Quien camina por Palermo suele asociar al barrio con bares de autor, cervecerías, estudios de televisión, productoras audiovisuales, hoteles boutique y una intensa vida gastronómica. Sin embargo, basta levantar la vista en algunas cuadras para descubrir otro Palermo, el de las grandes casonas de fines del siglo XIX y principios del XX que todavía resisten el paso del tiempo.
Una de esas joyas puede encontrarse en Bonpland al 1400. Detrás de una enredadera que cubre el frente se conserva una vivienda de marcada inspiración italianizante y ecléctica, con arcos ornamentados, columnas, molduras, ménsulas y esculturas que reflejan el poder económico y el gusto arquitectónico de una época en la que construir una casa también era una forma de mostrar prestigio.
La imagen contrasta con el paisaje actual de Palermo Hollywood. Donde hoy predominan edificios modernos, emprendimientos inmobiliarios, estudios de streaming, productoras de contenidos, oficinas creativas y polos gastronómicos, hace más de un siglo el barrio tenía otro ritmo. Primero fue una zona de quintas y chacras en las afueras de Buenos Aires; luego llegaron trabajadores, pequeños comerciantes, inmigrantes y, con el crecimiento de la ciudad, familias de mayor poder adquisitivo que levantaron residencias de gran calidad arquitectónica.
Muchas de esas construcciones desaparecieron para dar paso a edificios de departamentos, pero algunas sobreviven casi como cápsulas del tiempo. Son detalles que muchas veces pasan inadvertidos: un balcón trabajado en piedra, una fachada con relieves clásicos, una puerta de madera centenaria o una galería con columnas que conserva el espíritu de otra Buenos Aires.
Para el visitante, este patrimonio representa una oportunidad distinta de recorrer Palermo. Más allá del Jardín Botánico, el Ecoparque, el Rosedal o los Bosques de Palermo, existe un circuito menos conocido donde cada cuadra puede esconder una historia. Caminar sin apuro por calles como Bonpland, Gorriti, Nicaragua, Soler, Guatemala o Paraguay permite descubrir fachadas que hablan de la evolución del barrio y de las distintas etapas de su desarrollo urbano.
El turismo patrimonial invita justamente a eso: detenerse unos minutos, observar los detalles y entender que Palermo no nació con las cervecerías ni con el polo audiovisual. Mucho antes del fenómeno de Palermo Hollywood, estas calles ya contaban historias escritas en ladrillo, piedra y hierro forjado. Esas antiguas casonas son hoy un valioso testimonio de la memoria arquitectónica porteña y un atractivo que merece ser descubierto por vecinos y turistas.