Aunque hoy parezca fantasía, la primera muestra de la Sociedad Rural Argentina se llevó a cabo en la intersección de las calles Florida y Paraguay, en pleno centro porteño. Desde ese momento y hasta nuestros días, el evento se convirtió en una gigantesca caja de resonancia del trabajo del campo y también de los avatares políticos del país, con aplausos, silbidos, toros famosos, pilas y “batatasâ€, todo enmarcado por el inconfundible aroma del crepitar de las mejores carnes del mundo a las brasas.
Los selectos integrantes de la Sociedad Rural Argentina fundada en 1866 resolvieron organizar en 1874 una exposición en un baldío del barrio de Recoleta, junto al cementerio, con el objetivo de estimular la competencia entre los productores y difundir buenas prácticas agrícolas y ganaderas.
Ya se había hecho anteriormente en Córdoba y mucho más atrás en el tiempo en la zona de Palermo, donde el granjero escocés Diego White había organizado una incipiente exposición (1858).
La idea debió postergarse por la revolución de 1874 (Mitre enfrentado a Sarmiento luego de las elecciones que habían consagrado a Nicolás Avellaneda): el país no estaba para exposiciones.
En 1875 arremetieron nuevamente con el proyecto y, después de descartar el terreno de Recoleta, por las mejoras que debían hacerse, le pidieron a uno de los fundadores de la institución, Leonardo Pereyra casado con su paquetisima prima Antonia Iraola que prestara un corralón que poseía en la esquina de Florida y Paraguay.
El sábado 11 de abril de 1875 se inauguró la primera exposición organizada por la Sociedad Rural Argentina, con sesenta y seis caballos, apenas trece vacunos, setenta y cuatro ovejas, dieciséis cabras, once chanchos, quince perros y algunas aves y conejos.
En esa expo Pereyra exhibió al famoso Niágara, el toro Hereford que había traído de Europa en 1862 y que fue clave en el desarrollo de la genética bovina en el país (inmortalizado en la etiqueta del whisky “Criadoresâ€, junto a sus pares Tarquino y Virtuoso).
Mientras que en la inauguración, dando inicio a la historia de encuentros y desencuentros entre mandatarios y ruralistas, estuvo el presidente de la Nación, Nicolás Avellaneda, y el gobernador electo de la Provincia de Buenos Aires, Carlos Casares.
Según las crónicas de la época la muestra fue todo un éxito, concitando la presencia de dieciocho mil personas.
Quedó claro entonces para los miembros de la SRA que debían organizar la exposición todos los años pero, eso sí con mayores medidas de seguridad ya que el dato de color de la primera muestra fue la fuga de un toro que pertenecía a Enrique Green.
La bestia cuentan- corrió enfurecida por la calle Florida rumbo al río. Pasó un largo rato haciendo un trote ligero por la Plaza San Martín como intuyendo que hasta 1810 se realizaban allí las corridas de toros , y luego de inspeccionar el terreno donde se había sacrificado a tantos de sus antepasados, enfiló hacia el río y jamás volvieron a verlo.
Toros aparte, en el discurso de cierre de la primera exposición, el presidente de la Sociedad Rural Argentina anunció que la siguiente muestra se llevaría a cabo en terrenos del Parque Tres de Febrero, ofrecidos por el presidente de la comisión del parque, Domingo Faustino Sarmiento.
Pese a ello, dadas las costosas obras que debían realizarse en el lugar, en 1876 volvieron a pedirle a Pereyra las llaves del corralón de la calle Florida para la segunda feria, y en 1877 no se llevó a cabo la muestra para economizar recursos.
En enero de 1878 comenzaron los trabajos en el terreno de Palermo. Se niveló la tierra y se construyeron pistas, tribunas, pabellones, pajareras, baños, boleterías, gallineros, una confitería, jardines y oficinas.
Finalmente, el 22 de septiembre abrió sus puertas la tercera muestra de la SRA, la primera en Palermo. El acto de inauguración fue presidido nuevamente por Avellaneda, secundado por Carlos Tejedor, por entonces gobernador de la Provincia de Buenos Aires.
Según cuentan las crónicas, esa primera exposición palermitana en la que hubo más caballos que ovejas y más ovejas que vacas- tuvo una escasa repercusión entre el público en general, seguramente por la lejanía del centro de la ciudad.
Luego, cuando les fueron cedidas a los ruralistas las 12 hectáreas del actual predio palermitano -que había sido propiedad de Juan Manuel de Rosas, uno de los principales impulsores de la ganadería nacional-, comenzaron a organizarse a partir de 1878 las exposiciones anuales, mucho más volcadas a la ganadería y con un creciente éxito de público.
No era para menos: la Argentina iba rumbo a convertirse en el granero del mundo y en uno de los jugadores más importantes en la producción de carne.
La muestra ganó en prestigio y pasó a ser conocida vulgarmente como “la ganaderaâ€, a secas, sin más, dado que lo más importante de la expo son los miles de ejemplares bovinos de la mejor genética mundial que durante casi quince días reciben más cuidados y atenciones que cualquiera de los cristianos que piden monedas en la vecina Plaza Italia (“Preparás tu imagen como un toro se prepara para muestra en la ruralâ€, cantan en “Algo personal†los integrantes de Cadena Perpetua, un grupo de punk rock nacional, dejando en claro la masividad del evento).
Si bien es imposible realizar en pocas líneas un repaso por los variopintos avatares políticos que rodearon las exposiciones rurales desde aquellos primeros años de gloria y apogeo de los sectores agropecuarios (convertidos en uno de los pilares del poder en el país), vale la pena repasar algunos pocos aspectos sobresalientes como para demostrar que la muestra valga el juego de palabras- presentó como ninguna las contradicciones argentinas, el Dr. Jeckyl y el Mr. Hide del espíritu criollo.
La muestra de 1910, en el marco de los festejos del centenario, fue una de las más importantes de la historia. El Presidente Figueroa Alcorta presidió los actos y recibió a la Infanta Isabel de Borbón, a quien le obsequiaron dos caballos. También por esos años se pavonearon por el predio de Palermo el Príncipe de Gales y el heredero al trono italiano.
En la ceremonia de inauguración de la exposición de 1930, el primer Presidente democrático, Hipólito Yrigoyen, criticado por su intención de fomentar el desarrollo de la industria, fue insultado y abucheado apenas seis días antes de su derrocamiento