En la esquina de Paraguay al 5500, donde Palermo todavía conserva parte de su espíritu de barrio, el Bar Montecarlo sigue siendo uno de esos lugares que parecen detenidos en el tiempo. Entre mesas de madera, café recién servido y una arquitectura restaurada con respeto por su historia, este clásico porteño vuelve a reunir vecinos, turistas, periodistas, escritores y amantes de los bares tradicionales.
Fundado en 1922 como bar y despensa, el Montecarlo nació en una época muy distinta a la actual. En aquellos primeros años la presencia femenina no era aceptada y, según recuerda su propia historia, en sus mesas también funcionaban apuestas clandestinas, una postal típica de muchos cafés porteños de principios del siglo XX.

En 1940 comenzó una nueva etapa cuando el inmigrante gallego José Lorenzo tomó las riendas del establecimiento, iniciando una tradición familiar que marcaría al barrio durante décadas.
Uno de los episodios más curiosos de su historia vincula al bar con Ernesto Guevara de la Serna. Antes de convertirse en una figura histórica mundial, el joven «Che» habría planificado en estas mesas algunos de sus célebres viajes en motocicleta por América Latina.

El Montecarlo también fue protagonista de la vida cotidiana de Palermo. Durante muchos años funcionó como terminal de la línea 95 y lugar de descanso para taxistas, colectiveros y trabajadores de la zona. En 1978 incluso se instaló allí el primer teléfono público del barrio, cuando todavía comunicarse implicaba hacer fila frente a un aparato de monedas.
Su valor patrimonial fue reconocido oficialmente en 2015, cuando fue incorporado al listado de Bares Notables de la Ciudad de Buenos Aires, una distinción reservada para los cafés que forman parte de la identidad cultural porteña.
Como tantos otros comercios históricos, la pandemia obligó al Montecarlo a cerrar sus puertas en 2020. Sin embargo, la historia no terminó allí. La chef Paula Comparatore decidió recuperar el tradicional café a pedido de los vecinos, mientras que el arquitecto Fernández J. encabezó una restauración respetando los planos originales del edificio, devolviéndole el aspecto que había caracterizado al lugar durante casi un siglo.
La reapertura, en 2021, marcó el renacimiento de uno de los bares más queridos de Palermo. Un año más tarde, al cumplir cien años de vida, el Ministerio de Cultura de la Ciudad lo declaró de Interés Cultural, mientras la Legislatura porteña conmemoró oficialmente su centenario.
Hoy el Montecarlo combina historia y gastronomía. Su propuesta incluye desayunos tradicionales con café con leche y medialunas, biblioteca para los clientes, horno de barro y una cocina con fuerte impronta casera. Entre las opciones del menú aparecen los tradicionales ñoquis del 29 con salsa de tomates frescos, tarta soufflé de vegetales, pollo al curry, carne al corte, cordero, trucha, ossobuco, crepes y humita con queso y oliva, además de alternativas aptas para celíacos.
Durante el Mundial vuelve a convertirse en punto de encuentro para seguir los partidos, recuperando ese clima de café de barrio donde las conversaciones pasan del fútbol a la política, de la literatura a los recuerdos.
Montecarlo demuestra que un bar notable no es solamente un lugar para comer o tomar un café. Es un espacio donde se conserva la memoria del barrio, donde cada mesa guarda una historia y donde, después de más de cien años, Palermo sigue encontrando uno de sus refugios más auténticos.