Cada ser humano, dice la astrología, es un reflejo del cielo en el momento en que tomó su primera bocanada de aire. Una foto del universo en su instante de nacimiento. ¿Y si los barrios también tuvieran su carta natal? ¿Y si Palermo, como cualquier ser viviente, cargara en su suelo la energía de aquel instante en que empezó a ser nombrado, a ser sentido, a ser vivido?
Palermo no nació de un día para el otro, como un bebé que llora y se alza en brazos, sino que emergió desde lo más profundo de la Pampa, en la orilla misma de la historia, cuando el arroyo Maldonado todavía corría libre y los guaraníes cultivaban la tierra y dominaban el estuario. ¿No es eso, acaso, su Luna en Cáncer? Su memoria ancestral, su tribu originaria, su arraigo.
Cuando Garay repartió las suertes de tierra, Palermo tuvo doce semillas iniciales. Doce chacras, como los doce signos. Cada una con una energía, con un destino, con una vibración. Nadie sospechaba entonces que esas tierras, alguna vez fangosas, serían la cuna de cafés míticos, de poetas callejeros, de tangos y revoluciones. Nadie sabía que allí se anclarían las casas de los poderosos y también los sueños de los exiliados urbanos. Como sucede con las cartas natales, el potencial estaba ahí, pero el tiempo debía activarlo.
Y Palermo, como las cartas, también tiene tránsitos. Rosas llegó como un Saturno férreo a edificar su caserón blanco y poner límites al caos. Luego llegó Urano con su modernidad, sus portones abiertos y el vértigo del progreso. Después, Neptuno con sus lagos artificiales, su Jardín Botánico cargado de símbolos y esculturas que hablan más con la energía que con las palabras.
Los bares, los cafés, los caballos y los tangos fueron manifestaciones de distintas energías que el barrio fue integrando, a veces en armonía, otras con violencia. Como una persona que se resiste a su Marte interno, Palermo también tuvo que incorporar su fuego: la rebelión de 1890, los pasos firmes de los que marchaban frente a la Penitenciaría, la épica obrera, los poetas revolucionarios. Energías que primero se manifestaban afuera, como destino, hasta que se volvieron parte de su identidad.
La astrología enseña que uno no puede negar una parte de su carta sin que el universo la devuelva. Palermo que niega su raíz indígena ve correr sangre en sus esquinas. Palermo que olvida sus artistas, se llena de torres sin alma. Palermo que niega su barro, se vuelve pastiche.
Pero Palermo también es Piscis: su Jardín Zoológico ya sin jaulas, su Ecoparque como intento de redención, su arte público, sus nuevas generaciones que abrazan el tarot, el yoga, la música en los parques. Palermo místico, Palermo chamánico, Palermo poético. Palermo que se disuelve para renacer.
Porque como decía Eugenio Carutti, y como lo demuestra cada esquina de este barrio, hay que integrar lo que nos molesta, hacer cuerpo lo que se nos escapa, y bailar al ritmo del mandala completo. No hay ascendente sin sombra, no hay barrio sin historia.
Palermo nació en un tiempo preciso, con una energía determinada. Como cada uno de nosotros. Y así como la carta natal no es un destino sino una posibilidad, este barrio sigue escribiendo su propio horóscopo, con cada paso, con cada historia, con cada alma que lo habita.
Porque la astrología nos enseña a ver el tiempo como cualidad. Y Palermo, barrio de la luna y del sol, del león de Sarmiento y los peces de Borges, tiene todas las cualidades del tiempo latiendo bajo sus veredas. Solo hay que aprender a leerlo. Como un buen tarot, como una carta escrita en los adoquines.
Y vos, ¿qué parte de Palermo sos?