Cuando el relato no alcanza: el consumo cae y la culpa ya no se puede patear
Durante meses se repitió como un mantra: “esto es culpa del peronismo”. Una frase cómoda, redonda, casi terapéutica para quienes confiaron en que el ajuste brutal iba a traer, rápido y sin escalas, prosperidad. Pero la economía, como la vida, no funciona a base de slogans. Funciona con gente que compra, vende, labura y llega —o no— a fin de mes.
Los datos empiezan a hablar solos. Y cuando los números hablan, el relato tiembla.
Según la consultora Scentia, el consumo masivo volvió a caer en diciembre, marcando la segunda baja interanual consecutiva. Fue leve en el número general (-0,3%), sí, pero profunda en lo simbólico: supermercados de cadena (-4%) y farmacias (-1,9%) encabezaron el retroceso. No estamos hablando de lujos: hablamos de comida, limpieza, medicamentos. Lo básico. Lo que no debería fallar.
El INDEC fue todavía más claro: las ventas en supermercados se hundieron 3,8% mensual y 2,8% interanual en noviembre, el peor registro desde 2023. La serie desestacionalizada tocó mínimos y la tendencia de largo plazo marcó piso. Traducción simple: el consumo no repunta y empieza a agotarse la paciencia.
El ajuste pega donde duele
Las categorías más golpeadas no dejan lugar a dudas. Caen los productos “impulsivos”, el desayuno, la merienda, la limpieza del hogar. Se compra menos leche, menos bebidas, menos electrónica. Solo la carne muestra algún repunte, casi como último refugio cultural: en Argentina se puede resignar todo, menos el asado.
Mientras tanto, crecen el e-commerce y los kioscos de cercanía. No por bonanza, sino por estrategia defensiva: compras chicas, fragmentadas, al día. No hay planificación porque no hay previsibilidad.
El crédito, es cierto, empuja algunos números: autos, préstamos personales, hipotecarios. Pero eso no es consumo sano, es consumo adelantado, sostenido por deuda en un contexto donde el salario corre muy atrás de los precios.
El problema ya no es “la herencia”
Durante el primer tramo del gobierno, culpar al pasado era esperable. Herencias hay, y pesadas. Pero cuando el presente empieza a fallar en lo cotidiano, cuando el changuito se achica y el supermercado se vuelve un lugar hostil, la explicación se agota.
No alcanza con decir “estamos pagando la fiesta”. Porque la gente no está pidiendo champagne: está pidiendo estabilidad. Que el sueldo alcance. Que el medicamento no sea un lujo. Que el ajuste tenga un horizonte visible y no sea una penitencia sin final.
Muchos de los que confiaron en Milei lo hicieron con una expectativa clara: orden, previsibilidad, meritocracia. No miseria administrada ni consumo en terapia intensiva.
Palermo como termómetro
En Palermo —ese laboratorio social donde conviven turistas, clase media, emprendedores y laburantes— el fenómeno se ve a simple vista. Menos bolsas, más promos, más carteles de “se alquila”, bares llenos un día y vacíos tres. El barrio resiste, pero ajusta.
Y cuando hasta Palermo ajusta, algo no está cerrando.
El punto de inflexión
No se trata de volver atrás ni de romantizar lo que no funcionó. Tampoco de negar errores estructurales del pasado. Se trata de hacerse cargo del presente.
Gobernar no es solo ajustar números: es sostener una sociedad mientras se ordena la macro. Si el plan existe, necesita mostrar señales concretas en la vida real. Porque la paciencia social no es infinita y la culpa heredada tiene fecha de vencimiento.
El consumo es confianza en movimiento. Cuando la confianza se frena, el problema ya no es ideológico: es real.
Y la realidad, tarde o temprano, pasa factura.