El Presidente registra 34% de imagen positiva y 57% negativa en una medición nacional de D’Alessio IROL-Berensztein. Guillermo Francos quedó primero y fue el único dirigente con saldo favorable. El costo de los servicios, los ingresos que no alcanzan y la incertidumbre económica dominan las preocupaciones.
La política argentina tiene una regla sencilla, aunque los gobiernos suelen aprenderla tarde: ninguna épica sobrevive mucho tiempo a una heladera vacía, una factura impagable o una familia obligada a recortar lo básico. La nueva encuesta nacional de D’Alessio IROL-Berensztein deja una señal dura para Javier Milei: el Presidente quedó octavo en el ranking de imagen de 19 dirigentes del oficialismo y la oposición, con apenas 34% de valoración positiva frente a 57% negativa. El experimento libertario sigue teniendo defensores, pero la paciencia social parece haber entrado en zona de descuento.
El estudio, realizado entre el 28 y el 30 de agosto sobre 800 casos de todo el país, ubicó primero a Guillermo Francos, con 45% de imagen positiva y 44% negativa. Es el único de los dirigentes medidos que logra un diferencial favorable. Detrás aparecen Patricia Bullrich, Jorge Macri, Mauricio Macri y Diego Santilli, mientras que el Presidente —figura absoluta del oficialismo y protagonista permanente de la conversación pública— queda lejos del podio.
El dato más delicado para la Casa Rosada no está solamente en la comparación con adversarios políticos. Entre los votantes de La Libertad Avanza, Milei tampoco encabeza las preferencias: Patricia Bullrich alcanza 89% de imagen positiva, Francos 81% y Santilli 77%. Milei queda cuarto con 76%, seguido por Luis Caputo, con 70%, y Federico Sturzenegger, con 69%. Cuando la propia base electoral mira hacia otros nombres, el Gobierno debería tomar nota: no todo desgaste se resuelve con una cadena de posteos ni con enemigos elegidos para la ocasión.
El ranking también muestra la profundidad del rechazo hacia varias figuras de la oposición y del oficialismo. Martín Lousteau registra el peor diferencial: 19% de opiniones positivas y 71% negativas, con un saldo desfavorable de 52 puntos. Cristina Fernández de Kirchner obtiene 30% positiva y 65% negativa; Victoria Villarruel, 24% favorable y 67% desfavorable. Carlos Presti queda último si se ordena el cuadro por imagen positiva, con 18%, aunque un 39% de los consultados dijo no tener opinión sobre su figura.
Pero la imagen política no se desploma por arte de magia. La encuesta retrata una economía doméstica cada vez más áspera: el 66% considera que el país está peor que un año atrás y solo el 33% cree que mejoró. Además, el 67% afirma que su situación económica personal empeoró. El número revela que la supuesta recuperación no termina de llegar a las mesas argentinas, donde la conversación gira mucho menos alrededor del riesgo país que de los precios, las tarifas, los remedios y el alquiler.
La expectativa tampoco acompaña al oficialismo. El 59% cree que la economía estará peor dentro de doce meses, contra 37% que espera una mejora. A su vez, la gestión de Milei recibe 58% de evaluación negativa y 40% de respaldo. Tras el piso registrado en abril, el estudio muestra una estabilidad en el malestar: no hay derrumbe inmediato, pero tampoco un rebote político que permita al Gobierno vender una recuperación sólida.
Las principales preocupaciones de los encuestados tienen nombre propio: el costo de los servicios públicos alcanza 60%, el temor a que los ingresos no alcancen para sostener el nivel de vida suma 59% y la incertidumbre económica llega a 58%. Es el retrato de una sociedad agotada de ajustar siempre por abajo. Mientras se celebran planillas fiscales y anuncios de mercado, miles de hogares hacen cuentas con la calculadora en una mano y la angustia en la otra.
Milei llegó al poder prometiendo terminar con los privilegios de la política tradicional. Casi tres años después, el desafío es otro y es mucho más terrenal: demostrar que el sacrificio impuesto tiene un destino concreto y no es apenas una rutina de padecimiento. Las encuestas no votan, pero son un termómetro. Y hoy el termómetro marca que el relato libertario se enfría mientras la vida cotidiana arde.