Abrió una letrina, encontró un ajedrez intacto y volvió a poner a Buenos Aires frente a su propio origen
En Defensa 165, en pleno Casco Histórico, no apareció solamente tierra removida ni el decorado gastado de una casona vieja. Lo que empezó a emerger en la Casa Blaquier fue algo bastante más bravo y bastante más interesante: pedazos concretos de la vida cotidiana de la Buenos Aires colonial y postcolonial, restos mínimos pero elocuentes que estaban enterrados debajo de décadas de abandono, ocupación irregular y precariedad estructural. En marzo de 2026 comenzaron formalmente las excavaciones arqueológicas en este predio, que la Ciudad ubica entre los sitios más antiguos de Buenos Aires y que ya quedó incorporado al circuito patrimonial donde figuran también La Noria, Barraca Peña, Virrey Liniers/Casa del Historiador y La Cisterna.
La novedad más fuerte de estos días no es solamente el hallazgo de objetos, sino el cambio de escala del tema: Casa Blaquier dejó de ser una vieja propiedad conflictiva del Casco Histórico para convertirse, otra vez, en un yacimiento urbano de primer orden. En los primeros niveles de excavación fueron recuperados fragmentos de mayólicas, cerámicas, frascos de vidrio soplado, pipas de arcilla, bolitas, cuentas, botones, cáscaras de huevo, restos óseos animales y una pieza de ajedrez torneada con encastre, hallada en excelente estado de conservación. Los equipos técnicos trabajan sobre una estructura que primero fue interpretada como posible cisterna y luego, al no encontrarse piso cerámico y seguir apareciendo tosca a gran profundidad, pasó a ser leída como letrina. Esa diferencia no es menor: una letrina bien excavada es, para la arqueología urbana, una cápsula brutal de hábitos domésticos, consumo, descarte y costumbres materiales.
La historia del solar es, además, una pequeña radiografía de la propia fundación de la ciudad. La parcela aparece ligada al primer damero trazado por Juan de Garay en 1580, cuando fue destinada a Alonso de Escobar, integrante de aquella expedición y uno de los primeros vecinos propietarios de Buenos Aires. Más tarde el sitio quedó vinculado a la Compañía de Jesús; luego pasó por otros dueños, entre ellos Lucía de Herrera, y con el paso de los siglos fue mutando de función hasta convertirse en vivienda multifamiliar e inquilinato para inmigrantes. En 1925 fue adquirida por José Blaquier, que reformó el inmueble en habitaciones con cocinas privadas y patios amplios, y en 1954 pasó al patrimonio municipal porteño.
Ahí está, justamente, una de las claves narrativas y arqueológicas más potentes del caso: la Casa Blaquier no cuenta una sola Buenos Aires, cuenta varias superpuestas como capas de humedad en una pared antigua. Está la ciudad fundacional, la ciudad religiosa, la ciudad colonial de propietarios y órdenes, la ciudad inmigratoria de cuartos y patios compartidos, la ciudad municipal que soñó recuperarla y la ciudad contemporánea que la dejó degradarse durante décadas hasta volver a entrar con cascos, puntales y tamices. En 2008 ya existía un decreto porteño que la destinaba al proyecto de recuperación del futuro complejo de las Casas Históricas del Museo de la Ciudad, reconociendo que se trataba de uno de los ejemplos más relevantes de la historia urbana en la manzana inmediata a Plaza de Mayo. O sea: no estamos ante una sorpresa improvisada, sino ante una deuda largamente pateada que recién ahora empieza a saldarse en serio. (Documentos Boletín Oficial)
El otro capítulo indispensable para entender lo que pasa hoy es el desalojo de julio de 2025. La propiedad llevaba alrededor de cuarenta años ocupada y, según la documentación oficial y la cobertura periodística de entonces, presentaba construcciones precarias, deterioro estructural, desprendimientos de mampostería y sectores levantados sin reglamentación. El operativo se realizó por orden judicial y el último censo disponible había registrado 84 personas viviendo allí. Después de la recuperación del inmueble, la Ciudad avanzó con tareas de saneamiento edilicio y apuntalamiento estructural; de hecho, en noviembre de 2025 el Ministerio de Infraestructura aprobó un gasto de 415 millones de pesos para ejecutar esas obras de consolidación. Dicho en castellano llano: sin ese saneamiento previo, la arqueología directamente no podía entrar a trabajar sin jugar a la ruleta rusa entre paredes en falso y agregados colgando en el aire.
Los datos técnicos que fueron apareciendo en internet en las últimas semanas ayudan a dimensionar el hallazgo. La primera cámara rectangular detectada tras un sondeo estructural mide 1,82 metros de largo por 1 metro de ancho, estaba cerrada mediante una bóveda y fue construida con ladrillos unidos con barro. A medida que avanza la excavación, los especialistas estiman que los objetos localizados en los niveles trabajados pueden corresponder aproximadamente a las décadas de 1820 y 1830, con la expectativa de llegar a capas aún más antiguas conforme se profundice. También se identificó una estructura de gran tamaño bajo una cámara de aire de piso de pinotea, con presencia de un albañal, lo que refuerza la hipótesis de otra infraestructura hidráulica, posiblemente una cisterna vinculada al manejo de aguas pluviales.
Y acá aparece lo más lindo del asunto, porque la arqueología urbana suele romperle la solemnidad a la historia oficial. En vez de dejarnos solo nombres de próceres, planos, fechas y decretos, devuelve basura antigua, comida, juego, higiene, enfermedad, rutina y supervivencia. Una pieza de ajedrez no es solamente una curiosidad fotogénica: es la prueba muda de una tarde, de una mesa, de alguien que jugó, perdió o ganó, y después terminó sepultado por los siglos. Una pipa de arcilla tampoco es apenas un objeto: es una costumbre. Una mayólica rota habla de circulación de materiales, de gusto, de comercio, de niveles de consumo. Los huesos con marcas y las cáscaras de huevo vuelven a poner en escena a la cocina, a la dieta y a la vida concreta de quienes pasaron por allí. La arqueología, cuando está bien hecha, baja a la historia del mármol al barro; y eso, en una ciudad tan amiga de la pose como Buenos Aires, vale oro.
También hay un costado incómodo que la noticia no debería barrer debajo de la alfombra. La Ciudad todavía no informó con precisión cuál será el destino definitivo del inmueble ni si avanzará en una restauración integral y una puesta en valor con acceso público. Lo que sí está claro es que el tiempo arqueológico choca contra el tiempo político y el tiempo de obra: los equipos tienen plazos limitados, el estado ruinoso restringe sectores enteros y hay áreas donde las paredes quedaron prácticamente “en el aire”, por lo que no se puede excavar sin consolidación previa. Ese tironeo entre investigar y asegurar la estructura es el drama clásico del patrimonio porteño: todos dicen amar la historia, pero cuando hay que poner plata, proyecto y paciencia, ahí se empieza a achicar la épica.
Lo verdaderamente nuevo, entonces, no es solo el ajedrez ni la mayólica ni la letrina. Lo nuevo es que debajo de una casa tomada, arruinada y discutida durante décadas volvió a respirarse una certeza vieja como la ciudad misma: Buenos Aires no está acabada ni explicada, sigue enterrada en capas. Cada pozo bien trabajado en el Casco Histórico puede obligarnos a reescribir escenas enteras de cómo se vivía, qué se comía, qué se usaba, cómo se construía y hasta cómo se tiraba la basura en la ciudad que vino después de Garay.
La Casa Blaquier, con su mezcla de ruina, conflicto social, memoria urbana y hallazgos materiales, se convirtió en una de esas raras noticias donde el pasado no funciona como decoración sino como prueba. Y cuando la tierra habla con objetos, conviene escucharla sin chamuyo.