La madrugada se abrió con olor a tierra mojada. Desde Liniers hasta Luján, el cielo fue un solo manto gris que cubrió a miles de peregrinos. Gente común, cansada, empapada, pero firme. Algunos con zapatillas rotas, otros con estampitas pegadas al pecho. Todos, caminando detrás de una misma palabra: esperanza.
Era sábado, 5 de octubre. Y en ese amanecer incierto, la Virgen de Luján volvió a recibir al pueblo argentino. No a uno abstracto, sino al de carne y hueso: al jubilado que cobra menos de lo que gasta, al pibe que esquiva la droga en los barrios, a la madre que reza por su hijo preso o enfermo.
Un país mojado que igual camina
En la explanada de la Basílica de Luján, el arzobispo Jorge García Cuerva tomó el micrófono con la voz temblada por el frío y la emoción. No necesitó nombrar al Gobierno ni citar escándalos. Bastó una frase para que el eco llegara más lejos que cualquier discurso político:
“Hay muchos hermanos que ya no tienen fuerza para seguir. Les pesa la pobreza, el narcotráfico, la soledad.”
Y en ese instante, bajo la lluvia fina, hubo un silencio colectivo. Como si todos entendieran que hablaba de ellos. Porque el país se parece a esos peregrinos: anda con el alma en los pies, con la espalda doblada, pero sin rendirse.
Las mochilas del alma
Cada uno cargaba algo invisible: una deuda, un duelo, una promesa, una culpa. García Cuerva lo dijo con claridad:
“Por ellos también peregrinamos, los traemos en la mochila del alma.”
La frase sonó como un himno íntimo. En las orillas del camino, los voluntarios ofrecían agua caliente, pañuelos, sopa, abrazos. Algunos lloraban, otros reían. Una joven de Merlo llevaba una foto de su hermano desaparecido en la mochila. Un hombre de Tigre, con las rodillas envueltas en vendas, murmuraba un “gracias” entre jadeos.
La fe —esa palabra tantas veces mal usada— en Luján tiene barro, tiene cansancio, tiene ampollas. Pero también tiene un brillo extraño: el de quien se cae y se levanta.
Bajo el mismo cielo
La tormenta de la madrugada había golpeado duro: truenos, relámpagos, calles anegadas. Pero nadie se volvió. Los paraguas eran pocos; las canciones, muchas. Algunos caminaban descalzos; otros, con la Virgen en andas, avanzaban como si nada doliera.
Desde un costado, una anciana de Villa Ballester le decía a otra:
—Hace 30 años que vengo, hija. Y siempre llueve. Pero siempre se llega.
Esa frase, perdida entre miles, resumía todo. La fe en Argentina no se mide por dogmas, sino por insistencia.
El mensaje del Arzobispo
Ya frente a la Basílica, el Arzobispo recordó al Papa Francisco y al Papa León XIII, y habló de la esperanza como una llama que no se apaga:
“Caminar con esperanza es no dejarnos ganar por el desaliento ni la tristeza. Es seguir, aunque parezca que la violencia y la injusticia ganan.”
También habló de los jóvenes atrapados por la droga, de los jubilados olvidados y de los trabajadores que no llegan a fin de mes. Sin decir nombres, puso sobre la mesa la herida social que atraviesa a la Argentina.
La misa terminó con un aplauso largo, de esos que no se preparan. En ese momento, el cielo empezó a abrirse, y un rayo de sol iluminó la cúpula azul de la Basílica.
El milagro repetido
La Peregrinación a Luján, que nació en 1973, ya no es solo un acto de fe: es una radiografía del alma nacional. Cada año, millones caminan más de 60 kilómetros desde el Santuario de San Cayetano en Liniers, cruzando Moreno, General Rodríguez, Jáuregui… pueblos que se vuelven estaciones del espíritu.
Más de 5.500 voluntarios dieron asistencia, con 100 puestos sanitarios y de descanso. Se ofrecieron más de 200.000 vasos de agua, pan, y rosarios. Todo armado sin un peso del Estado, solo con la organización de la Iglesia y el trabajo de la gente.
Una fe que se obstina
Cuando García Cuerva dijo “No está todo perdido”, no fue una metáfora. Fue una advertencia y un pedido. Porque si el país se ha sostenido es, en parte, por esa obstinación invisible que todavía une a los argentinos.
Al caer la tarde, los peregrinos regresaban como podían: en colectivos, en autos prestados, en camiones improvisados. Con los pies ampollados, sí, pero con el alma limpia.
Y mientras las nubes se corrían, una mujer de Laferrere le decía a su nieta:
—¿Ves? Se puede caminar bajo la lluvia. Lo que no se puede es dejar de hacerlo.
Epílogo: la Argentina que no se rinde
La imagen final fue pura poesía: un pueblo entero bajo el agua, caminando por sus muertos, por sus hijos, por sus sueños. Ninguna campaña política podría inventar algo así.
Luján volvió a recordarnos que, aunque todo parezca derrumbarse, la fe sigue siendo la forma más humana de la resistencia.