Una sociedad que ya no compra relatos
En la Argentina de 2026 hay frases que vuelven como un eco incómodo. Cambian los nombres, cambian los funcionarios, pero el libreto parece calcado. Cuando la economía aprieta, cuando los números no cierran o la calle empieza a crujir, aparece ese viejo recurso: “el segundo semestre”. Una promesa que ya no suena a horizonte, sino a excusa.
El concepto no nació ahora. Fue bandera en tiempos de Mauricio Macri, acompañado por aquellos “brotes verdes” que nunca terminaron de florecer para la mayoría. Hoy, bajo la gestión de Javier Milei, la lógica parece repetirse con otras palabras, con otro tono, pero con la misma necesidad: ganar tiempo.
En el medio, aparece la voz de Luis Caputo, que intenta instalar otra narrativa: que existe una construcción artificial de crisis, una especie de clima negativo que condiciona la percepción social. Pero la pregunta cae sola, sin anestesia: ¿la crisis es un relato… o es lo que vive la gente cuando llega a fin de mes?
Porque hay algo que ya no cierra en la Argentina. La sociedad cambió. Está más curtida, más desconfiada, más cansada de slogans grandilocuentes. “El mejor equipo de los últimos 50 años”, “lo peor ya pasó”, “ahora sí arranca”… frases que alguna vez pudieron generar expectativa, hoy generan rechazo. No por ideología, sino por memoria.
El problema no es solo económico. Es también cultural y político. Hay una distancia cada vez más evidente entre el discurso del poder y la experiencia cotidiana. Mientras desde los despachos se habla de expectativas, curvas descendentes y variables técnicas, en la calle se habla de precios, alquileres, laburo y angustia.
Y ahí aparece otro fenómeno interesante: el desgaste del relato épico. Esa necesidad de algunos sectores del poder de construir una narrativa heroica, de batalla permanente, donde todo es parte de un plan mayor. Pero cuando esa épica no se traduce en resultados concretos, se transforma en ruido. Y el ruido, en política, desgasta más que el silencio.
En este contexto, la vehemencia —esa forma de decir las cosas con pasión, con bronca incluso— empieza a tener más legitimidad que el discurso edulcorado. Porque al menos parece honesta. La sociedad ya no quiere que le prometan felicidad. Quiere que le expliquen la realidad sin maquillaje.
La Argentina atraviesa, una vez más, un momento bisagra. No solo por la economía, sino por la credibilidad. Porque cuando las palabras pierden valor, cuando las promesas se vuelven repetición, lo que entra en crisis no es solo un modelo económico: es la confianza.
Y sin confianza, no hay segundo semestre que alcance.