Hay comidas que no necesitan explicación: una fuente humeante, el mate al lado y el campo de fondo. Estas tortillas fritas, doradas y desparejas como corresponde, llevan queso que se funde y verdeo para levantarles el sabor. Son una versión más potente de la clásica torta frita: crocante por fuera, tierna por dentro y con esa pinta irresistible que hace desaparecer la primera tanda antes de terminar la segunda.
Ideales para una tarde fresca, una escapada rural o simplemente para cortar la rutina con algo hecho en casa. No son comida de dieta —nadie vino a buscar tristeza a esta receta—, pero compartidas, recién hechas y sin exagerar, son un pequeño lujo criollo.
Ingredientes
- 500 g de harina 0000
- 1 cucharadita de sal
- 1 cucharadita de polvo de hornear
- 250 ml de agua tibia, aproximadamente
- 2 cucharadas de grasa vacuna derretida o aceite
- 200 g de queso cremoso, mozzarella o pategrás rallado
- 2 cebollas de verdeo picadas
- Perejil fresco picado, a gusto
- Aceite o grasa para freír
Paso a paso
En un bol grande, mezclar la harina con la sal y el polvo de hornear. Incorporar la grasa derretida o el aceite y sumar el agua tibia de a poco, mientras se integra hasta formar una masa suave y manejable. No debe quedar seca ni pegajosa: la masa pide descanso, no violencia.
Amasar unos cinco minutos sobre la mesada apenas enharinada. Tapar y dejar reposar entre 20 y 30 minutos. Este tiempo permite que la masa se relaje y las tortillas queden más tiernas.
Mientras tanto, mezclar el queso rallado con la cebolla de verdeo y el perejil. Dividir la masa en bollitos, estirarlos con la mano o palo de amasar y colocar una cucharada generosa del relleno en el centro. Cerrar, aplastar con cuidado y volver a estirar levemente, sin romperlas.
Calentar abundante aceite o grasa en una sartén profunda. Freír las tortillas a fuego medio hasta que estén bien doradas de ambos lados. Retirarlas y dejarlas sobre papel absorbente. Hay que servirlas calientes: el queso fundido no espera a nadie.
Un consejo para que salgan bien
El aceite no debe humear. Si está demasiado caliente, se doran por fuera y quedan crudas por dentro; si está frío, absorben grasa de más. El punto justo es ese hervor tranquilo, sin drama, que permite cocinar la masa y conseguir una costra crujiente.
Van perfecto con mate amargo, una picada de campo o como acompañamiento de un guiso. Y si sobra alguna —milagro estadístico—, se recalienta unos minutos en horno fuerte.