En los cafés de Palermo, en las colas de las verdulerías de Colegiales, en los kioscos de Once y hasta en los pasillos silenciosos de las oficinas del microcentro, una frase empezó a repetirse como un murmullo incómodo que ya nadie puede tapar con memes libertarios ni con videos editados para TikTok: “La cosa no está funcionando”. Y cuando la calle empieza a hablar así, la política tiembla. Porque las encuestas, tarde o temprano, terminan fotografiando lo que el pueblo viene mascando hace meses entre tarifas, alquileres imposibles y changuitos vacíos.
El nuevo estudio de Proyección Consultores cayó como una baldosa desde un quinto piso sobre el relato libertario. Según el relevamiento realizado entre el 2 y el 10 de mayo sobre 1.871 casos efectivos, Axel Kicillof derrotaría hoy a Javier Milei en un ballotage por 41,7% contra 39,4%. No es una paliza electoral, claro. Pero sí representa algo mucho más peligroso para el oficialismo: la ruptura emocional de una parte de la sociedad que creyó que el sacrificio iba a tener una recompensa rápida y ahora siente que la única velocidad que existe es la del ajuste.
Porque el problema ya no es solamente económico. El problema es humano, psicológico y hasta barrial. Hay vecinos que toleraban el recorte porque imaginaban una épica de reconstrucción nacional, una especie de cirugía dolorosa pero necesaria. Sin embargo, con el correr de los meses, la motosierra empezó a sentirse menos como una operación y más como una máquina descontrolada que corta salarios, medicamentos, jubilaciones y paciencia social. Y ahí es donde el humor colectivo cambia de temperatura.
Kicillof, mientras tanto, aparece como un personaje extraño dentro de la política argentina actual. Un economista formado en el Nacional Buenos Aires, de lenguaje técnico, casi universitario, muy lejos del show permanente de las redes sociales y del grito televisivo. A muchos sectores conservadores les genera rechazo ideológico automático. Pero incluso entre personas que jamás votarían al kirchnerismo empezó a surgir una idea incómoda: “Por lo menos parece alguien serio”. Y en tiempos de caos, la seriedad empieza a cotizar más que la adrenalina libertaria.
El dato más feroz del estudio no es solamente el ballotage. Es el derrumbe de la confianza pública. El Índice de Confianza Pública del gobierno cayó a 1,88 puntos y entró por primera vez en zona de desconfianza. Traducido al idioma de la calle: cada vez más gente siente que le prometieron una Ferrari económica y le entregaron un monopatín sin ruedas. La caída viene siendo constante desde febrero y ya no parece un tropezón aislado. Empieza a parecer una pendiente.
Además, el 58,5% de los encuestados calificó negativamente la gestión nacional, mientras que apenas un 34% la respaldó de forma positiva. Pero hay un dato todavía más brutal: el 67,3% aseguró que las políticas del gobierno empeoraron su situación personal o familiar. Ahí ya no entra la ideología. Ahí entra la heladera. Y la heladera, en Argentina, siempre termina votando.
En Palermo Hollywood todavía hay bares llenos, sí. Pero también hay productores audiovisuales trabajando menos, diseñadores cobrando tarde, gastronómicos contando monedas y freelancers que antes salían cuatro veces por semana y ahora se quedan cocinando arroz en departamentos de dos ambientes que cuestan más que una hipoteca europea. La sensación de “estamos mal pero vamos bien” empezó a agrietarse porque la gente no vive de conceptos macroeconómicos: vive de llegar a fin de mes.
El fenómeno Milei todavía conserva un núcleo duro fanático, especialmente dentro de La Libertad Avanza. Según la encuesta, es el único espacio donde persiste un índice de optimismo económico relativamente alto. Pero afuera de esa isla libertaria, el clima social empezó a cambiar. Y cuando la percepción colectiva se rompe, los liderazgos mesiánicos suelen entrar en una etapa peligrosa: la del aislamiento.
La historia argentina tiene algo de tango repetido. Gobiernos que se enamoran de sus propios aplausos, dirigentes que confunden Twitter con la calle, economistas que hablan como gurúes financieros mientras el jubilado decide entre comprar remedios o carne picada. Discépolo lo había escrito hace casi un siglo y sigue sonando moderno: el problema no es solamente la miseria material, sino la sensación de humillación cotidiana.
Mientras tanto, Axel Kicillof empieza a crecer no solamente por mérito propio sino también porque Milei parece haber perdido el monopolio de la esperanza. Y cuando un gobierno pierde la esperanza, empieza a gobernar únicamente con relato, militancia digital y enemigos imaginarios. El problema es que la realidad argentina siempre termina entrando por la ventana, aunque cierren las persianas del algoritmo.
En las mesas familiares ya no se discute tanto teoría económica. Se habla de expensas, de alquileres, de prepaga, de changas que desaparecieron y de comerciantes que venden menos. La calle no suele leer papers austríacos. La calle mira precios. Y los precios empezaron a convertirse en una oposición política mucho más poderosa que cualquier dirigente.
Palermo Tour seguirá observando el movimiento de esta marea política que, silenciosamente, parece empezar a cambiar de dirección. Porque en Argentina el humor social puede mutar de un mes a otro, pero cuando el desencanto se instala en el almacén, en el subte y en la sobremesa, ningún gobierno debería sentirse invencible.