La fábrica dejará de operar el 30 de septiembre. Quedan unos 30 trabajadores a la espera de una respuesta, mientras la empresa atribuye la decisión a una crisis económica, productiva y operativa que no logró revertir.
La planta de Dánica en Llavallol cerrará definitivamente el 30 de septiembre y pondrá fin a una historia industrial iniciada en 1939. La noticia no es solamente la baja de una persiana: es la salida de escena de una fábrica que durante décadas fue parte del mapa productivo del conurbano y de una marca conocida en las mesas argentinas.
Dorada S.A., actual responsable de la firma, informó que no consiguió recuperar una operación sostenible pese a las reestructuraciones, los recortes de personal y los acuerdos intentados en los últimos años. La compañía aseguró que pagará los salarios hasta la fecha de cierre y las indemnizaciones correspondientes, mientras prepara la parada de las instalaciones bajo las normas ambientales vigentes.
El conflicto viene de lejos. En 2020 la planta suspendió su actividad en plena pandemia y reabrió tras una negociación. A fines de 2024 hubo retiros voluntarios; en febrero de 2025 volvió a operar de manera limitada, sólo para envasado. La dotación, que había rondado los 150 trabajadores, quedó reducida a cerca de 35 y hoy quedan alrededor de 30 empleados. Ellos instalaron una carpa frente a la fábrica y el sindicato aceitero pidió una audiencia urgente ante el Ministerio de Trabajo bonaerense.
Dánica nació por iniciativa del inmigrante danés Christian Boll y en 1963 fue pionera en el país con la margarina de origen vegetal. Cambió de propietarios, sobrevivió a décadas de vaivenes y mantuvo encendida una parte de esa vieja Argentina fabril: la de las plantas que daban empleo estable, oficio y movimiento a todo un barrio.
El cierre de Llavallol no explica por sí solo la crisis argentina, pero la vuelve visible. Cuando una empresa histórica no consigue sostener producción, inversión y empleo, el costo no queda encerrado detrás de un portón: alcanza a las familias de los trabajadores, a los comercios cercanos y a una economía que pierde capacidad de fabricar. La marca seguirá con su planta de aderezos en Córdoba; en Llavallol, en cambio, queda el silencio de una línea de producción que ya no volverá a arrancar.