En el corazón verde del barrio de Palermo, entre palmeras, ceibos y senderos en silencio, el Jardín Botánico Carlos Thays guarda un secreto que brilla bajo el sol porteño: El Mensaje de Mercurio. No es solo una estatua. Es un puente entre el mundo antiguo y el presente, una síntesis de belleza clásica, mística universal y memoria urbana.
Instalada junto a la Fuente de las Artes, sobre la avenida Santa Fe, la figura de Mercurio, el mensajero de los dioses, nos interpela con su postura neoclásica y su gesto sereno. Esta nueva versión, realizada en resina por Ricardo Celma y Eduardo Lloreda, reemplaza a la original de los años ’30, que fue destruida por la caída de un árbol. Sus fragmentos fueron recogidos como reliquias por los visitantes, y así, entre ruinas y devoción, nació la necesidad de recrearla.
El nuevo Mercurio conserva su casco alado y su cetro dorado, pero incorpora un giro simbólico: en la base de la escultura se encuentran grabados los símbolos de todas las religiones y el de la paz universal. Porque el mensaje que trae este dios romano no es solo el del comercio ni del ingenio: es un llamado a la armonía espiritual, a la conexión entre lo humano y lo divino.
Un dios con mil nombres y un solo mensaje
Mercurio, hijo de Júpiter y Maia Maiestas, fue el dios del comercio, de los viajeros, de los oradores y también el psicopompo que guiaba las almas hacia el más allá. Su nombre viene de merx —mercancía— y su figura se sincretiza con la de Hermes, su par griego. En tiempos de la Roma republicana, Mercurio fue incorporado oficialmente al panteón como protector de los mercaderes y del comercio de cereales, y hasta se le dedicó un templo entre los montes Aventino y Palatino, donde lo veneraban tanto patricios como plebeyos.
Cada 15 de mayo, durante la Mercuralia, los comerciantes rociaban agua sagrada sobre sus cabezas para atraer la buena fortuna. Un ritual que, aunque lejano, vibra aún en la estatua que hoy descansa en el Botánico, rodeada por especies traídas de todos los continentes.
Un concurso, una feria y una resurrección escultórica
La historia de la actual escultura comenzó con un concurso público lanzado en diciembre de 2005, tras la destrucción del Mercurio original. De las 30 obras presentadas, fue seleccionada la propuesta de Celma y Lloreda, elegida por un jurado que incluía al paisajista Hugo Mastromarino, la doctora en estética Marta Zátonyi y el director de Arteclásica, Andrés Bardon.
La pieza fue presentada en la feria Arteclásica 2006, y poco después, emplazada en su sitio definitivo. Una ceremonia íntima pero significativa, donde se celebró no solo la reposición de una obra de arte, sino la continuidad del espíritu del Jardín como museo a cielo abierto.
Mercurio en los cielos, en los metales, en la historia
No es casual que Mercurio haya bautizado al planeta más cercano al Sol: veloz, incandescente, desafiante. O que su nombre también designe al elemento químico Hg, el llamado “azogue” o “plata líquida”, un material fascinante y peligroso que obsesionó a emperadores, alquimistas y faraones.
Se dice que el primer emperador chino, Qin Shi Huang, murió envenenado tras beber mercurio en busca de la vida eterna. En Egipto, en Persia, en el Tíbet, se lo veneró y temió por igual. Su volatilidad es su fuerza, pero también su advertencia.
Visitar la escultura
Quienes deseen ver El Mensaje de Mercurio pueden acercarse al Jardín Botánico Carlos Thays, ubicado en Av. Santa Fe 3951, a metros de Plaza Italia. La entrada es gratuita y el espacio abre todos los días, excepto lunes. El mejor momento para visitarlo es por la mañana o al atardecer, cuando la luz acaricia los contornos del dios y el aire perfumado de las plantas exóticas completa el hechizo.
¿Qué representa hoy Mercurio para nosotros? ¿Un simple dios del pasado, o un símbolo de los vínculos que debemos reconstruir: entre culturas, entre especies, entre lo tangible y lo intangible?
Quizá la próxima vez que lo veas en el Botánico, escuches su mensaje. No viene del Olimpo, sino de nuestra propia necesidad de volver a creer en la belleza, el arte y la posibilidad de convivir en paz.