Celebrar el 25 de Mayo bailando con el alma: folklore, chocolate con churros y vino tinto
En el corazón del barrio de Palermo, entre el perfume de las empanadas recién horneadas y la cadencia del bombo legüero, se comienza a palpitar una de las fechas más hondas del ser nacional: el 25 de Mayo. Y no hay celebración patria que se respete sin danzas folklóricas, sin zambas con pañuelo, sin pericón en ronda y sin un brindis con vino tinto que devuelva el calor al alma criolla.
El folklore no es museo: es presente que zapatea
Mientras los chicos ensayan en la escuela con guardapolvo y escarapela, en las peñas barriales y centros culturales ya se preparan las pistas. Porque el folklore no es cosa de museo ni postal vieja, sino acto vivo de resistencia cultural, como lo soñaron Yupanqui, Leguizamón y la Negra Sosa.
Entre zambas enamoradas y chacareras arremangadas, la danza se convierte en idioma patrio. El cuerpo dice lo que la historia dejó grabado: que esta tierra se ganó con lucha, con guitarra y con el amor por lo propio.
El pericón nacional: cuando la patria se hace ronda
El Pericón Nacional es la estrella del día. No hay 25 de Mayo sin esa danza de conjunto que simboliza la unión de los pueblos libres. Pañuelos al viento, figuras que se entrelazan, caballeros y damas en reverencia mutua: es la coreografía de una nación que quiere orden, pero también libertad.
Adaptado por Carlos López Buchardo, se convirtió en el himno danzado de las fechas patrias. Se lo baila con el pecho inflado, como quien defiende no solo una bandera, sino un modo de vida.
Zamba, chacarera y gato: el alma de la fiesta criolla
La zamba, esa danza de amor y duelo, se despliega con elegancia y profundidad. Es el diálogo del pañuelo y el corazón, del deseo contenido y la historia no dicha. Los versos de La Pomeña o Balderrama, de la pluma de Manuel Castilla y la música del Cuchi Leguizamón, siguen siendo los suspiros del norte que llegan al sur.
En cambio, la chacarera entra como una tormenta buena: zapateo firme, sonrisa ancha, y un “¡Vamo’ todavía!” que contagia hasta al más escéptico. Y si suena un gato o un escondido, el patio se transforma en una fiesta picaresca, como si el gaucho estuviera ahí mismo, brindando entre bromas.
Chocolate con churros, empanadas y vino: la gastronomía también baila
Después de tanto zapateo, el cuerpo pide reparo. Y ahí entran los clásicos del 25 de Mayo que no fallan:
- Chocolate caliente con churros: manjar de acto escolar y madrugada criolla. El dulce abrazo de la patria en una taza.
- Empanadas salteñas o tucumanas, bien jugosas: cada una una historia envuelta en masa, con carne picada a cuchillo, aceitunas y huevo. Una bandera comestible.
- Un vino tinto bien nacional, tal vez un Malbec de Cafayate o un blend de Mendoza, para brindar por la libertad ganada y la que falta conquistar.
Porque en la mesa también se cuenta la historia, y la comida patria no es antojo: es identidad y memoria servida en plato hondo.
Los autores que le dieron música al 25
Si la patria se baila, alguien tuvo que escribirle la melodía. Y ahí aparecen los próceres del folklore, que no figuran en los billetes pero sí en el alma de cada guitarra:
- Atahualpa Yupanqui: el más sabio, el más hondo, el que hablaba por los que no tenían voz.
- Eduardo Falú, que convirtió la guitarra en un arma de belleza.
- Los Hermanos Ábalos, que rescataron las danzas santiagueñas como si fueran piezas de oro.
- Mercedes Sosa, la única capaz de hacer que una zamba se vuelva oración y grito a la vez.
- Ariel Ramírez y Félix Luna, creadores de obras maestras que conectaron lo religioso con lo criollo, como la Misa Criolla o la Cantata Sudamericana.
- Peteco y Carlos Carabajal, herederos del monte, que mantuvieron viva la llama en el escenario y en los patios de tierra.
Palermo también baila
En Palermo, las escuelas públicas y privadas desempolvan los bombos, se cosen cintas celestes, y los salones se llenan de peñas. Algunos centros culturales como La Dama de Bollini, El Hueco de la Poesía o El Patio de los Lecheros (si bien en Caballito, siempre solidario con Palermo), organizan fogones donde no falta el canto colectivo.
Y en las plazas, vecinos autoconvocados, músicos de esquina y bailarines amateurs se juntan a festejar con cuerpo, voz y mate lo que los libros a veces cuentan sin pasión.
El 25 de Mayo no es solo una efeméride: es una excusa para recordar quiénes somos
Mientras los políticos se sacan la foto de rigor y los medios repiten discursos vacíos, la gente del pueblo, en cada rincón del país, se abraza con lo que queda: la danza, la comida, la memoria y el futuro.
Porque bailar una zamba el 25 de Mayo no es folclore: es declaración de principios. Es decir «acá estamos», con guitarra, con vino, con hambre de justicia y con amor por la tierra.
¿Y vos, ya tenés tu pañuelo planchado? ¿Te vas a quedar mirando desde la vereda o vas a salir a zapatear la historia?