El Parque Las Heras
La esquina de Avenida Las Heras y Ugarteche, en pleno corazón del barrio de Palermo, parece, al ojo desprevenido, una intersección más en la trama urbana de Buenos Aires. Sin embargo, esta manzana ha sido, a lo largo de los siglos, escenario de historias fascinantes que entretejen arquitectura, sociedad, urbanismo y leyenda barrial. Aquí conviven fantasmas del pasado y testigos de la modernidad, entre los viejos adoquines, las torres de lujo y el murmullo persistente de las tipas centenarias.
El Palacio de los Gansos: entre el racionalismo y el lunfardo
Ubicado en la esquina de Las Heras y Ugarteche, el llamado «Palacio de los Gansos» es uno de los edificios más emblemáticos del barrio. Su nombre no figura en planos ni registros oficiales, pero sí en la memoria colectiva del vecindario. Construido en 1947 por los arquitectos Luis Olezza y Ernesto Vautier, es una muestra destacada del racionalismo arquitectónico, un estilo que rechazó el ornamento vacío del Art Nouveau y abrazó las formas puras, la función y los avances técnicos de la Segunda Revolución Industrial.
Su apodo proviene del lunfardo: así como el cercano «Palacio de los Patos» aludía con ironía a la gente “sin un mango”, el de los gansos evocaba la tontería o ingenuidad. Algunos sugieren que ambos nombres surgieron de una misma ironía barrial, que miraba con cierto desdén a las nuevas clases medias que reemplazaban a la aristocracia en las grandes residencias porteñas.
El edificio ocupa apenas la mitad del terreno: la otra mitad es un frondoso jardín interno con juegos, estatuas y subsuelos que guardan depósitos, calderas y un gran estacionamiento. En sus doce pisos se alojaron figuras como Ringo Bonavena, lo que dio inicio a una suerte de «inmigración de famosos» en la zona, acelerada luego por la urbanización del predio de la ex Cervecería Palermo.
Pero mucho antes del racionalismo y los gansos, esa manzana fue otra cosa. Quienes vivieron allí en las décadas del 30 y 40 recuerdan un terreno casi salvaje, rodeado por una tapia de ladrillos con vidrios incrustados. Una vegetación caótica, con frutales tentadores, atraía a los niños del barrio que trepaban la pared para robar ciruelas o limones. Los recibía, furioso, un anciano misántropo que los perseguía a perdigonazos. Algunos dicen que era el dueño de media Palermo y que incluso dejó una herencia misteriosa a una vecina por sus servicios. Otros aseguran que todo eso no eran más que chismes.
Avenida Las Heras: del «camino de Chavango» al caos moderno
La avenida que da marco al Palacio tiene una historia mucho más antigua que sus edificios. Nacida como una huella costera del Río de la Plata, fue conocida en el siglo XVIII como “Camino de Chavango”, por un episodio absurdo: durante el Virreinato se intentó criar llamas (chavangos) en Buenos Aires, sin éxito. Cien años después, Lucio V. Mansilla y sus amigos presentaron una queja burlona al Concejo Deliberante exigiendo homenajear al supuesto “Coronel Chavango”. La carta fue tomada en serio, y durante semanas los funcionarios buscaron a un prócer que nunca existió.
Recién en tiempos republicanos, la avenida fue bautizada oficialmente en honor a Juan Gualberto Gregorio de las Heras, militar clave de las guerras de independencia y gobernador de Buenos Aires.
Durante gran parte del siglo XX, Las Heras fue un boulevard señorial con cantero central y una densa arboleda de tipas. A partir de los años 20, se sumaron plátanos. Entre Callao y Plaza Italia, los árboles formaban un túnel vegetal que daba sombra, frescura y belleza. A ello se sumaban las vías del tranvía que recorría la avenida desde 1897, cuando Charles Bright inauguró el primer tramo eléctrico desde Plaza Italia a Scalabrini Ortiz.
Sin embargo, el progreso (o lo que entonces se entendía por tal) fue erosionando ese perfil bucólico. A medida que aumentaba el tránsito y se retiraban los tranvías (en 1962), el cantero fue eliminado para ensanchar la avenida. El adoquinado tradicional fue sustituido por un experimento: adoquines de madera de quebracho. Querían eliminar el traqueteo metálico de los carros y camiones sobre los viejos bloques de granito. Pero en zonas bajas como frente al Hospital Rivadavia, las lluvias hacían flotar los adoquines, generando barreras de cubos que interrumpían el paso. El experimento fracasó, y tras diversas pruebas se adoptó finalmente el asfalto, elevando el nivel de la avenida por encima de algunas veredas.
Hoy, los últimos restos de aquellos tiempos se pueden ver en Coronel Díaz, donde el asfalto erosionado deja ver adoquines curvos. La sombra de las tipas resiste apenas en los tramos entre Callao y Bustamante. Las Heras es ahora una vía rápida, peligrosa, con autos que cruzan en rojo, y vecinos que la miran con nostalgia mientras esperan el colectivo o cruzan con resignación.
Edificios, plazas y fantasmas modernos
La Avenida Las Heras aloja no solo edificios históricos, sino también instituciones clave de la ciudad. Desde la Plaza Vicente López, nacida sobre un antiguo matadero de ovejas, la avenida cruza barrios e historias.
En Las Heras 1837, el edificio anexo del Colegio de Escribanos diseñado por Clorindo Testa se recorta con su brutalismo de hormigón a la vista. A pasos, está la comisaría 17 y el consulado del Uruguay.
Un hito gótico inconcluso se yergue en Las Heras 2214: iba a ser la Facultad de Derecho, pero terminó siendo sede de la Facultad de Ingeniería de la UBA. Un proyecto monumental que quedó a mitad de camino. Más adelante, la Biblioteca Nacional, también obra de Testa, corona la Plaza del Lector, una rareza de la arquitectura argentina con su cuerpo suspendido en el aire.
El Hospital Rivadavia (1887) es otro de los faros urbanos del tramo, rodeado por un parque que mitiga la densidad de tránsito. Frente a él, el Colegio Herrera Vegas y la Academia Nacional de Medicina mantienen viva una Buenos Aires académica y científica.
Pero es recién al cruzar Coronel Díaz que el paisaje cambia drásticamente: el Parque Las Heras ocupa lo que fue la Penitenciaría Nacional hasta 1962, hoy un pulmón verde y vibrante. Allí comienzan las grandes torres, los shoppings, las avenidas veloces: una nueva Palermo, que ya no es barrio, sino marca registrada.
Palermo: entre chacras, tranvías y tipas
La historia del barrio de Palermo se remonta al reparto de tierras hecho por Juan de Garay en 1580. Desde Plaza San Martín hasta San Fernando, chacras de una legua eran separadas por caminos. Uno de ellos era el “Camino del Bajo”, hoy transformado en una secuencia de avenidas: Libertador, Las Heras, Santa Fe, Luis María Campos. En ese entonces, Las Heras no era más que una rastrillada entre pastizales.
A fines del siglo XIX, la zona empezó a poblarse de residencias aristocráticas, como el Palacio de los Patos. Pero la crisis del 30 trajo una nueva ola: la de las clases medias venidas a menos, que ocuparon esos palacios convertidos en departamentos. En ese contexto, el barrio adquirió una identidad compleja: elegante, sí, pero con un dejo de tristeza. Una especie de nobleza urbana, venida a menos pero orgullosa, que aún se reconoce en sus calles, sus plazas y sus memorias.
El Palacio de los Gansos y su entorno son prueba viva de eso. No hay postal sin conflicto: ni los adoquines flotantes, ni el juicio por la propiedad del parque, ni el ermitaño de los frutales, ni el paso forzado de los carros basureros. Pero esa es, quizás, la verdadera historia del barrio: la historia de una ciudad que siempre está a punto de derrumbarse y siempre encuentra la manera de volverse a levantar.