La esquina de Aráoz y Mansilla vio recostarse a uno, mientras la Casa de Piedra sobre Las Heras oyó rugir al otro. En un Palermo que alguna vez fue pura tierra obrera, de tapiales con tunas, balcones humildes y corneta del manisero al atardecer, vivieron dos hombres que, cada uno a su modo, pusieron su cuerpo, su nombre y su historia al servicio de una causa. Uno desafió imperios con una mochila y una metralleta. El otro desafió titanes del ring con la lengua filosa y el puño cerrado. Ambos fueron palermitanos, vivieron una parte de sus vidas en Palermo. Ambos fueron mitos.
El Che en la ciudad que quiso olvidar su sombra
Ernesto Guevara de la Serna, el Che, fue vecino de la calle Aráoz 2180 entre 1948 y 1953. Era un joven con asma, ideas propias y camisa sucia. Compartía un cuarto de balcón largo, leía sin descanso, jugaba a los dados y se resistía a ser normal. En el Palermo de posguerra, donde todavía se oían los ecos del tango triste y el silbido de los obreros, el Che caminó entre plazas, respiró el verde espeso del botánico y vivió, sin saberlo, sus últimos días como ciudadano anónimo.
De esa época queda una foto. Un Che jovencísimo, reclinado en el balcón como quien vigila la ciudad. No había estatua, ni placa, ni homenaje. Y, al parecer, tampoco habrá. El gobierno porteño —con una obstinación rayana en lo grotesco— se negó a incluir su casa en el recorrido turístico oficial, y la placa conmemorativa en Plaza Houssay, frente a la Facultad de Medicina, fue retirada bajo la gestión de Rodríguez Larreta. Como si borrar el bronce pudiera borrar la historia. Como si tapar el sol con la mano alcanzara para negar que fue nuestro.
Ringo: trompada limpia y corazón popular
A pocas cuadras de allí, en la manzana encerrada por Las Heras, Ugarteche, Gutiérrez y República Árabe Siria —aunque todos le sigan diciendo Malabia— vivió otro personaje ineludible del alma argentina: Oscar “Ringo” Bonavena. Fue vecino de la mítica Casa de Piedra, el llamado “Palacio de los Gansos”, un racionalista con jardín y leyendas.
Ringo era otro que no pedía permiso. Se hizo boxeador en el Club Huracán, se cargó al hombro al Luna Park y se midió con Muhammad Ali en el Madison. Fue ídolo de barrio, mitología popular, caricatura entrañable y mártir de un crimen mafioso en Las Vegas. Lo velaron en Buenos Aires como a un prócer: ciento cincuenta mil personas lloraron su ataúd. Hoy su nombre vive en una tribuna y en una calle. Pero más aún en la memoria colectiva de los que todavía creen en héroes con la nariz rota y el alma viva.
Dos esquinas, una historia: Palermo como semillero del mito
¿Qué tiene Palermo que vio nacer a estos dos hombres tan distintos? ¿Es la bruma del atardecer entre los árboles del Botánico? ¿Es la mezcla irrepetible de conventillos y mansiones, de poetas con hambre y estudiantes con bronca? ¿Es el barrio donde Carriego escribió su pena, donde Borges buscó la eternidad y donde el Che soñó con la justicia mientras Ringo entrenaba el jab?
Uno desafió al capitalismo desde la montaña. El otro desafió al mundo desde el ring. Ambos murieron lejos. Ambos volvieron en forma de leyenda. Y aunque las placas los ignoren y los circuitos turísticos los borren, sus historias laten con cada adoquín, con cada plaza, con cada pasillo que conserva la música de sus pasos.
Palermo no olvida lo que la historia intenta callar
El Che Guevara y Ringo Bonavena, íconos universales, fueron alguna vez dos jóvenes más en el barrio más vasto y variopinto de Buenos Aires. Vivieron entre sus calles cuando el asfalto no era uniforme y los chicos robaban ciruelas de terrenos baldíos. No eran héroes entonces. Eran pibes del barrio. Uno leía a Marx con el pecho cerrado. El otro soñaba con Nueva York desde un gimnasio de Parque Patricios. Pero ambos, en algún momento, cruzaron el mismo cielo, respiraron el mismo aire y caminaron por la misma tierra.
Hoy Palermo, con sus torres vidriadas y sus negocios gourmet, tal vez quiera olvidarlos. Pero hay cosas que ni el olvido, ni la gentrificación, ni la omisión política pueden apagar. Son las esquinas donde vivieron. Son los nombres que no entran en ninguna vereda porque ya están en el corazón del pueblo.
¿Y vos, sabías que el Che y Ringo fueron vecinos? ¿Cuál es tu historia favorita del Palermo profundo?