El 25 de Mayo: entre el Te Deum, los granaderos y el olor a locro
Cada 25 de Mayo, la Argentina se transforma en una especie de teatro histórico donde conviven la liturgia religiosa, el protocolo militar y la fiesta popular. Hay escarapelas, chocolate caliente, soldados con uniformes del siglo XIX, curas hablando de patria, políticos fingiendo solemnidad y vecinos que salen a comer pastelitos como si todavía existiera el Virreinato. Y, en el fondo, una pregunta que sigue viva desde 1810: ¿qué significa realmente ser argentinos?
Los festejos tradicionales del 25 de Mayo comienzan temprano. Muy temprano. Porque la fecha no solamente recuerda la formación de la Primera Junta en 1810, sino también la construcción simbólica de la Nación. No es casualidad que la jornada combine religión, ejército y pueblo. Ahí está el corazón de la liturgia patria argentina.
La ceremonia más importante es el histórico Te Deum, celebrado en la Catedral Metropolitana de Buenos Aires. Se trata de una misa de acción de gracias que viene de la época colonial y que originalmente servía para homenajear al rey o al virrey. Después de la Revolución de Mayo, la ceremonia fue resignificada: ya no se agradecía a la Corona española, sino al nacimiento político de una nueva patria.
Desde entonces, presidentes, ministros, jueces, militares y representantes religiosos asisten cada año al Te Deum como parte de una vieja coreografía del poder argentino. Allí se mezclan símbolos católicos con el ceremonial republicano. Es una ceremonia religiosa, sí, pero también profundamente política. De hecho, el Te Deum ha sido históricamente un espacio de tensión entre la Iglesia y los gobiernos de turno.
Después llegan los desfiles militares. Granaderos a caballo, Patricios, bandas militares y uniformes históricos ocupan el centro de la escena. El Regimiento de Patricios tiene un peso especial porque participó directamente en la Revolución de Mayo y porque Cornelio Saavedra, presidente de la Primera Junta, había sido su comandante.
La tradición militar del 25 de Mayo no es solamente estética. Busca transmitir una idea de continuidad histórica: el Ejército como heredero de los hombres que defendieron Buenos Aires durante las Invasiones Inglesas y luego impulsaron la ruptura con España. Por eso aparecen fusiles antiguos, relevos de guardia y marchas patrióticas. Hay algo casi cinematográfico en esos actos. Un país entero intentando verse heroico frente al espejo de su pasado.
Pero el 25 de Mayo también pertenece al pueblo. Y ahí aparecen las ferias, las peñas, el pericón, el chamamé, los pastelitos, el locro y el chocolate caliente con churros. La gastronomía patria tiene una lógica profunda: eran comidas abundantes, baratas y colectivas, ideales para el otoño porteño y para alimentar multitudes en plazas y cuarteles. El locro, por ejemplo, mezcla tradiciones indígenas y criollas; los pastelitos fritos nacieron como comida callejera colonial.
En Buenos Aires, durante décadas, la Avenida de Mayo fue el gran escenario de los festejos. Las familias miraban los actos desde balcones embanderados, mientras las comparsas, las bandas y las carrozas recorrían el centro porteño. En el Centenario de 1910, la ciudad prácticamente se convirtió en una capital imperial latinoamericana, llena de delegaciones extranjeras, monumentos y ceremonias monumentales.
Y hay otro símbolo enorme: la Pirámide de Mayo. El primer monumento patrio argentino fue inaugurado en 1811 para celebrar el primer aniversario de la Revolución. Hubo iluminación especial, bailes, música y hasta liberación de esclavos durante los festejos. La Plaza de Mayo nació ahí, entre rituales políticos y celebraciones populares.
Lo fascinante del 25 de Mayo es que Argentina nunca terminó de decidir si esta fecha pertenece más a los militares, a la Iglesia o al pueblo. Y quizás justamente por eso sigue siendo tan potente. Porque el país entero aparece condensado ahí: la tradición católica, el impulso revolucionario, el espíritu criollo, la nostalgia porteña y la eterna necesidad argentina de inventarse a sí misma una y otra vez.
Mientras tanto, en algún rincón de Buenos Aires, todavía alguien moja un churro en chocolate caliente mirando pasar a los granaderos. Y aunque el país cambie, discuta, se rompa y vuelva a armarse, hay rituales que siguen resistiendo el paso del tiempo como un farol viejo encendido en la niebla porteña.