La ciudad italiana de Parma volvió a convertirse en el gran horno simbólico de la pizza mundial, y allí, entre masas, hornos, técnica, nervios y oficio, la Argentina volvió a dejar su marca con una actuación que confirma que ya no se trata de una aparición aislada ni de una sorpresa pintoresca, sino de una presencia sólida, trabajada y respetada dentro del campeonato más importante del planeta.
En la 33° edición del Campeonato Mundial de la Pizza, el país logró subir al podio por tercer año consecutivo, una marca que no solo enorgullece al ambiente pizzero local, sino que además consolida una tendencia que viene tomando forma desde hace varios años a fuerza de capacitación, competencia, disciplina y una defensa muy seria del oficio, algo que en la gastronomía, cuando es de verdad, se nota enseguida.
La delegación nacional fue impulsada una vez más por APYCE, la Asociación de Pizzerías y Casas de Empanadas de Argentina, que desde hace más de una década sostiene la presencia argentina en esta cita internacional y que en esta edición conformó una selección de 12 maestros pizzeros que viajaron a Italia dejando atrás negocios, rutinas, familias y responsabilidades cotidianas para ponerse al hombro la representación de un país que, si de pizza se habla, tiene historia, calle y una identidad propia.
El gran nombre argentino de esta edición fue Ezequiel Ortigoza, quien obtuvo el segundo puesto en la categoría Freestyle, una de las pruebas más exigentes, espectaculares y a la vez traicioneras del campeonato, porque allí no alcanza con dominar la masa: también hay que transformarla en lenguaje corporal, ritmo, riesgo, control escénico y precisión milimétrica frente a jurados que no regalan nada y ante un público que sabe perfectamente cuándo está viendo algo extraordinario.
Lo de Ortigoza no fue casualidad ni golpe de suerte, porque se trató de la segunda vez consecutiva en que alcanzó esa misma posición, lo que lo reafirma entre los mejores del mundo y lo consolida dentro del Hall de la Fama del certamen, una distinción que no se consigue con marketing, slogans ni humo de redes sociales, sino con trabajo fino, repetición, carácter y una capacidad poco común para rendir en el momento exacto en que todo se define.
Durante su presentación final, Ortigoza desplegó una rutina de alto impacto técnico y artístico, en la que se combinaron movimientos de gran complejidad, acrobacias con fuego y un cierre que se llevó la ovación del público: el giro sobre su cabeza de una masa de más de seis kilos y de más de un metro y medio de diámetro, una maniobra tan vistosa como exigente, que lo volvió a colocar entre los nombres fuertes de la escena pizzera internacional.
La historia de Ortigoza también tiene un costado bien porteño y bien de oficio, porque es socio de APYCE, lugar donde inició buena parte de su formación y crecimiento como maestro pizzero, y junto a Damián Marmol fundó Pizzería Furore, un proyecto especializado en pizza napolitana contemporánea que hoy funciona en Esmeralda 451, en la Ciudad de Buenos Aires, y que próximamente abrirá un nuevo local en Palermo, sobre Honduras al 4000, dato que para el mapa gastronómico barrial no es menor.
Ese desembarco próximo en Palermo suma un condimento especial a esta noticia, porque no todos los días un barrio recibe a uno de los protagonistas de un podio mundial de pizza, y mucho menos a alguien que viene sosteniendo resultados de élite en una disciplina donde Italia sigue siendo la meca, la vara y el tribunal silencioso de una tradición que no perdona improvisaciones ni atajos.
Pero la actuación argentina no terminó allí, porque otro punto alto llegó con Luciano Grigolato, quien alcanzó el noveno puesto en la categoría Pizza Clásica, compitiendo contra 354 participantes y convirtiéndose además en el mejor clasificado argentino en esa especialidad, un resultado que lo metió en el top ten de una prueba particularmente compleja, donde el equilibrio entre masa, cocción, sabor, estructura y técnica pesa más que cualquier efecto visual.
Grigolato, radicado en España y al frente de una pizzería familiar, consiguió destacarse en un contexto durísimo, dentro de una competencia que reunió a más de 700 participantes de 51 países, un dato que ayuda a dimensionar lo que significa entrar entre los mejores diez del mundo en una categoría tan observada y tradicional como Pizza Clásica, donde cada detalle puede hacer caer varios puestos y donde el margen entre destacar y pasar desapercibido es mínimo.
El valor de estos resultados no reside solamente en la medalla, en la posición final o en la foto con bandera, sino en lo que expresan de fondo sobre el nivel profesional alcanzado por los pizzeros argentinos, que hace rato dejaron de ser vistos como un fenómeno pintoresco de una tierra de molde, muzzarella y fainá, para pasar a ser competidores serios, técnicamente formados y capaces de medirse mano a mano con los mejores exponentes del circuito internacional.
La secuencia reciente habla por sí sola y no necesita demasiados adornos, porque en 2024 la Argentina logró el segundo puesto en la categoría Napolitana STG, en 2025 volvió a obtener un segundo lugar en Freestyle y en 2026 repitió ese subcampeonato en Freestyle, sumándole además un top ten en Pizza Clásica, una continuidad que ya no se puede leer como una casualidad feliz sino como la prueba de un proceso maduro, sostenido y cada vez más competitivo.
Detrás de este crecimiento aparece con claridad el papel de APYCE, que no solo organiza, forma y acompaña, sino que además viene construyendo una lógica de selección, entrenamiento y representación que le dio a la Argentina una estructura más profesional para encarar este tipo de competencias, donde no alcanza con tener talento natural o una buena pizza en el local de cada día, ya que también se necesita preparación específica, adaptación a reglamentos y entrenamiento mental.
El Mundial de la Pizza se desarrolla durante tres jornadas intensas en las que se pone a prueba mucho más que la destreza visible, porque cada competidor debe lidiar con maquinaria, tiempos, materia prima, pruebas previas, condiciones de cocción y un nivel de presión altísimo, en un ambiente donde todos llegan afilados y donde los errores se pagan caros, de modo que el resultado argentino también habla de una capacidad de adaptación y concentración muy alta.
Desde ese lugar, la consigna “Argentina Pizza Fuerte” dejó de ser un lema simpático para convertirse en una realidad concreta, visible y medible, porque hoy el país no solo participa: compite, clasifica, sube al podio y se instala en conversaciones que hasta hace algunos años parecían reservadas para otras escuelas, otros circuitos y otras tradiciones más legitimadas dentro del mundo pizzero.
Para Palermo, además, la noticia tiene un sabor especial, ya que uno de los hombres más destacados del campeonato internacional abrirá pronto un nuevo local en el barrio, reforzando una escena gastronómica que desde hace tiempo no deja de expandirse, mutar y sofisticarse, aunque cada tanto convenga recordar una verdad vieja como la masa bien hecha: en gastronomía, al final del día, no ganan las modas sino el oficio.
La pizza argentina, tantas veces discutida, comparada, subestimada o encasillada, acaba de volver a demostrar en Parma que tiene presente, tiene técnica y tiene representantes capaces de pararse ante los mejores del mundo sin achicarse, y eso, en una ciudad como Buenos Aires donde la pizza es casi religión civil, no debería pasar desapercibido.
Palermo toma nota, Italia también y el horno sigue encendido.