A pasos de la arena, en donde el galope resuena y los cuerpos dan lo máximo, las paredes irradian distinción. El Hipódromo de Palermo condensa el sudor del deporte y las tradiciones elegantes. Construido en las últimas décadas del siglo XIX, este sitio es uno de los representantes más significativos de la arquitectura francesa en la Ciudad de Buenos Aires. Junto al Palacio de Tribunales, el Jardín Botánico, el teatro Colón, la zona de Plaza San Martín -en Retiro- y los hôtel particulier de la avenida Alvear, dan cuenta de la marca que las construcciones galas dejaron en la ciudad entre 1800 y 1900. Como parte de “Viví Franciaâ€, el festival de cultura francesa que tendrá este mes su séptima edición en Buenos Aires, el sábado 26 de septiembre a las 15 se podrá participar de un paseo guiado por la historia del hipódromo porteño, en una actividad conjunta con el Ente de Turismo del GCBA. Este “Circo de carreras†-como se lo conoció en su inauguración, en 1876, cuando el caballo “Resbaloso†se quedó con la victoria frente a 10 mil personas- es, además de un espacio deportivo, un reflejo de una época de Buenos Aires.
El Salón Oval imita el estilo de los interiores de los palacios franceses, con parede verdes, ornamenta dorada y largos cortinados. El Café París es abierto a todo público.
El pasillo de entrada de Avenida del Libertador y avenida Dorrego conduce a la exhibiciónen la redonda, por donde desfilan los caballos minutos antes de empezar la competencia. El extremo más cercano a la pista está custodiado por el busto de Irineo Leguisamo, amigo y jockey del caballo de Carlos Gardel, quien es reconocido como el jinete más importante de la hípica sudamericana del siglo XX. A metros de allí, la Confitería París blanquea su inspiración en el nombre: de ventanales amplios y almohadillado en sus muros, es un punto concurrido, tanto por quienes asisten a las carreras como aquellos que deciden tomarse una pausa.
Detrás de la cafetería, en el mismo edificio, la tribuna oficial recibe a curiosos y burreros que llegan para cada carrera, que empieza cada media hora y pueden llegar a 18 en una misma jornada (aquí se corre lunes, viernes y sábados). El arquitecto Néstor París fue el primero en levantar esa tribuna, en un principio de ladrillos, madera y techo de zinc y capacidad para 1.600 personas. Hoy puede recibir en sus gradas a 2 mil espectadores: después de la reconstrucción del arquitecto Louis Faure Dujarric, ese sector quedó unificado en estilo con el resto del edificio, el academicismo francés.
La pista es considerada la mejor del continente. En cada carrera (aquí se disputan los lunes, viernes y sábados) pueden competir hasta 21 caballos juntos.
La pista es considerada la mejor del continente. En cada carrera (aquí se disputan los lunes, viernes y sábados) pueden competir hasta 21 caballos juntos.
Desde esa tribuna bajan los gritos de aliento para jinetes y caballos. La pista -de una medida combinación de arena, arcilla y limo, y con un destacado drenaje- tiene 2.400 metros de extensión y 28 metros de ancho, lo que permite que puedan correr 21 caballos en una misma carrera. En ese óvalo se corren dos de los encuentros más destacados de la hípica del continente, el Gran Premio Nacional y el Gran Premio República.
Cada movimiento de los jinetes es seguido desde las gradas. Después que cruzaron el disco, un tanteador manual muestra las posiciones y la diferencia que hubo entre ellos.
A pesar de la influencia gala en el hipódromo, uno de sus símbolos es alemán: el reloj. Llegado desde Tangerhütte y confeccionado por una relojería y platería de firma española, llegó al Puerto de Buenos Aires por pedido de la Sociedad Hipódromo Argentino, constructora del predio. Junto a la pista, entre la oficial y la casilla de jueces, el reloj es testigo de la historia de Palermo.
Dos sectores más revelan el origen de las ideas que erigieron el edificio: la fachada que da hacia Avenida del Libertador, señorial, con una entrada destacada, y el Salón Oval del segundo piso -restaurada en 2008-, que refleja con arcos, cortinas y detalles en las columnas el ambiente de los palacios de fines del siglo XIX.