Los últimos mateos de Palermo: crónica antropológica de un oficio que se perdió entre el ruido de los motores
Hubo un tiempo en Buenos Aires en el que el sonido de la ciudad no era el rugido de los colectivos ni el bocinazo neurótico del tránsito porteño. Era otra música. Más lenta. Más cansina. Más parecida al trote de un caballo sobre adoquines húmedos después de la lluvia. En ese paisaje, entre faroles a kerosene, sombreros de ala ancha y muchachos que silbaban tangos por Avenida Santa Fe, aparecían ellos: los “placeros”, luego bautizados para siempre como “mateos”.
Durante décadas, los mateos fueron mucho más que un transporte. Fueron un símbolo urbano, una postal social y hasta una forma de entender Buenos Aires. Estaban en Plaza Constitución, Plaza Miserere, Plaza de Mayo, Congreso y, especialmente, en Palermo, donde terminarían resistiendo como los últimos sobrevivientes de una ciudad que decidió acelerar hasta olvidarse de sí misma.
En los bosques de Palermo, frente al Zoológico porteño o junto al Monumento de los Españoles, esos carruajes adornados con flores, estrellas, campanillas y fileteados parecían detenidos en otra época. Los turistas los fotografiaban como si fueran una reliquia viva. Los chicos los miraban con una mezcla de asombro y desconfianza, casi como quien ve un dinosaurio manso en medio de la avenida Del Libertador.
Pero detrás del folklore había una cultura completa.
Los “placeros”: trabajadores invisibles de la vieja Buenos Aires
Antes de llamarse mateos, eran conocidos como “coches de plaza” o “placeros”, porque estacionaban cerca de las plazas más importantes de la ciudad esperando pasajeros. Eran el equivalente porteño del taxi moderno, aunque infinitamente más humano y lento.
Desde mediados del siglo XIX, las “victorias” —carruajes tirados por un solo caballo— formaron parte del paisaje cotidiano. En 1866, la Municipalidad de Buenos Aires ya regulaba la actividad mediante ordenanzas específicas. Algunas hoy parecen salidas de una novela de Roberto Arlt.
Una de ellas obligaba a los cocheros a circular con faroles encendidos en noches sin luna. Otra exigía que el pasajero pagara únicamente si el carruaje no representaba un peligro “por la inhabilidad del conductor”. La Buenos Aires de entonces todavía confiaba más en el caballo que en el Estado.
Aquellos hombres conocían la ciudad como pocos. Sabían dónde se armaban las peleas, dónde terminaban las milongas, dónde se escondían los compadritos y en qué esquina un inmigrante recién llegado podía encontrar pensión barata y un plato caliente.
El mateo no era sólo transporte: era conversación, confidencia y observación callejera.
Armando Discépolo y el nacimiento del “mateo”
El nombre definitivo apareció en 1923 y vino desde el teatro. Armando Discépolo estrenó “Mateo” en el Teatro Nacional y produjo algo extraordinario: logró convertir un oficio urbano en tragedia nacional.
La obra narraba la vida de don Miguel, un cochero italiano golpeado por la modernidad y por la pérdida de pasajeros frente al avance del automóvil. Su compañero inseparable era Mateo, el caballo viejo al que le hablaba como si fuera una persona.
El impacto cultural fue tan fuerte que desde entonces nadie volvió a decirles “placeros”. Buenos Aires los rebautizó “mateos” para siempre.
Hay algo profundamente argentino en eso: transformar el dolor de un trabajador en identidad popular.
Palermo: el último bastión
Mientras el resto de la ciudad expulsaba lentamente a los carros de tracción a sangre, Palermo se convirtió en el refugio final de los mateos. Allí sobrevivieron gracias al turismo, la nostalgia y cierta resistencia cultural que todavía persiste en algunos rincones del barrio.
Hasta hace pocos años podían verse frente al Ecoparque —el antiguo Zoológico de Buenos Aires— y en Avenida del Libertador y Sarmiento. Desde Plaza Italia partían los recorridos que se internaban entre los lagos, el Rosedal y los bosques.
El paseo tenía algo hipnótico.
Los caballos avanzaban despacio mientras sonaban las campanillas. Los árboles tapaban parcialmente los edificios modernos y, durante algunos minutos, la ciudad parecía regresar a otra década. O quizás a otra civilización.
Muchos carruajes estaban decorados con históricos filetes porteños, ese arte popular nacido entre inmigrantes italianos y obreros criollos que terminaría siendo Patrimonio Cultural de la Humanidad. Algunos guardaban objetos olvidados por pasajeros: chupetes, muñecos, mamaderas, dibujos infantiles, estampitas o pequeños recuerdos que los cocheros conservaban casi como amuletos.
Cada mateo era un museo rodante.
De 4700 carruajes al silencio
En 1910 llegaron a existir cerca de 4700 mateos circulando por Buenos Aires. Era una industria completa: cocheros, talabarteros, herreros, veterinarios, cuidadores y corralones enteros dedicados al mantenimiento de los carros y los caballos.
La ciudad todavía olía a bosta húmeda, cuero y pasto recién mojado.
En Constitución funcionaban enormes corrales que podían alojar hasta cien carruajes y otros tantos caballos. Pero el automóvil, el colectivo y la modernización urbana fueron empujando lentamente a los mateos hacia la desaparición.
La prohibición de la tracción a sangre en 1960 terminó de reducirlos a una excepción turística.
En 2008 quedaban apenas ocho.
Después vinieron nuevas regulaciones, críticas vinculadas al bienestar animal, cambios culturales y transformaciones urbanas que terminaron alejándolos definitivamente del Rosedal. Hoy los mateos prácticamente forman parte de la memoria oral porteña. Muchos jóvenes ni siquiera saben que existieron.
Y sin embargo existieron.
Los caballos también tenían personalidad
Los antiguos cocheros de Palermo solían decir algo que hoy suena extraño: “los caballos también eran compañeros de trabajo”. Entre ellos existía un vínculo cotidiano difícil de entender desde la lógica moderna.
Los animales conocían los recorridos de memoria. Reconocían sonidos, horarios y hasta clientes frecuentes. Algunos eran famosos por ser temperamentales; otros, por su mansedumbre casi melancólica.
Los viejos placeros hablaban de sus caballos como quien habla de un amigo.
En una ciudad cada vez más digital, donde hasta los vínculos humanos se vuelven descartables, aquella relación entre hombre, animal y calle parece venir de un planeta desaparecido.
Una desaparición que también es cultural
La historia de los mateos no habla solamente de carruajes. Habla de cómo Buenos Aires fue perdiendo ciertos ritmos humanos. La velocidad ganó. La eficiencia ganó. El ruido ganó.
Pero algo quedó tirado en el camino.
Los mateos eran imperfectos, lentos y anacrónicos. Precisamente por eso hoy generan fascinación. Porque recordaban una ciudad donde todavía existía tiempo para mirar el paisaje, conversar con el cochero o escuchar el trote del caballo mezclado con el viento de Palermo.
Ya no están en el Rosedal. Ya no esperan pasajeros frente al Ecoparque. Apenas sobreviven en fotografías antiguas, en alguna película vieja, en los recuerdos de turistas europeos y en la memoria de los porteños más veteranos.
Como tantas cosas de Buenos Aires, los mateos se transformaron en fantasma antes de que la ciudad entendiera que los estaba perdiendo.
Y quizá ahí esté la verdadera tragedia porteña: Buenos Aires siempre descubre el valor de sus símbolos cuando ya es demasiado tarde para salvarlos.