La nafta superó los $2.000 en Buenos Aires y el turismo en motorhome queda cada vez más lejos
El nuevo piso del combustible sacude al turismo rodante y al bolsillo de los porteños
En una escena que hasta hace pocos años parecía imposible, el precio de la nafta y el gasoil superó por primera vez los $2.000 por litro en la Ciudad de Buenos Aires. El nuevo piso de los combustibles ya aparece en las carteleras de varias estaciones de servicio de la capital y marca otro hito en la escalada del costo de vida.
Las estaciones de Axion Energy y la red de Shell, operada en Argentina por Raízen, fueron las primeras en reflejar esta barrera simbólica. En algunos surtidores porteños el precio del combustible premium ya supera ampliamente los dos mil pesos por litro.
La noticia no tardó en recorrer los barrios de la ciudad. En estaciones de Palermo, Belgrano o Chacarita el comentario se repite entre conductores: cargar combustible empieza a parecerse cada vez más a pagar una cuota.
Los nuevos precios en las estaciones
Los valores varían según la empresa y el tipo de combustible, pero el panorama general ya muestra números inéditos.
YPF
- Nafta súper: $1.740
- Nafta premium: $1.900
- Gasoil común: $1.840
- Gasoil premium: $1.950
Puma Energy
- Nafta súper: $1.770
- Nafta premium: $2.030
- Gasoil común: $1.740
- Gasoil premium: $2.100
Axion Energy
- Nafta súper: $1.790
- Nafta premium: $1.950
- Gasoil común: $1.929
- Gasoil premium: $2.059
Shell
- Nafta súper: $1.815
- Nafta premium: $2.050
- Gasoil común: $1.860
- Gasoil premium: $2.127
Los combustibles premium son los primeros en romper el umbral de los $2.000, aunque el resto de los productos también se acerca rápidamente a esa cifra.
El impacto internacional: petróleo y guerra
El aumento está directamente vinculado a la suba del petróleo a nivel global. En lo que va de marzo, el precio internacional del crudo acumuló un incremento cercano al 30%, impulsado por la escalada del conflicto en Medio Oriente y la tensión en torno a Irán.
Argentina, pese a contar con producción propia, sigue teniendo una fuerte dependencia de los valores internacionales. Cuando el barril sube, el surtidor termina reflejándolo.
El problema es que el combustible no afecta solo al automovilista. También impacta en:
- transporte de mercaderías
- logística
- alimentos
- materiales de construcción
- precios finales de bienes y servicios
Es decir, el surtidor termina funcionando como un termómetro silencioso de la inflación.
El golpe al turismo rodante
Mientras los precios del combustible escalan, otra medida golpea al mundo de los viajeros sobre ruedas.
En 2026 entró en vigencia una nueva clasificación de licencias impulsada por la Agencia Nacional de Seguridad Vial que modifica las categorías para conducir vehículos recreativos.
Las licencias particulares B1 y B2 ahora tienen límites más estrictos:
- motorhomes motorizados hasta 3.500 kg
- remolques de hasta 750 kg
La mayoría de los motorhomes del mercado argentino supera ampliamente esos pesos. Muchos están montados sobre chasis de utilitarios grandes y pueden llegar a 5.000 kg o más.
La consecuencia es clara: los propietarios deberán tramitar una licencia profesional C1, pensada originalmente para camiones.
Esto implica:
- exámenes psicofísicos más exigentes
- evaluaciones adicionales
- mayores requisitos para conductores mayores
El cambio preocupa especialmente a los jubilados viajeros, uno de los principales perfiles del turismo rodante argentino.
Viajar se vuelve cada vez más caro
Entre el aumento del combustible y las nuevas exigencias para conducir motorhomes, el estilo de vida del turismo itinerante enfrenta un nuevo desafío.
Un viaje largo en un motorhome grande puede consumir entre 15 y 20 litros cada 100 kilómetros. Con el combustible por encima de los $2.000, recorrer el país empieza a convertirse en un lujo.
Y así, entre surtidores cada vez más caros y regulaciones más complejas, el sueño de recorrer Argentina sobre ruedas empieza a parecerse a una postal de otro tiempo.
Comentario editorial
Hay algo curioso en la Argentina contemporánea.
Cada vez que el combustible sube, el país entero se encoge un poco.
Sube el transporte, sube la comida, suben los fletes, sube todo.
Sin embargo, siempre aparece un sector dispuesto a celebrar la noticia como si fuera una victoria económica.
Mientras el litro de nafta rompe la barrera de los $2.000, el ciudadano común hace cuentas para ver si llega a fin de mes.
Y en esa escena cotidiana —en la fila del surtidor, mirando el cartel luminoso— aparece una pregunta que muchos se hacen en silencio:
¿hasta qué punto se puede seguir aplaudiendo cuando el tanque está cada vez más vacío?