ECONOMIA SOCIAL-CIUDAD
Por Raúl Queimaliños.- Entre el ruido y el alto consumo de Palermo Hollywood, el sector del viejo barrio porteño transformado por las productoras de televisión, los boliches y los negocios para turistas, florece desde hace seis años una insólita isla de la economía social: el mercado de Bonpland.
Hijo del asambleísmo barrial que cundió con la crisis de 2001, funciona en el histórico galpón de estructura de hierro y techo de chapas de Bonpland 1660, heredado de un viejo mercado municipal que murió en la epidemia de neoliberalismo de los `90.
Allí pueden comprarse, a buen precio, alimentos frescos o elaborados artesanalmente, bebidas, ropa, artículos para regalo y hasta libros, cuyo común denominador es que llegan directo de sus productores, en general cooperativas, organizaciones campesinas, fábricas recuperadas o empresas familiares.
Hay quesos, huevos, mieles, cervezas, vinos, mermeladas, tomates triturados, fiambres, nueces, aceites, dulces, conservas.
“Hay verduras pero no se vende carne, sí pollo y, a pedido, también cerdo y conejoâ€, detalla Ignacio Rojo, 52 años, empleado estatal y comerciante, miembro de la cooperadora que conduce este mercado, abierto al público martes, viernes y sábados, de 10 a 22.
Aclara que si bien son todos productos sanos, elaborados en pequeña escala y por lo tanto sin empleo de variedades transgénicas ni pesticidas, no se trata exactamente de producción orgánica, condición que de existir, limitaría su función social.
Juan Pablo Pereyra, 35 años, actor, militante de organizaciones populares contrarias a la economía neoliberal y también miembro de la cooperadora, define al mercado como “un espacio donde el consumidor resuelva su demanda de canasta familiar, pagando un precio justo que vaya lo más completo posible al productorâ€.