La alfombra roja de Cannes volvió a tener acento porteño, olor a café de Corrientes y esa obstinación cinéfila que desde hace más de dos décadas convirtió al BAFICI en una especie de semillero cultural donde nacen películas pequeñas que después terminan caminando entre flashes franceses, críticos europeos y distribuidores internacionales. Lo que alguna vez fue visto como un festival “de nicho” terminó consolidándose como una de las plataformas más importantes del cine independiente de América Latina.
La edición 2026 del Festival de Cannes confirmó algo que en el ambiente audiovisual ya se comenta hace años: muchas de las películas, actores y directores que hoy llegan a los grandes festivales internacionales primero encontraron refugio, público y legitimidad en el Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente, organizado por el Ministerio de Cultura porteño.
Entre las producciones destacadas apareció Los vencedores, de Pablo Aparo, ganadora del Gran Premio Buenos Aires en la última edición del BAFICI y proyectada este domingo en el Palais B de Cannes. También se presentó Cyrano en mi cabeza, adaptación cinematográfica impulsada por el Complejo Teatral de Buenos Aires, nacida del escenario porteño y convertida ahora en pieza internacional dentro del Marché du Film, el gigantesco mercado audiovisual donde se negocian películas, alianzas y futuros rodajes.
Pero quizás uno de los recorridos más simbólicos sea el de Lisandro Alonso. Su nueva película, La libertad doble, estrenada en la Quincena de Cineastas, funciona como una continuación de La libertad, aquel film austero y silencioso que había sido presentado en el BAFICI de 2001 antes de iniciar su viaje hacia Cannes y convertirse en una referencia mundial del cine contemplativo argentino. En la nueva obra vuelve Misael Saavedra, protagonista original, como si el tiempo hubiese cerrado un círculo extraño entre el monte, el cine independiente y la memoria cultural de una generación entera.
También fue seleccionado el cortometraje Para los contrincantes, dirigido por Federico Luis, otro realizador cuya carrera comenzó en el circuito del BAFICI. Sus primeros trabajos pasaron por las salas porteñas antes de dar el salto internacional, algo que ya parece casi una tradición dentro del festival.
El cine argentino sigue respirando pese a todo
Mientras buena parte de la industria audiovisual argentina atraviesa incertidumbre económica, recortes y discusiones políticas sobre financiamiento cultural, la presencia en Cannes vuelve a demostrar que el cine argentino conserva una potencia creativa difícil de apagar. Y ahí el BAFICI aparece como una pieza central: una especie de laboratorio urbano donde todavía se arriesga, se experimenta y se apuesta por nuevas voces.
La ministra de Cultura porteña, Gabriela Ricardes, sostuvo que el festival funciona como una política pública que “descubre talento, lo acompaña y lo proyecta al mundo”, además de destacar la importancia estratégica de que Buenos Aires tenga por primera vez un pabellón propio en el Marché du Film. En términos simples: ya no se trata solamente de mostrar películas, sino de posicionar a la Ciudad como un actor cultural internacional capaz de atraer coproducciones, inversiones y rodajes.
Por su parte, el director del BAFICI, Javier Porta Fouz, recordó que desde la primera edición del festival en 1999 comenzaron allí recorridos fundamentales para el cine argentino contemporáneo. Nombres como Pablo Trapero, Mariano Llinás, Santiago Mitre o Hernán Rosselli encontraron en el festival porteño un primer espacio de legitimación antes de conquistar otras pantallas del mundo.
La restauración de los clásicos y la memoria cultural
Uno de los momentos más celebrados en Cannes fue la proyección restaurada en 4K de La casa del ángel, clásico de Leopoldo Torre Nilsson basado en la obra de Beatriz Guido. La película integró la sección Cannes Classics y volvió a poner en escena una parte esencial del patrimonio cinematográfico argentino.
El film ya había sido proyectado en el BAFICI 2023 en 35 mm, durante un homenaje a Guido, demostrando que el festival no sólo apuesta por lo nuevo sino también por rescatar la memoria cultural del cine nacional. Porque el futuro del cine también necesita mirar hacia atrás, como esos viejos proyectores que todavía siguen iluminando paredes en salas pequeñas de Buenos Aires.
Buenos Aires, ciudad de cine
Hay algo profundamente porteño en todo esto. Tal vez porque Buenos Aires todavía conserva esa mezcla rara de melancolía intelectual, obsesión cinéfila y resistencia cultural que sobrevive incluso cuando todo parece empujar hacia el entretenimiento rápido y descartable. Mientras las plataformas digitales uniforman consumos y algoritmos, el BAFICI sigue defendiendo películas incómodas, autores nuevos y relatos mínimos.
Y quizás ahí esté el verdadero triunfo del festival: demostrar que una ciudad también puede narrarse a sí misma a través de sus películas.
Porque entre Palermo, Cannes y las salas independientes todavía persiste una vieja idea que Buenos Aires se niega a abandonar: que el cine no sirve solamente para entretener, sino también para pensar, discutir y dejar una huella.
Fuente: Palermo Tour Noticias