fiesta clandestina
Roedores y la ciudad abandonada
La postal gourmet que durante años vendió el macrismo empieza a mostrar su reverso más mugriento. Debajo de muchos decks gastronómicos de Palermo ya no hay diseño urbano, ni “experiencia al aire libre”, ni modernidad europea de catálogo porteño. Hay basura acumulada, restos de comida, líquidos podridos, servilletas pegadas al asfalto, olor ácido y ratas. Muchas ratas.
En Palermo Hollywood, Palermo Soho, Las Cañitas y sectores cercanos a Plaza Italia y la Embajada de Estados Unidos, el conflicto dejó de ser solamente una discusión sobre espacio público o estacionamiento. Ahora el eje es sanitario. Vecinos denuncian que debajo de los decks proliferan roedores que comen restos de comida mientras la gente cena arriba tomando cerveza artesanal o comiendo una hamburguesa “smash” de moda. La escena, según relatan frentistas y comerciantes, ya parece salida de una película decadente sobre una ciudad abandonada por sus autoridades.
Sobre calle Cerviño, cerca de la Embajada de Estados Unidos, varios vecinos aseguran que el problema se volvió insoportable. “A la noche se ve clarito cómo salen las ratas de abajo de los decks. La gente está cenando arriba y abajo están los bichos corriendo entre vasos descartables, restos de papas fritas y mugre pegada contra el cordón”, comentó una vecina que vive en la zona hace más de veinte años y asegura no haber visto jamás semejante nivel de suciedad acumulada.
Otro frentista fue todavía más duro: “La pandemia terminó hace rato, pero dejaron todas estas estructuras como si fueran permanentes. Nadie limpia abajo. Nadie controla. Nadie desarma nada. Y cuando llueve, la basura queda atrapada entre las maderas y el cordón. Después aparecen las ratas. Es lógica pura, no hace falta ser ingeniero sanitario”.
La bronca apunta directamente al Gobierno de la Ciudad y a la gestión de Jorge Macri, a quien muchos vecinos acusan de estar completamente paralizado frente al deterioro urbano. El reclamo ya no pasa solamente por sacar o mantener decks. El problema central, sostienen, es la limpieza. O mejor dicho: la ausencia de limpieza real.
“Acá el problema no es ideológico. No es izquierda o derecha. La basura no se barre con discurso. Se barre barriendo”, resumió un comerciante de Plaza Armenia que, aun defendiendo la gastronomía barrial, reconoció que la situación “se fue completamente de las manos”. Según contó, muchas veces las empresas tercerizadas de higiene “pasan rápido, hacen una simulación de limpieza y siguen de largo”. El resultado es una ciudad donde los residuos se acumulan durante días debajo de plataformas que jamás son levantadas para higienizar correctamente el asfalto.
En paralelo, los gastronómicos también salieron a defenderse. Dueños de bares y restaurantes sostienen que ellos no son responsables exclusivos del desastre y apuntan contra el sistema de higiene urbana porteño. “Nos quieren echar toda la culpa a nosotros porque es más fácil pegarle al gastronómico. Pero la Ciudad cobra habilitaciones, permisos y tasas. Entonces también tiene que limpiar. Nosotros limpiamos lo nuestro, pero si el servicio urbano es malo, la basura queda igual”, explicó el encargado de un restaurante sobre Gorriti.
Otros fueron más lejos y plantearon que muchos decks se transformaron en chivos expiatorios perfectos para ocultar un problema más profundo: la decadencia general de la limpieza urbana en Buenos Aires. “La Ciudad está más sucia que hace diez años. Hay contenedores explotados, olor a pis, basura en esquinas, veredas pegoteadas y ratas en varios barrios. El deck quedó como símbolo porque está visible, pero el problema es más grande”, sostuvo un empresario gastronómico de Palermo Hollywood.
Sin embargo, los vecinos no compran del todo ese argumento. Muchos remarcan que los decks generan “microbasurales permanentes” imposibles de limpiar correctamente mientras las estructuras sigan montadas sobre la calle. “Abajo queda comida, humedad y oscuridad. Es Disneylandia para las ratas”, ironizó un residente de Las Cañitas. Otro vecino agregó que “cuando levantan una tabla o se mueve algo, salen corriendo. Y mientras tanto arriba hay gente comiendo ravioles como si estuviera en París”.
El fuego cruzado ya llegó a redes sociales, grupos barriales y reuniones comunales. Algunos vecinos directamente piden eliminar todos los decks. Otros aceptan mantenerlos, pero exigen controles sanitarios severos, fumigación permanente y limpieza diaria obligatoria debajo de las estructuras. También aparecen quienes plantean una solución más simple y brutal: contratar más barrenderos.
Y ahí aparece otra discusión incómoda para la política porteña. Durante años, la Ciudad apostó fuerte a sistemas mecanizados, empresas tercerizadas y modelos de limpieza más automatizados. Pero para muchos vecinos el resultado está a la vista: máquinas modernas pasando por calles mugrientas. “La basura no se limpia sola. La ciudad necesita personas limpiando de verdad. Personas barriendo, levantando residuos y controlando rincones. No existe tecnología mágica para eso”, sostuvo un jubilado de Palermo Viejo.
En los cafés de barrio, en las filas de supermercados y en las reuniones de consorcio empieza a repetirse una idea que hace algunos años parecía impensada en sectores históricamente afines al PRO: la Ciudad dejó de estar cuidada. El mito de la eficiencia porteña empieza a agrietarse entre bolsas rotas, olor a basura fermentada y estructuras gastronómicas que muchos sienten ya fuera de control.
El problema se vuelve todavía más visible durante las lluvias. Vecinos denuncian que debajo de muchos decks se acumulan residuos que bloquean el escurrimiento del agua. Colillas, botellas, envoltorios y restos orgánicos quedan atrapados contra los cordones y generan pequeños tapones urbanos que agravan inundaciones puntuales. “Después te dicen que el agua no drena por el cambio climático. No hermano, también es porque abajo de los decks hay media verdulería podrida”, disparó un comerciante de la zona de Fitz Roy.
Mientras tanto, desde el Gobierno porteño no aparecen respuestas contundentes ni anuncios fuertes. La sensación vecinal es que existe una enorme incomodidad política para tocar el tema. Sacar decks implicaría enfrentarse con el sector gastronómico. Mantenerlos sin cambios implica seguir enfrentándose con vecinos cada vez más hartos. Y en el medio, la gestión parece congelada.
Esa parálisis política alimenta todavía más el enojo. “No toman decisiones. No limpian. No controlan. No hablan. Están escondidos”, resumió una vecina de Palermo Chico. Otro vecino directamente comparó la situación con “una ciudad administrada por planillas Excel y no por personas que caminen las calles”.
La contradicción es brutal. Palermo se transformó en uno de los barrios gastronómicos más famosos de América Latina. Miles de turistas llegan buscando cafeterías, bares, vermuterías y restaurantes trendy. Pero detrás de esa fachada cool aparece una ciudad cansada, saturada y sucia, donde la convivencia urbana parece haber quedado subordinada al negocio constante.
La discusión sobre los decks ya dejó de ser solamente urbanística. Ahora es una discusión sobre salud pública, higiene urbana, convivencia y modelo de ciudad. ¿Puede Buenos Aires seguir vendiéndose como capital gastronómica mientras vecinos denuncian roedores debajo de plataformas donde la gente cena? ¿Puede una ciudad moderna funcionar con semejante nivel de basura acumulada? ¿Puede el gobierno seguir mirando para otro lado mientras el conflicto crece semana tras semana?
La respuesta todavía no apareció. Mientras tanto, las ratas sí aparecen. Y bastante más rápido que las soluciones.
Palermo Tour continuará relevando denuncias vecinales, situación sanitaria y estado de limpieza en distintos corredores gastronómicos de la Ciudad de Buenos Aires.
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