Exposición de Tomás Ditaranto en Buenos Aires El Arte detrás del Martín Fierro Buenos Aires Ciudad de Artes nos invita a recorrer una muestra excepcional el legado de Tomás Ditaranto, el célebre pintor ítaloargentino, a través de su obra inspirada en el poema nacional, el Martín Fierro. En el Museo de Arte Popular José Hernández (Av. del Libertador 2373), el jueves 7 de noviembre a las 18 h se inaugura la exposición “Tomás Ditaranto, el pintor del Martín Fierro”, en honor al nacimiento de José Hernández hace 190 años. La muestra contará con visitas guiadas por el nieto del artista, talleres y espectáculos durante La Noche de los Museos (9 de noviembre) y la Semana del Patrimonio (del 10 al 16 de noviembre). Entre las actividades destacadas, se presentará el 16 de noviembre una charla sobre Souvenirs digitales del Martín Fierro, explorando una obra NFT inspirada en las ilustraciones de Ditaranto, a cargo de Gabriela Serkin. Un Artista de Dos Mundos Ditaranto, nacido en Italia y radicado en Argentina desde niño, dedicó su vida a plasmar el paisaje y la cultura de ambos países. Su pasión por el país lo llevó a viajar por Argentina, explorando paisajes y costumbres locales que luego reflejaría en su obra. La exposición ofrecerá piezas y bocetos originales de las ediciones plurilingües del Martín Fierro, publicadas por la editorial Iberoamericana en 1970. Además, se exhibirán obras de sus viajes por Europa, incluyendo paisajes de Italia, Suiza, Francia y España. Horarios de visita Lunes, miércoles, jueves y viernes de 11 a 19 h Sábados, domingos y feriados de 11 a 20 h Martes cerrado Entradas Público general $5000 Residentes con DNI $1000 Miércoles sin cargo Beneficios Entrada gratuita para jubilados, estudiantes universitarios, personas con discapacidad y acompañante, menores de 12 años y estudiantes de colegios públicos. La exposición se podrá visitar hasta el 23 de marzo de 2025.
El nacimiento del cantor del pueblo
El 10 de noviembre de 1834 nació José Hernández, el hombre que con su pluma hizo hablar al campo argentino. Poeta, periodista, político y soñador, fue el autor de El gaucho Martín Fierro (1872) y La vuelta de Martín Fierro (1879), las dos mitades de una obra que trascendió los libros para convertirse en espejo del alma nacional.
Su verso inicial —“Aquí me pongo a cantar / al compás de la vigüela…”— todavía vibra en los patios y fogones de un país que se debate entre la modernidad y la memoria. Cada 10 de noviembre, la Argentina celebra el Día de la Tradición en homenaje a su nacimiento.
Hernández nació en una estancia de Perdriel, en lo que entonces era provincia de Buenos Aires. Desde chico conoció el campo, los paisanos y sus injusticias. Esa experiencia marcó su vida y lo llevó, años después, a escribir con furia y ternura la historia de un gaucho que se alza contra el abuso, la desigualdad y la soledad. Martín Fierro no fue solo poesía: fue denuncia, resistencia y una manera de decir “aquí estamos” en un tiempo en que el hombre rural era perseguido por el Estado.
Murió en 1886, pero su voz no se apagó. En cada rincón del país, de Jujuy a Tierra del Fuego, los versos del Fierro se siguen recitando como oración laica, como un espejo en el que todos —aun los nacidos lejos del campo— reconocen algo propio.
La tradición en la ciudad
El Día de la Tradición no pertenece solo al interior profundo. En Buenos Aires también late ese corazón criollo, y en Palermo, donde el verde resiste entre avenidas y edificios, el legado de Hernández tiene su casa: el Museo de Arte Popular José Hernández, ubicado en Avenida del Libertador 2373.
En este museo, la tradición se hace materia. Al cruzar sus puertas, el visitante deja atrás el ruido de los autos y entra en un universo de ponchos, mates, cuchillos, platería y tejidos. Cada pieza cuenta una historia. Hay obras de artesanos de todo el país, desde los plateros del norte hasta las tejedoras de la Patagonia. El museo no es un simple refugio del pasado, sino un puente vivo entre la cultura rural y la identidad urbana.
Fundado a mediados del siglo XX, el edificio que hoy alberga el museo perteneció a la familia Bunge y conserva la elegancia de una casona palermitana. Sus salones amplios, pisos de madera y vitrinas iluminadas invitan a un recorrido pausado, casi ritual. Allí están los mates labrados en plata, los rebenques, las boleadoras y los sombreros que alguna vez cruzaron los campos.
Pero el museo no se detiene en la nostalgia: también da espacio a las nuevas generaciones de artistas y artesanos que reinterpretan la tradición desde el presente. Hay exposiciones temporarias, talleres y ferias donde la cultura popular se reinventa. En días especiales, como este 10 de noviembre, suele llenarse de familias, escuelas y curiosos que buscan reencontrarse con lo que somos.
Palermo criollo
Palermo, ese barrio donde conviven los cafés de moda y los árboles centenarios, fue siempre un escenario del cruce entre lo rural y lo moderno. No hay que olvidar que, en el siglo XIX, gran parte de esta zona era campo abierto: chacras, corrales y casonas donde pastaban vacas y caballos.
De aquel paisaje nacieron las primeras tradiciones porteñas: las payadas, las jineteadas, las guitarreadas que antecedieron al tango. Por eso, que el museo de José Hernández esté en Palermo no es casualidad: el barrio guarda en su memoria el pulso de la pampa que alguna vez lo rodeó.
Caminar hoy por Libertador, entre los parques y los jacarandás florecidos de noviembre, es también una forma de rendir homenaje al gaucho que nos enseñó a cantar. A unos pasos, el Jardín Japonés y el Parque Tres de Febrero completan una postal donde lo natural y lo urbano se abrazan.
Más que un poeta
Hernández no fue solo escritor. Fue también diputado, periodista y defensor del federalismo. Su pensamiento político lo acercó a las causas del pueblo llano, a los hombres sin voz. Desde los periódicos El Río de la Plata y El Eco de Corrientes, peleó con tinta por un país más justo y equilibrado, donde el interior tuviera el mismo peso que la capital.
Su figura sintetiza lo mejor de una Argentina que quiso ser justa y libre, y que todavía busca ese equilibrio. En su Martín Fierro, el gaucho representa al marginado, pero también al sabio. Aquel que sufre, pero que enseña. Aquel que no se resigna, pero que perdona.
El crítico Leopoldo Lugones lo llamó “el poema nacional” y Jorge Luis Borges lo consideró un espejo moral. Sin embargo, lo más importante es que el pueblo lo adoptó: Martín Fierro pasó de los libros a la tradición oral, y de allí a la escuela, al cine, al teatro, a la televisión. Es una obra que respira.
El museo
El Museo de Arte Popular José Hernández ofrece visitas guiadas, talleres de cerámica, tejido, cestería y platería. También cuenta con una biblioteca especializada y un archivo fotográfico de incalculable valor.
Entre sus tesoros se encuentran ponchos tejidos con técnicas ancestrales, piezas de orfebrería del siglo XIX y obras de artistas contemporáneos que reinterpretan la estética gauchesca desde una mirada moderna.
Cada año, el museo organiza muestras temáticas y jornadas dedicadas a la cultura criolla. En su patio suelen realizarse peñas, charlas y ferias artesanales. Quien lo visita no solo mira: participa, aprende, conversa con los artesanos, prueba el mate, escucha una guitarra.
Es un espacio vivo, un homenaje a la idea de que la tradición no es algo que se guarda en una vitrina, sino que se comparte.
En tiempos donde todo parece acelerarse, detenerse en el legado de José Hernández es un acto de resistencia. La tradición, más que un recuerdo, es un modo de estar en el mundo. Nos recuerda que lo argentino no se agota en las modas ni en los discursos, sino que late en los gestos cotidianos: en el mate compartido, en la palabra justa, en el respeto por la tierra y por el otro.
Como escribió el propio Fierro:
“Los hermanos sean unidos,
porque esa es la ley primera;
tengan unión verdadera
en cualquier tiempo que sea,
porque si entre ellos pelean
los devoran los de afuera.”
Palermo, barrio de memoria y futuro, lo sabe. Por eso, cada 10 de noviembre, entre las calles arboladas y los sonidos de la ciudad, el eco del gaucho vuelve a escucharse.
Y mientras alguien, en algún rincón, toma mate y abre un libro, José Hernández sigue cantando.