Varela Varelita: el café y el lomito es religión
En la esquina de Scalabrini Ortiz y Paraguay late un pedazo de Buenos Aires auténtico. El bar Varela Varelita, reconocido como Bar Notable, cumple 75 años entre cafés dibujados, lomitos sagrados y clientes que imploran entrar aunque esté cerrado.
Una esquina con perfume a historia
Hay esquinas que no se olvidan.
Y la de Scalabrini Ortiz y Paraguay, en pleno corazón de Palermo, es una de esas.
Allí nació hace tres cuartos de siglo el Varela Varelita, un boliche que vio pasar generaciones, gobiernos, escritores, bohemios, oficinistas, jubilados y curiosos.
El bar, bautizado así por su primer dueño –un gallego de apellido Varela que lo compartía con su hijo, “Varelita”–, resistió a los cambios de moda, a las crisis y a la fiebre gourmet que transformó medio barrio.
Mientras Palermo se llenaba de brunchs y lattes de autor, el Varelita siguió siendo lo que siempre fue: un refugio popular donde se conversa mirando la calle.
El correntino que se hizo porteño entre copas
La historia del Varelita tiene su propio héroe cotidiano: Javier Giménez, nacido en Goya, Corrientes.
Llegó a Buenos Aires con 18 años, empezó vendiendo flores de noche en la vereda y, por recomendación del diariero, entró como lavacopas.
Aprendió todo: a servir, a cocinar, a entender los tiempos del barrio y las mañas de los parroquianos.
Hoy, con 53 años, es el alma y motor del bar, uno de sus dueños, y el guardián de ese clima que mezcla nostalgia con vida cotidiana.
“Acá la gente no viene a comer: viene a sentirse en casa”, dice Javier, con la voz gastada de tanto conversar detrás de la barra.
El bar donde la rutina se volvió ritual
Cada mañana, los jubilados de la zona se sientan en su mesa de siempre.
Piden un café, una medialuna, abren el diario y miran la vida pasar por la ventana.
Los mozos los saludan por el nombre.
A veces entran chicos del jardín, madres con cochecito o adolescentes con auriculares que todavía leen diarios en papel.
Y al caer la tarde, las cartas cambian: empieza el turno del vermut, de las charlas cruzadas, de la bohemia que no muere.
De noche, el Varelita se transforma.
Las luces bajan, la barra se enciende, y entre cervezas y sandwiches se arma esa liturgia porteña donde el tiempo parece detenerse.
Ahora cierra a la una, o a veces más tarde, porque el alma del bar no tiene reloj.
El lomito completo, santo y seña del paladar
El lomito completo del Varelita es una institución barrial.
Pan justo, carne tierna, jamón, queso, huevo, lechuga, tomate y papas que crujen como tango en vinilo.
Sale con la velocidad de un mozo que conoce el ritmo del hambre.
Cuesta lo que vale: ni más ni menos.
Y es de esos platos que definen un lugar sin necesidad de carta gourmet.
El café, en cambio, viene con sorpresa.
Ayelén, la hija de Javier, heredó el arte de la repostería y le agregó un toque moderno: dibuja con tinta comestible sobre la espuma.
Nada de corazones genéricos: acá salen escudos de Racing, cámaras de fotos, libros o lo que el cliente pida.
Un guiño íntimo que dice más que mil hashtags.
Un café donde entran presidentes, poetas y vecinos
Por las mesas del Varelita han pasado todos los personajes posibles.
Desde Carlos “Chacho” Álvarez, que convirtió una esquina en su despacho informal cuando era vicepresidente, hasta el escritor Héctor Libertella, que inventó el trago “Pepe Bianco” (un whisky J&B con nombre literario).
También César Aira, el eterno candidato al Nobel, se sienta cada tanto en una mesa a leer o pensar en silencio.
Y entre ellos, los parroquianos de siempre: jubiladas que juegan al burako con un paño verde, obreros del barrio, periodistas, artistas y taxistas.
Todos caben. Nadie sobra. Esa es la magia.
75 años y una clientela que no afloja
El Varela Varelita sobrevivió a la crisis del 2001, al encierro de la pandemia, y a la fiebre de las cadenas de café.
Durante el aislamiento, Javier y su familia cocinaron guisos y empanadas para entregar por delivery.
No dejaron que la esquina se apague.
Y cuando reabrieron, los clientes pedían entrar aunque el bar todavía estuviera en obra.
Querían sentarse en su mesa de siempre.
“Nos lo rogaban”, recuerda Ayelén.
Porque en Buenos Aires, un café no es un café: es un pedazo de identidad.
Administrado por sus dueños, mágico por sus clientes
Esa es la frase que figura en el Instagram del Varela.
Y no podría ser más cierta.
Los dueños trabajan codo a codo con los mozos, los clientes son parte de la familia, y las discusiones de sobremesa pueden terminar en un “Mundial de Salamín” improvisado.
De Colonia Caroya, Tandil o Mercedes, cada quien trae su candidato y se elige el mejor.
Así es Palermo cuando se pone criollo: charla, risas y un ritual de amistad.
Una esquina que sigue siendo Buenos Aires
En un barrio donde todo cambia, el Varela Varelita sigue igual.
El piso de damero, los azulejos, los carteles viejos, el ruido de cucharitas en los pocillos.
Un refugio sin pose, con alma de boliche, donde la modernidad se sienta a conversar con la memoria.
Y donde, como en los viejos tangos, el tiempo pasa… pero la esencia no se rinde.
¿Cuándo fue la última vez que tomaste un café en un bar que te conociera por tu nombre?
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