El riesgo país llegó a 710 puntos y el 27% de los deudores registra al menos una deuda irregular, según un informe de EcoGo y la Universidad Austral. El Gobierno necesita financiar sus vencimientos mientras los hogares enfrentan dificultades para pagar. Una combinación que amenaza el consumo, el crédito y la actividad.
La Argentina enfrenta dos tensiones que se potencian: al Estado se le encarece conseguir dólares y a una parte creciente de las familias se le complica cumplir con sus deudas. Durante la mañana del martes 20 de octubre, el riesgo país alcanzó 710 puntos básicos, frente a los 675 del cierre anterior. En paralelo, un relevamiento de EcoGo y la Facultad de Ciencias Empresariales de la Universidad Austral muestra que el 27% de los deudores tenía al menos un saldo irregular en agosto. Son indicadores diferentes, pero juntos exponen una fragilidad: financiarse se vuelve más difícil mientras se deteriora la capacidad de pago.
El problema no se resuelve con declaraciones de confianza. El Estado necesita dólares para afrontar compromisos; los hogares necesitan ingresos para cancelar cuotas. Cuando esas cuentas no cierran, aparecen refinanciaciones, postergaciones y recortes. La presión termina llegando al comercio, la gastronomía, el turismo y los servicios, donde cada gasto que una familia suspende se convierte en una venta que otro pierde.
El mercado exige más y las familias deben más
Los 710 puntos de riesgo país representan una diferencia de rendimiento de aproximadamente 7,1 puntos porcentuales anuales frente a la deuda estadounidense de referencia. Desde el piso cercano a 403 puntos registrado en julio, el indicador aumentó alrededor del 76%. La señal es contundente: los inversores exigen una compensación mayor para asumir el riesgo argentino.
Eso no demuestra que el país vaya a incumplir ni que todos los fondos estén abandonando sus posiciones. Sí refleja un financiamiento más exigente. Según estimaciones de la consultora 1816 difundidas en octubre, los compromisos de 2027 entre bonos y pagos al FMI rondan los US$21.400 millones. Si acceder al mercado sigue siendo caro, cubrir esos vencimientos demandará más recursos disponibles, financiamiento alternativo o refinanciaciones.
En los hogares, el cuadro también exige atención. El informe de EcoGo y la Universidad Austral ubica el crédito a personas físicas en $101,9 billones durante agosto, con un crecimiento real mensual del 0,8% y del 3,9% interanual. Sin embargo, todavía se encontraba por debajo del máximo de diciembre de 2025. La recuperación del crédito convivió con un récord de irregularidad: el 18,4% del monto financiado estaba en mora, después de 22 meses consecutivos de aumento.
La morosidad creció mucho más que el financiamiento
La proporción de deudores con alguna deuda irregular aumentó 8 puntos porcentuales en un año, hasta alcanzar el 27%. La mora medida por monto subió 9,8 puntos, desde el 8,6% hasta el 18,4%. Es decir, la proporción del dinero prestado que presenta irregularidades se multiplicó por más de dos.
Las cifras no significan que el 27% de todos los argentinos esté en mora: el universo corresponde a los deudores relevados. Tampoco implican que cada persona afectada haya dejado de pagar todas sus obligaciones. Pero muestran que las dificultades dejaron de ser marginales dentro del crédito a las familias.
El segmento más comprometido es el de los proveedores no financieros de crédito, cuya mora por monto llegó al 31,7%, frente al 16,1% del sistema financiero tradicional. Aunque concentran el 14,8% del crédito informado, presentan una proporción de irregularidad casi dos veces mayor. Esa diferencia obliga a mirar con atención las condiciones de acceso, el costo de las deudas y la capacidad de pago de sus clientes.
Refinanciar puede dar aire; también puede postergar el problema
El rollover consiste en renovar deuda que vence mediante nuevo financiamiento. Es una práctica habitual y no equivale, por sí misma, a un incumplimiento. La dificultad aparece cuando renovar resulta demasiado caro, exige plazos cada vez más cortos o depende de acreedores que dejan de estar disponibles.
En una familia, el mecanismo tiene otra escala y otras condiciones, pero una tensión reconocible: refinanciar permite distribuir pagos; si el ingreso no alcanza y los intereses siguen acumulándose, puede prolongar el ahogo. El alivio de este mes puede convertirse en una obligación más pesada para el siguiente.
La deuda soberana y la familiar no son equivalentes. Sin embargo, pueden retroalimentarse. Un financiamiento más costoso puede enfriar inversión y actividad; ingresos débiles dificultan pagar cuotas; una mayor mora puede llevar a los prestamistas a restringir el crédito. Así, la economía pierde capacidad de recuperación precisamente cuando más la necesita.
El golpe llega a las mesas y las reservas turísticas
Para el turismo y la gastronomía, la deuda familiar importa tanto como el movimiento del dólar. Un hogar que destina más recursos a ponerse al día tiene menos margen para una escapada, una cena o una salida cultural. Si esa restricción se extiende, puede resentir la facturación de hoteles, restaurantes, agencias y comercios.
El efecto no es uniforme: el turismo internacional puede responder de otra manera y cada establecimiento tiene una clientela distinta. Pero el consumo financiado tiene un límite cuando las cuotas empiezan a competir con los gastos esenciales. Mantener actividad a fuerza de deuda no garantiza que esa demanda pueda sostenerse.
Una señal de mejora que no borra el deterioro acumulado
El informe también registra un dato que debe incluirse: la mora operativa, que excluye los créditos clasificados como irrecuperables, bajó al 10,6% en agosto, una reducción mensual de 0,4 puntos porcentuales. Fue el segundo mes consecutivo de mejora.
El aumento de la mora total se concentró en la categoría de créditos considerados irrecuperables, mientras disminuyeron otras situaciones de irregularidad. Por eso, el récord no permite afirmar que todos los atrasos estén empeorando al mismo tiempo. Hay una desaceleración en parte del deterioro, pero sigue creciendo el peso de las deudas más comprometidas.
La combinación es peligrosa, aunque no tenga un final escrito. Un riesgo país elevado y una mora familiar creciente no prueban un próximo corralito ni un estallido inevitable. Sí muestran una economía con menos margen para absorber errores. Si el financiamiento no mejora y los ingresos no permiten recuperar capacidad de pago, la presión puede traducirse en menos consumo, crédito más restringido y proyectos suspendidos.
El Gobierno puede refinanciar vencimientos y una familia puede renegociar cuotas. Lo que ninguno puede hacer indefinidamente es reemplazar ingresos suficientes por deuda nueva.