Una joya del arte francés dialoga con la memoria barrial en uno de los rincones más poéticos de Palermo.
En el silencio húmedo del Jardín Botánico Carlos Thays, entre senderos de tipas, araucarias y jazmines, hay una escultura que no sólo detiene el tiempo: lo enamora. Se trata de La Bañista, una copia fiel en mármol blanco de la célebre obra de Étienne-Maurice Falconet, el escultor francés del rococó que supo conjugar gracia, deseo y delicadeza en cada pliegue de sus figuras.
Pero aquí, en Buenos Aires, esta figura de mármol no sólo evoca el arte europeo del siglo XVIII: también guarda una historia de amor insólita y real, la de Don Osvaldo, cuidador del Jardín durante más de tres décadas, que todos los días —religiosamente— le dejaba una rosa fresca.
El jardinero y la escultura: un amor sin tiempo
Nadie recuerda con exactitud cuándo empezó el ritual. Algunos dicen que fue en los noventa, otros que ya desde la dictadura Osvaldo hablaba de «ella» como si fuese alguien vivo. Lo cierto es que el hombre, de porte sencillo y manos curtidas por la tierra, se enamoró de la estatua.
Cada jornada, mientras barría hojas, podaba setos o alimentaba gatos, se acercaba a La Bañista, le hablaba en voz baja, y colocaba una flor en su base. A veces una rosa roja, otras una blanca. El día de su jubilación, sus compañeros lo vieron volver en silencio. Cruzó el portón de la calle República Árabe Siria y, sin pedir permiso, dejó su última flor.
Osvaldo murió en 2016. Desde entonces, el personal del jardín mantiene viva la tradición: cada 14 de febrero, una rosa aparece en el mismo lugar. Algunos empleados aún sueñan con un proyecto: erigir una pequeña escultura en su honor, representando al hombre que amó a una estatua con la fe de un poeta sin palabras.
Falconet: el escultor del deseo sutil
La historia de Falconet es otra, pero no menos pasional. Nacido en París en 1716, fue protegido por Madame de Pompadour y terminó siendo uno de los escultores favoritos de la corte de Luis XV. Su obra más conocida es el Caballero de Bronce, el monumento a Pedro el Grande en San Petersburgo encargado por Catalina la Grande. Pero es en obras como La Bañista donde se percibe su costado más íntimo: un erotismo elegante, sin vulgaridades, donde la forma femenina se vuelve casi vaporosa.
La versión que se encuentra en el Jardín Botánico de Palermo es una reproducción del original que se conserva en el Museo del Louvre. A diferencia del barroco dramático o del neoclásico grandilocuente, Falconet ofrece curvas suaves, gestos delicados, un juego con el mármol que parece imitar la piel mojada. No extraña que alguien —como Osvaldo— se haya enamorado de ella. Porque no es solo una estatua: es una presencia.
Turismo sensible en Palermo
Visitar el Jardín Botánico no es solo un paseo verde. Es entrar en un museo al aire libre donde se combinan especies botánicas, esculturas clásicas y relatos ocultos entre los helechos. La historia de Osvaldo y La Bañista se ha convertido, con los años, en una leyenda urbana de esas que se murmuran entre estudiantes de arte, guías turísticos y viejos vecinos del barrio.
Se recomienda recorrer el lugar en las primeras horas de la mañana, cuando la luz cae sesgada sobre las esculturas, y el aire tiene aún la frescura del rocío. Preguntar por La Bañista no es difícil. Está cerca del Invernadero, rodeada de vegetación baja y bancos de hierro. Los visitantes más atentos quizá descubran una rosa fresca en su base… y, con suerte, escuchen la voz de algún jardinero contando la historia de Osvaldo como si fuese un cuento.
¿Y vos? ¿Alguna vez te enamoraste de una obra de arte?
El Jardín Botánico de Palermo, además de ser un tesoro ecológico, esconde historias que invitan a detenerse, a mirar, a sentir. La de Don Osvaldo y La Bañista no es sólo una curiosidad: es un recordatorio de que incluso en la rutina del trabajo duro, puede nacer un amor silencioso, profundo y eterno.