La despedida pública del Indio Solari terminó durante la madrugada bajo la lluvia de Villa Domínico. Miles de personas lograron acercarse para darle el último adiós. Sin embargo, hubo otra despedida, mucho más silenciosa, que ocurrió lejos del Polideportivo Gatica. Fue la despedida de quienes se quedaron en Palermo, mirando la televisión, siguiendo las transmisiones por internet o escuchando la radio mientras la emoción avanzaba lentamente por los hogares porteños.
Muchos vecinos del barrio soñaron con estar presentes. Algunos incluso habían pensado durante días cómo organizar el viaje. Pero la vida cotidiana, esa misma que tantas veces aparece en las canciones ricoteras, terminó imponiendo sus propias obligaciones. Hubo quienes debieron quedarse cuidando a una madre mayor. Otros no pudieron ausentarse porque al día siguiente había que llevar a los chicos al colegio. Algunos tenían compromisos laborales ineludibles. Otros simplemente no contaban con el tiempo o los recursos necesarios para recorrer los kilómetros que separan Palermo de Villa Domínico en una jornada tan extraordinaria.

La escena se repitió en numerosos departamentos del barrio. En Palermo Viejo, Palermo Soho, Palermo Hollywood, Las Cañitas y Palermo Chico, muchos fanáticos siguieron las imágenes desde sus casas. Algunos desempolvaron viejos discos. Otros buscaron entradas guardadas de recitales históricos. No faltaron quienes volvieron a mirar fotografías amarillentas de aquellos años en que los recitales de Los Redondos eran una aventura compartida entre amigos, trenes repletos y rutas interminables.
La despedida tuvo además un carácter profundamente generacional. Muchos de quienes durante los años noventa viajaban cientos de kilómetros para seguir una gira hoy son padres, madres o abuelos. La vida cambió. Las responsabilidades crecieron. Los cuerpos ya no responden igual que antes. Sin embargo, la emoción apareció con la misma intensidad. Tal vez porque las canciones del Indio acompañaron momentos decisivos de sus vidas. Sonaron durante los primeros amores, durante las amistades más profundas, durante las alegrías y también durante las derrotas.

Por eso la distancia geográfica resultó secundaria. Porque la despedida no ocurrió únicamente en Villa Domínico. También ocurrió en los livings de Palermo. En las cocinas donde alguien preparaba la cena mientras observaba las imágenes de la multitud. En los balcones donde sonaban viejos temas de Los Redondos. En los grupos de WhatsApp donde reaparecieron amigos que hacía años no hablaban entre sí. En las conversaciones familiares donde volvieron historias que parecían olvidadas.

Las imágenes transmitidas durante toda la jornada permitieron que miles de personas participaran desde lejos de un acontecimiento histórico para la cultura popular argentina. Y aunque muchos lamentaron no haber podido estar físicamente presentes, también comprendieron que el homenaje trascendía cualquier lugar específico. El verdadero homenaje estaba en la memoria compartida, en los recuerdos y en las canciones que siguen formando parte de la vida cotidiana de millones de argentinos.

La familia del Indio dejó un mensaje sencillo y poderoso al finalizar la ceremonia. La música debe seguir sonando. Quizás esa sea la mejor síntesis de lo que ocurrió también en Palermo. Porque mientras las últimas personas abandonaban Villa Domínico bajo la lluvia, en muchos hogares del barrio todavía seguían sonando las mismas canciones que acompañaron a varias generaciones.

Y así, entre obligaciones cotidianas, hijos que debían levantarse temprano para ir a la escuela, adultos mayores que necesitaban cuidados y trabajadores que al día siguiente debían cumplir con sus tareas habituales, Palermo encontró su propia manera de despedirse.
No hizo falta estar allí para decir adiós.
Bastó con escuchar una canción más.
Redacción Palermo Tour