Los históricos monarios del actual Ecoparque fueron construidos entre 1895 y 1903 bajo el proyecto de Eduardo Ladislao Holmberg. Entre pabellones árabes, egipcios y construcciones fantásticas, el antiguo Zoológico de Buenos Aires fue una institución científica, educativa y popular que marcó a varias generaciones. Hoy el predio propone otro modelo, pero sus edificios todavía cuentan la historia de aquel gran paseo porteño.
El Ecoparque es la realidad institucional de estos tiempos. Hay conservación de especies, educación ambiental, rescate de fauna silvestre, experiencias interactivas y nuevos criterios de bienestar animal. Pero antes, en esas mismas 17 hectáreas de Palermo, funcionó un zoológico de verdad: un gran paseo público donde los porteños podían descubrir animales procedentes de distintos rincones del mundo y recorrer una extraordinaria colección de edificios, esculturas, lagos, puentes y jardines.
No se trataba solamente de exhibir animales. El Jardín Zoológico de Buenos Aires fue concebido como una institución científica, educativa y recreativa. Su primer director, el médico y naturalista Eduardo Ladislao Holmberg, imaginó cada recinto como una pequeña representación del territorio del cual provenían sus habitantes. Así aparecieron templos orientales, construcciones egipcias, castillos medievales, pagodas, patios moriscos y pabellones inspirados en la arquitectura europea.
El nacimiento del zoológico porteño
La primera sección zoológica y botánica había sido creada en 1875 dentro del Parque Tres de Febrero. En 1888, la Municipalidad resolvió separar el Jardín Zoológico del resto del parque y designó a Holmberg como director de la nueva institución instalada en su ubicación definitiva.
Holmberg no quería una simple acumulación de jaulas. Pretendía crear un paseo familiar, pero también un laboratorio dedicado al estudio, la experimentación y la observación de las especies. Durante su gestión se publicó la Revista del Jardín Zoológico, se establecieron vínculos con científicos e instituciones extranjeras y comenzó a levantarse buena parte del patrimonio arquitectónico que todavía sobrevive.
En 1893 apareció el primer plano general del parque ideado por Holmberg. Su trazado combinaba avenidas curvas, óvalos, lagos con islas, puentes y construcciones distribuidas de manera escenográfica. El visitante avanzaba por un paisaje pensado para sorprenderlo: detrás de cada curva podía aparecer un templo, una gruta, una pagoda o un animal desconocido.
El Barrio de los Monos
Uno de los conjuntos más singulares fue el denominado Barrio de los Monos, levantado en diferentes etapas entre 1895 y 1903. Según el guion histórico elaborado por el propio Gobierno porteño para el Centro de Interpretación del Ecoparque, su diseño fue realizado por Holmberg y permitía obtener una visión panorámica de los recintos.
El conjunto pertenece al eclecticismo historicista de fines del siglo XIX, una corriente que mezclaba estilos, referencias culturales y recursos decorativos con una libertad difícil de encontrar en la arquitectura contemporánea. No había allí una repetición de jaulas idénticas: cada pabellón tenía una personalidad propia.
Hacia 1907, el llamado Monario Grande fue ocupado por monos y lémures originarios de Madagascar. A su alrededor se encontraban el Monario Egipcio, el Monario Árabe y el Monario Azul, destinados desde sus primeros años a distintas especies de primates y pequeños mamíferos.
El Monario Árabe, con sus arcos y ornamentaciones de inspiración neoárabe, llevaba al visitante hacia una imagen romántica y algo fantástica de Oriente. El Monario Egipcio apelaba al lenguaje de los antiguos templos, mientras que el Monario Azul introducía el color como elemento dominante. Juntos formaban una suerte de pequeño barrio teatral dentro del Zoológico.
La arquitectura respondía a una concepción propia de aquella época: se buscaba relacionar visualmente a los animales con los estilos atribuidos a sus regiones de procedencia. Hoy esa mirada puede parecer más escenográfica que científica, pero constituye un documento excepcional sobre la cultura, la imaginación y las ideas zoológicas de finales del siglo XIX.
Un patrimonio que pertenece a todos
El valor del antiguo Zoológico supera ampliamente la historia de sus animales. En 1997, el Poder Ejecutivo Nacional declaró Monumento Histórico Nacional al conjunto mediante el Decreto 437/97. La protección comprende su patrimonio edilicio, paisajístico, ambiental, artístico y ornamental.
Dentro del predio existen decenas de edificios históricos, además de lagos, puentes, fuentes, esculturas y elementos decorativos. Allí conviven la Casa de los Osos, construida en 1897; la monumental Felinera de 1900; la Pagoda; el Templo Hindostánico de los Elefantes; el Pabellón de los Loros; los chalets de ciervos y los antiguos monarios.
En 2022, la Ciudad adjudicó una obra de conservación integral del Barrio de los Monos. La intervención, con un presupuesto original superior a los 160 millones de pesos de aquel momento, contempló la preservación del conjunto histórico. La restauración no es un detalle ornamental: el Estado tiene la obligación de conservar edificios protegidos que forman parte de la memoria de Buenos Aires.
Del zoológico al Ecoparque
El 23 de junio de 2016 se anunció el cierre del Zoológico y comenzó una larga transformación institucional. La Ley porteña 5.752, sancionada en diciembre de ese año, dispuso la conversión progresiva del predio y estableció como objetivos la conservación de la biodiversidad, la educación ambiental, la aplicación de nuevos estándares de bienestar animal y la preservación del patrimonio histórico y cultural.
El cambio respondió a una discusión inevitable. Los antiguos zoológicos, nacidos durante el siglo XIX, comenzaron a ser cuestionados por las condiciones de cautiverio, el tamaño de los recintos y la utilización de animales como espectáculo. Muchos ejemplares del Zoo porteño fueron trasladados a santuarios y centros especializados, mientras que otros, por su edad o estado de salud, permanecieron bajo cuidado en Palermo.
Sin embargo, reconocer la necesidad de mejorar el bienestar animal no obliga a borrar la historia. El viejo Zoológico fue una institución profundamente querida por los porteños. Allí varias generaciones vieron por primera vez una jirafa, un elefante, un hipopótamo, un tigre, un oso o un mono. Era una ventana hacia un mundo que todavía no cabía en una pantalla y que para muchos chicos comenzaba detrás de los portones de Plaza Italia.
El Ecoparque actual propone otra experiencia. Ya no posee aquella enorme colección de animales de los cinco continentes y su recorrido se apoya en programas de conservación, espacios educativos, senderos de flora, juegos, animatrónicos y experiencias audiovisuales. Es otro paradigma y también otro paseo. El Zoológico no existe más, pero su arquitectura continúa allí, silenciosa y obstinada, recordando lo que fue.
Visitar el Ecoparque durante las vacaciones
Durante las vacaciones de invierno de 2026, el Ecoparque permanece abierto todos los días, de 11 a 18. Los residentes de la Ciudad de Buenos Aires pueden ingresar sin cargo presentando el DNI por el acceso de avenida Sarmiento. Los visitantes de otras provincias deben obtener anticipadamente una entrada arancelada. Los menores de 12 años, mayores de 65 y personas con discapacidad residentes en el país cuentan con ingreso gratuito, aunque deben gestionar previamente su entrada. Las condiciones actualizadas pueden consultarse en el sitio oficial del Ecoparque.
Entre las propuestas actuales se encuentran las visitas guiadas, las charlas sobre animales, el paseo del cóndor, los senderos de mariposas y abejas, el vivero, la experiencia Ecoevolución 4D, los juegos infantiles y los animatrónicos interactivos.
Pero existe otra forma de recorrer el lugar: levantar la mirada y observar sus muros, sus arcos, sus cúpulas y sus ornamentos. Detrás del nombre Ecoparque todavía respira el antiguo Jardín Zoológico de Buenos Aires. El Barrio de los Monos es una de sus huellas más poderosas.
¿Podrá la Ciudad conservar íntegramente ese patrimonio y explicar su historia sin simplificarla? ¿Las nuevas generaciones conocerán alguna vez la magnitud que tuvo aquel Zoológico? El futuro debe cuidar a los animales, por supuesto, pero también debe respetar la memoria. Porque una ciudad que olvida sus grandes obras termina caminando entre ruinas sin saber qué significan.