río. Desde abajo, parece una nave soviética que aterrizó en el centro del barrio.
El Eternauta en la torre
La torre volvió al centro de la escena gracias a la nueva adaptación de El Eternauta en Netflix. En el episodio 6, la historia encuentra a Juan Salvo llegando a esta estructura apocalíptica para transmitir un mensaje de esperanza a la ciudad sitiada. El edificio, sombrío y monumental, parecía escrito por Oesterheld desde el más allá.
La producción no eligió ese lugar por casualidad. Su forma geométrica y su aislamiento simbólico lo convirtieron en un faro de ciencia ficción distópica, un refugio donde la arquitectura se transforma en relato.
Pero lo más inquietante no es que El Eternauta haya pasado por ahí. Lo más fuerte es saber que la viuda de su autor, Elsa Sánchez de Oesterheld, vivió en esa misma torre.
La mujer que sobrevivió al fin del mundo
Germán Oesterheld, el creador de El Eternauta, fue secuestrado por el Ejército en 1977. Antes, habían desaparecido sus cuatro hijas —todas militantes— y sus respectivos compañeros. Ninguno volvió. Sólo Elsa quedó viva. Y en medio del silencio, eligió mudarse allí.
“No lo quería, eran todos milicos”, dijo en el documental Nosotras (TV Pública, 2010). Pero el destino tiene sus ironías: la mujer que lo perdió todo a manos del régimen terminó compartiendo ascensor con Bignone, el último presidente de facto, que también vivía en la torre.
Desde su departamento en los pisos altos, Elsa recibía a estudiantes, periodistas, militantes. Contaba la historia. Guardaba la memoria. Y sobrevivía.
Un edificio que ya es símbolo
Hoy el Rulero de Palermo está lleno de publicistas, abogados, artistas y turistas intrigados por su forma rara. Se alquilan departamentos con “vista al Eternauta”, se venden penthouses como miradores épicos. Pero también sigue siendo un símbolo de la ciudad real: desigual, brutal, circular, y siempre un poco a la deriva.
Es una ruina viva. Una cicatriz de concreto. Una paradoja en altura.
¿Qué dice esta torre cuando nadie la escucha? ¿Cuánta memoria cabe en una curva de hormigón? ¿Se puede habitar un edificio que también fue escenario del horror y la resistencia?
El Rulero de Palermo no responde. Pero ahí sigue.