Las chicas (distintas generaciones de señoras que, incluso alguna, bien podría haber festejado el día de la madre con sus nietos) quieren sacarse una selfie con ¿Bruno? (¿o es Olivier?), el artisan boulanger que, con acento francés y facha de sex symbol , enfunda largas baguettes tradition en papel de estraza en su boutique de harina. Ellas, las chicas, dan esos grititos de no-lo-puedo-creer porque son groupies de “Panes & Quesosâ€, el programa que Olivier (Bruno prepara crocantes en otro stand), artífices de la panadería francesa LEpi, conducen por televisión. Así es todo en la feria Masticar, que concluyó el fin de semana pasado en El Dorrego: a cada paso una imagen de cholulismo gourmet, efecto de la gastronomía de diseño bienpensante, saludable y de lujo. La comida como una de las bellas artes. Nada está librado al azar. Salvo el calor. El techo de chapa convierte al predio, el día de la apertura, en un horno a fuego lento: la gourmet experience está aquí y damos vueltas para rostizarnos. Maru Botana intercambia sonrisas con otra fan en uno de los pasillos mientras Fernando Trocca es rodeado por discípulos y a Robert, uno de los hermanos Petersen, lo entrevistan para televisión porque a la televisión se le hace agua la boca con el evento, como la boca de esa cronista de un canal de aire al hacer contorsiones frente a cámara para comer una brochette de frutas tropicales. Aún hoy permanece en el gusto la nostalgia por los sabores que llegue a probar aquel jueves: el crocante de salmón preparado por Bruno (Oliver seguía sacándose selfies con las chicas), el taco de cordero que condimentó Pablo Buzzo, el sándwich de ternera con alioli que, con sencillez y buen gusto, ideó el poeta Francis Mallman. De todos modos, el humo de la parrilla envuelve los cuerpos, sacude el espíritu y la fila se extiende bajo el sol en busca de la contundencia de la pamplona, la bondiola o el choripán que se cocina en las brasas de El pobre Luis. El art brut también puede ser hermoso.