En Parque Las Heras, entre árboles centenarios y edificios que parecen tocar el cielo, sobrevive un universo construido a la medida de la infancia. Caballitos, cebras, vaquitas, carruajes y una locomotora de colores mantienen viva una tradición porteña que merece ser protegida.
En una ciudad que corre, demuele, construye y vuelve a empezar, la calesita de Pedrito permanece girando en el corazón del Parque Las Heras. Rodeada por la arboleda y custodiada desde las alturas por las torres de Palermo, esta pequeña institución barrial conserva algo que no entra en ninguna planilla: los recuerdos de varias generaciones de chicos que alguna vez estiraron el brazo para alcanzar la sortija.
La calesita se encuentra dentro del parque delimitado por las avenidas Las Heras y Coronel Díaz y las calles Juncal y Jerónimo Salguero. Su presencia en este espacio verde se remonta a 1989 y forma parte de las calesitas y carruseles reconocidos como integrantes del Patrimonio Cultural de la Ciudad de Buenos Aires mediante la Ley 2554, sancionada en 2007.
No se trata solamente de una máquina que da vueltas. Es una pieza de cultura popular porteña, un pequeño teatro circular donde cada chico elige durante unos minutos quién quiere ser: jinete, conductor, maquinista, bombero, pasajero o explorador.
Un desfile de animales, vehículos y fantasías
La calesita de Pedrito conserva esa estética artesanal, colorida y ligeramente fantástica que distingue a los carruseles tradicionales. Allí aparece un cochecito convertido en carruaje, acompañado por dos caballitos. Después llega un elefantito, seguido por un camioncito de bomberos de la Ciudad, preparado imaginariamente para salir al rescate de algún incendio ubicado en la otra punta de la vuelta.
También hay dos cebritas, un automóvil amarillo y otros dos caballos, uno de ellos pintado de celeste y blanco. Detrás avanza un pequeño tren formado por una locomotora celeste y roja y un vagón amarillo. Cierran esta procesión circular dos vaquitas y un carruaje rosa, como si todos los personajes hubieran escapado de un antiguo libro infantil para encontrarse en Palermo.
En lo alto del techo se distingue un perrito que parece vigilar cada vuelta. Abajo, alrededor de la estructura principal, el espacio suma un gusano naranja, un pelotero pequeño y uno de esos caballitos mecánicos que se balancean hacia adelante y hacia atrás. Todo está pensado para los más chicos, incluso para aquellos que todavía no se animan a subir a la calesita grande.
Los objetos muestran el paso del tiempo, pero también el cuidado de una tradición que no necesita pantallas gigantes ni efectos digitales. La mecánica es sencilla y casi perfecta: música, movimiento, colores, ilusión y una sortija capaz de convertir una vuelta común en una hazaña.
Las calesitas son patrimonio cultural porteño
Buenos Aires conserva 55 calesitas y carruseles distribuidos en sus 15 comunas, según la información publicada por el Gobierno porteño. Palermo y la Comuna 14 se encuentran entre las zonas que reúnen mayor cantidad, con seis instalaciones registradas. La protección no es solamente sentimental: la legislación establece que deben respetarse sus valores históricos, culturales, estéticos y artísticos, además de garantizar condiciones adecuadas de funcionamiento y seguridad. Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires
La Ley 2554 declaró patrimonio cultural a un conjunto de calesitas y carruseles porteños, entre ellos la calesita de Pedrito del Parque Las Heras. Esa declaración reconoce que estas instalaciones no son simples juegos comerciales, sino lugares donde se transmiten costumbres, formas de encuentro y recuerdos colectivos. Texto de la Ley 2554
La diferencia tradicional entre calesita y carrusel se encuentra en el movimiento de sus figuras. En la calesita clásica, los asientos giran manteniendo su altura; en el carrusel, algunos caballos y vehículos también suben y bajan. En el habla cotidiana porteña, sin embargo, casi todos siguen utilizando una sola palabra: calesita.
La sortija, una ceremonia porteña
La gran protagonista de cada vuelta sigue siendo la sortija. El calesitero acerca el dispositivo mientras los chicos pasan girando y levantan el brazo para intentar capturarla. Quien consigue tomarla obtiene generalmente una vuelta más, pero el verdadero premio es otro: ese segundo exacto en el que el chico siente que venció al movimiento, a la distancia y a todos los demás competidores.
La sortija también expresa un vínculo entre el calesitero y las familias. El buen calesitero conoce el ritmo del juego, alienta a los más pequeños y, cuando puede, administra discretamente la suerte para que nadie se vaya completamente derrotado. Porque hasta la fortuna infantil, conviene admitirlo, necesita de vez en cuando una mano amiga.
Por eso, detrás de cada calesita que permanece abierta existe un trabajo que muchas veces pasa inadvertido. Hay que cuidar el motor, revisar las instalaciones eléctricas, conservar las figuras, reparar la pintura, garantizar la seguridad y abrir incluso cuando la recaudación es escasa. Sin el oficio del calesitero, el patrimonio queda inmóvil; y una calesita detenida pierde buena parte de su alma.
Un refugio infantil dentro de Palermo
La ubicación de la calesita de Pedrito le otorga un valor especial. Parque Las Heras es uno de los espacios verdes más utilizados del barrio: recibe familias, estudiantes, deportistas, paseadores de perros y vecinos que simplemente buscan un lugar bajo los árboles. En medio de ese movimiento diario, la calesita funciona como una pequeña plaza dentro de la plaza.
Desde afuera puede parecer una estructura modesta. Sin embargo, para un chico representa una ciudad completa: tiene tren, autobomba, automóviles, animales y carruajes. Allí caben el campo, la selva, el ferrocarril y las calles porteñas. Todo gira junto, sin bocinazos ni embotellamientos, una proeza urbanística que Buenos Aires todavía no consiguió reproducir fuera de las calesitas.
Su valor también está en la continuidad. Muchos adultos que hoy llevan a sus hijos pasaron antes por esos mismos juegos. Los animales pueden haber recibido nuevas capas de pintura y la música puede haber cambiado, pero el rito permanece: elegir una figura, subir con cierta solemnidad, saludar a los familiares desde cada vuelta y prepararse para el ataque decisivo a la sortija.
Cuidar la calesita es cuidar la memoria del barrio
Declarar un bien como patrimonio cultural es importante, pero no alcanza. La protección real requiere mantenimiento, controles técnicos, limpieza, iluminación, condiciones seguras y reglas que permitan trabajar a quienes sostienen estos espacios. El patrimonio no puede reducirse a una placa ni a una frase institucional: debe encontrarse limpio, cuidado, abierto y lleno de vida.
La calesita de Pedrito merece esa atención permanente. Sus caballitos, el elefante, las cebras, el camioncito de bomberos, las vaquitas, el tren y aquel perrito instalado sobre el techo constituyen una colección entrañable de personajes barriales. Cada uno guarda miles de viajes diminutos que empezaron y terminaron en el mismo lugar, aunque para sus pasajeros hayan recorrido el mundo entero.
Mientras siga sonando la música y un chico levante la mano para buscar la sortija, una parte de Palermo continuará a salvo del apuro y del olvido. La calesita de Pedrito no avanza ni retrocede: gira. Y, justamente por eso, consigue llevarnos de regreso a la infancia.
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