El refugio europeo que definió una estética porteña
Magazine de Palermo. Comuna 14.
El Café La París del Hipódromo Argentino de Palermo fue presentado como uno de los enclaves más elegantes, simbólicos y persistentes de Buenos Aires. La arquitectura francesa, la memoria del turf porteño y la vida social de más de un siglo fueron reunidas en un único edificio que aún hoy expresa la ambición estética de una ciudad que quiso dialogar con Europa sin dejar de ser ella misma.
Cuando el Río de la Plata imaginó París
Café la París fue concebido en un período en que Buenos Aires aspiraba a igualar a las capitales europeas. La Generación del 80, promotora de la modernización institucional del país, impulsó la creación de espacios donde la arquitectura, la sociabilidad y el refinamiento actuaran como vitrinas del progreso nacional.
En ese contexto fue llamado el arquitecto francés Louis Faure-Dujarric, un dandy formado en la cultura parisina que trasladó a Palermo una estética neoclásica de líneas limpias, simetría equilibrada y vocación monumental.
El resultado fue un edificio que permitió que Buenos Aires respirara, por un momento, la atmósfera de Longchamp y de Ascot.
La inauguración de la París en 1912 consolidó esta voluntad. No era solo una confitería: era la afirmación arquitectónica de una ciudad que deseaba mirar hacia Europa con familiaridad, sin complejo y con la convicción de formar parte del mismo universo cultural.
El hipódromo como palacio urbano
El Hipódromo Argentino de Palermo fue concebido desde fines del siglo XIX como un escenario de élite. La tribuna oficial de 1908, también proyectada por Faure-Dujarric, definió la escala del conjunto: columnas, pórticos, escalinatas y salones que no imitaban sino que reinterpretan el clasicismo francés en clave rioplatense.
Este gigantesco templo del turf estableció un tipo particular de sociabilidad: mezcla de deporte, ritual social, ceremonia estética y observación pública. Palermo se transformó en un territorio donde la aristocracia se mostraba y la clase media en ascenso aprendía a observarla.
En ese marco, Café la París fue el punto de encuentro más distinguido del complejo, una pieza que completó el diálogo entre arquitectura, gastronomía y espectáculo.
La París: un salón aristocrático en la Buenos Aires de 1910
En los años posteriores al Centenario, la ciudad atravesó una etapa de esplendor edilicio. Palacios, confiterías, teatros y clubes sociales fueron erigidos con un lujo que buscaba equiparar a Buenos Aires con París.
Dentro de ese clima, la París se volvió un espacio natural para recepciones diplomáticas, encuentros políticos, celebraciones deportivas y agasajos a visitantes de relevancia.
Por su ornamentación —arañas, boiserie, mármoles, vitrales y mobiliario parisino— fue considerada hermana menor del Jockey Club, el Club del Progreso y las confiterías emblemáticas de la época como la Ideal o la Richmond.
Durante décadas, fue en la París donde se analizaban carreras, se discutían alianzas, se cerraban negocios y se tomaban decisiones que influían en la vida pública porteña.
Una poesía de la vida social porteña
En sus primeros años, las tribunas competían en protagonismo con las pistas. La ciudad convirtió al hipódromo en una pasarela donde se exhibían vestidos, sombreros, galeras, bastones y perfumes.
Las damas se movían entre marquesinas, los caballeros debatían entre copas y las crónicas periodísticas describían el ambiente como “un teatro sin telón”. Esa teatralidad fue uno de los rasgos que definió la identidad de la París: un lugar donde la vida cotidiana se transformaba en espectáculo.
La confitería quedó instalada entonces como un laboratorio de elegancia, o como dirían los cronistas de época, “una extensión natural de los bulevares parisinos en pleno Palermo”.
Las huellas de la tradición cafetera porteña
Para comprender la París, es necesario inscribirla dentro de la historia más amplia de los cafés de Buenos Aires.
Los primeros surgieron en el período colonial, como el Café de los Catalanes (1799), punto de encuentro de conspiradores previos a la Revolución de Mayo. Luego aparecieron lugares como De Marco, donde se reunían voceros del clima independentista.
En el siglo XIX y comienzos del XX, la ciudad vio surgir cafés que marcaron la vida política, literaria y cultural: Hansen en Palermo, El Estribo en San Cristóbal, El Aeroplano en Boedo, el Helvética donde paraba Bartolomé Mitre, el Tortoni con sus peñas y el Cabildo frente al Teatro Odeón.
La París se incorporó a esa genealogía con un perfil distinto: fue el café del patriciado, el escenario donde la aristocracia porteña elaboró sus rituales sociales. Sin embargo, su historia no quedó aislada: sirvió de eslabón entre los cafés republicanos del siglo XIX y los cafés literarios de los años 20 y 30, esos donde Carriego, Vacarezza o Norah Lange moldearon la sensibilidad urbana del siglo XX.
Restauraciones: la misión de preservar un símbolo
La París atravesó distintas etapas de restauración. Desde 1997, Conticello Arquitectos asumió la tarea de recuperar la estructura respetando su valor patrimonial.
La intervención transformó la antigua entrada de servicio en un atrio semicircular que hoy funciona como acceso principal. La geometría simétrica, característica de la arquitectura francesa de principios del siglo XX, fue utilizada para reforzar la idea de monumentalidad sin caer en el recargamiento barroco.
La elección del chef francés Jean Paul Bondoux para renovar el menú representó otra manera de preservar la esencia original del lugar. La gastronomía fue concebida como una continuidad estética del edificio: cocina francesa reinterpretada desde Buenos Aires.
Rabieta: una nueva lectura para un clásico
La transformación reciente en manos de Rabieta propuso un cambio generacional sin perder la identidad del edificio.
La cervecería ingresó en la París sin traicionar su historia: se mantuvieron los ejes arquitectónicos, las curvas originales y la presencia del mármol, pero se incorporaron texturas rústicas, pisos con dibujos contemporáneos, iluminación artística y una puesta en escena que dialoga con los hábitos actuales del público joven.
El resultado fue la coexistencia de dos tiempos:
el del edificio aristocrático y el del bar urbano del siglo XXI.
Esa dualidad expresa, una vez más, la particularidad del barrio de Palermo: tradición y ruptura, historia y novedad, elegancia y vida cotidiana.
Biografías que modelaron el lugar
Louis Faure-Dujarric
Arquitecto francés (1875-1943). Autor de la tribuna oficial del hipódromo, de la confitería París y de varias mansiones porteñas. Su escritura arquitectónica combinó neoclasicismo, pureza de líneas y monumentalidad civil.
Jean Paul Bondoux
Chef francés reconocido en Argentina. Su participación en la París reafirmó la tradición culinaria franco-porteña como parte esencial de la identidad del lugar.
La Generación del 80
Núcleo político e intelectual que modernizó el país entre el siglo XIX y XX. Sus miembros fueron protagonistas del mundo social que habitó la París.
Evaristo Carriego y Alberto Vacarezza
Referentes de la sensibilidad barrial porteña. La memoria literaria de Palermo se entrecruza con la atmósfera cultural que rodea al hipódromo.
Un fragmento de Europa sostenido por el pulso porteño
Café la París continúa siendo un punto donde la ciudad revela uno de sus rasgos fundamentales: la capacidad de absorber influencias europeas y transformarlas en algo propio.
En el hipódromo, esa síntesis se vuelve visible: arquitectura francesa, historia del turf, cultura porteña, gastronomía, ritual social, memoria literaria y una fuerza identitaria que se renueva sin perder raíz.
La París no es un vestigio del pasado sino un espejo donde Buenos Aires sigue observándose.
cada visita, cada mesa, cada café y cada mirada hacia las pistas permite comprender por qué este rincón es uno de los santuarios culturales más singulares de la comuna 14.