La aristocracia que paseaba entre lagos y eucaliptos
Hubo una Buenos Aires que caminaba más lento. Una ciudad donde el ruido dominante no era el de las motos con escape libre ni el de las sirenas, sino el golpeteo elegante de los cascos de los caballos sobre la gravilla húmeda de Palermo. La fotografía que hoy sobrevive como una postal amarillenta de otro siglo muestra una escena casi imposible de imaginar para el porteño contemporáneo: automóviles de los años veinte y treinta mezclados con una avenida monumental, policías dirigiendo el tránsito a mano limpia y una procesión constante rumbo al Monumento de los Españoles, en el corazón del viejo Paseo de Palermo.
La imagen retrata la entonces Avenida Alvear —hoy Avenida del Libertador— mirando hacia el monumento emplazado en la intersección de Sarmiento y Libertador. Y aunque la fotografía parece quieta, casi ceremonial, detrás de ella existía una Buenos Aires frenética por pertenecer al mundo elegante de París, Londres y Viena. La ciudad quería ser europea. Y Palermo fue el escenario donde esa fantasía aristocrática se hizo carne.
Porque antes de que Palermo fuese sinónimo de bares temáticos, alquileres temporarios y cafeterías con nombres en inglés, el barrio era otra cosa. Era un territorio de lagunas, quintas, barro y bañados. Jorge Luis Borges lo definió alguna vez como “unos vagos terrenos anegadizos a espaldas de la patria”. Una frase brillante y cruel. El borde de la ciudad. El límite entre lo civilizado y lo salvaje.
Todo cambió cuando Juan Manuel de Rosas instaló allí su residencia. El Restaurador comprendió antes que nadie el valor estratégico y simbólico del lugar. Mandó abrir caminos, plantar árboles, construir desagües y levantar un lago artificial. Palermo dejó de ser un pantano olvidado y empezó lentamente a convertirse en un espacio de poder. Después de la Batalla de Caseros, en 1852, las propiedades de Rosas fueron confiscadas y el Estado tomó control de esas tierras enormes que todavía olían a barro, caballos y río.
La transformación definitiva llegó con Domingo Faustino Sarmiento. Fascinado por los grandes parques urbanos europeos, impulsó la creación de un paseo público monumental que imitara al Bois de Boulogne parisino o al Hyde Park londinense. Así nació oficialmente, el 11 de noviembre de 1875, el Parque Tres de Febrero. El nombre no era inocente: recordaba justamente la fecha de la derrota de Rosas en Caseros. La política argentina, incluso en los nombres de los parques, siempre tuvo cuentas pendientes.
Aquella inauguración cambió la cultura porteña para siempre.
Los domingos comenzaron a convertirse en un espectáculo social. La aristocracia desfilaba alrededor de los lagos artificiales como si participara de una obra teatral a cielo abierto. Las damas lucían vestidos importados, sombreros franceses, sombrillas bordadas y guantes claros incluso en verano. Los hombres competían en elegancia con trajes oscuros, bastones y relojes de bolsillo. Los carruajes —victorias, cupés, landós— formaban largas filas bordeando los lagos mientras los cocheros, vestidos con uniformes impecables, mantenían la compostura de una corte europea trasladada al Río de la Plata.
Había algo profundamente antropológico en ese ritual dominical. Palermo no era solamente un parque: era una vidriera social. Había que mostrarse. Había que existir frente a los demás. La alta sociedad porteña necesitaba exhibirse públicamente para consolidar prestigio, linaje y dinero. El paseo era una ceremonia silenciosa de jerarquías sociales. Quién tenía el mejor coche. Quién estrenaba sombrero parisino. Quién saludaba a quién. Todo era observado.
Los primeros automóviles comenzaron a mezclarse lentamente con los carruajes. Y esa convivencia extraña quedó inmortalizada en fotografías como esta. Buenos Aires atravesaba la transición entre el siglo XIX y la modernidad mecánica. El caballo todavía respiraba al lado del motor. La ciudad oscilaba entre el perfume de la aristocracia rural y la velocidad industrial del siglo XX.
Alrededor del parque fueron apareciendo cafés, confiterías y espacios de recreación que marcaron una época. El más legendario fue el Café de Hansen, ubicado cerca del actual Planetario. Allí se mezclaban políticos, compadritos, inmigrantes, músicos y jóvenes de familias patricias. Muchos historiadores lo consideran uno de los lugares fundamentales en el nacimiento y expansión del tango. En sus mesas convivían el refinamiento europeo y la cultura criolla suburbana. Palermo era precisamente eso: un choque constante entre mundos distintos.
También funcionó la famosa Casa de Fieras, antecedente directo del Zoológico de Buenos Aires. Para una sociedad fascinada con el progreso científico y el exotismo, ver animales salvajes era casi un acto pedagógico. Había leones, osos, monos y aves traídas desde lugares que el porteño promedio jamás conocería. El parque funcionaba como una ventana al mundo.
Muy cerca surgió la Sociedad Sportiva Argentina, donde se practicaban deportes modernos y hasta se realizaban ascensiones en globo aerostático, una verdadera locura tecnológica para la época. La Buenos Aires oligárquica vivía obsesionada con parecer moderna, sofisticada y cosmopolita. Cada innovación europea era importada como símbolo de prestigio.
En ese contexto nació también el Rosedal, uno de los espacios más románticos y emblemáticos del barrio. Frente a él se encuentra hoy el Museo Eduardo Sívori, aunque originalmente aquel edificio había sido un tambo y luego una confitería conocida como Hostal del Ciervo, llamada así por las esculturas de ciervos cercanas. Palermo estaba lleno de pequeños símbolos europeos injertados sobre un paisaje todavía atravesado por ceibos, eucaliptos y barro pampeano.
La Avenida Alvear —rebautizada Avenida del Libertador en homenaje a José de San Martín— terminó convirtiéndose en el gran corredor monumental de Buenos Aires. Desde Retiro hasta el norte bonaerense, la avenida acompañó el crecimiento de una ciudad que buscaba expandirse hacia el río y hacia los suburbios elegantes. Sus palacios, embajadas, clubes hípicos y parques consolidaron un imaginario de poder económico que todavía hoy sobrevive en algunos sectores de la ciudad.
Pero aquella Buenos Aires también escondía contradicciones profundas.
Mientras la aristocracia paseaba en landó alrededor de los lagos, miles de inmigrantes vivían hacinados en conventillos del sur porteño. Mientras Palermo imitaba a París, los mataderos seguían funcionando cerca del barro y las vías ferroviarias. La ciudad del Centenario construyó monumentos gigantescos mientras convivía con epidemias, pobreza y tensiones sociales cada vez más violentas.
La postal elegante ocultaba un país desigual.
Y sin embargo, algo de aquella Buenos Aires todavía permanece. Está en la geometría de los parques, en las farolas antiguas, en ciertos árboles gigantes que sobrevivieron un siglo entero mirando pasar generaciones. Está en el Monumento de los Españoles que todavía domina la avenida. Está incluso en la costumbre porteña de salir a “dar una vuelta” los domingos, aunque ahora sea en bicicleta, monopatín o scooter eléctrico.
La fotografía funciona entonces como una cápsula del tiempo. No muestra solamente autos antiguos. Muestra una mentalidad. Una forma de habitar la ciudad. Una Buenos Aires que soñaba con Europa mientras inventaba, sin darse cuenta, una identidad completamente propia.
Porque Palermo nunca terminó de ser París. Por suerte.
Terminó siendo algo mucho más extraño, más contradictorio y más fascinante: una mezcla imposible entre aristocracia criolla, inmigración masiva, tango, parques franceses, barro rioplatense y ambición moderna. Una ciudad que todavía hoy sigue intentando entender qué quiere ser.
Y quizás por eso estas imágenes generan tanta fascinación. Porque al mirarlas no vemos solamente el pasado. Nos vemos a nosotros mismos intentando reconocer, entre el humo del tiempo, qué quedó de aquella Buenos Aires elegante que paseaba lentamente bajo los árboles rumbo al lago.