Palermo esconde un rincón londinense: el edificio con plaza interna, galería de arte y café que quiere cambiar el barrio
Entre las calles Gorriti y Acuña de Figueroa, en pleno Palermo Soho, empieza a levantarse un proyecto inmobiliario que intenta romper con una tendencia que ya cansó a medio Buenos Aires: edificios iguales, fríos y sin alma. Acá la apuesta va para otro lado. Más Londres, menos caja de zapatos premium.
La obra se desarrolla en Acuña de Figueroa 1330, sobre un triple frente ubicado a pocos metros del corazón gastronómico y cultural de Palermo. A menos de diez cuadras aparecen Plaza Serrano, Honduras, Armenia, Costa Rica y todo ese ecosistema urbano donde conviven turistas, estudiantes, diseñadores, oficinistas freelance, músicos, mozos agotados y vecinos históricos que todavía recuerdan cuando en la zona había talleres mecánicos, depósitos y casas bajas con jazmines en la vereda.
Y justamente ahí está la gracia del proyecto: intenta dialogar con ese Palermo híbrido, artístico y medio caótico que todavía sobrevive detrás del marketing inmobiliario.
El emprendimiento se llama “Central Acuña” y toma inspiración directa de los “mews” londinenses, antiguos callejones internos donde funcionaban caballerizas en los siglos XVII y XIX. Con el tiempo, esos espacios dejaron de albergar carruajes y terminaron convertidos en algunos de los rincones más codiciados de Londres: patios escondidos llenos de cafeterías, galerías, pubs y vida urbana.
La idea ahora aterriza en Buenos Aires con una lógica poco habitual para la ciudad. En vez de hacer un edificio cerrado sobre sí mismo, la propuesta busca crear una especie de microbarrio interno. Un pasaje que atraviesa el edificio y desemboca en una plaza central con cafetería, restaurante, galería de arte, espacios de bienestar y circulación abierta.
No es casual que aparezca en Palermo. El barrio hace años dejó de ser solamente residencial. Hoy funciona como una máquina cultural y comercial que vive mutando. Hay bares donde antes hubo conventillos, estudios creativos donde antes funcionaban fábricas textiles y edificios premium construidos sobre antiguos terrenos ferroviarios o casas demolidas. Palermo siempre se está reescribiendo a sí mismo.
Y en medio de esa transformación permanente, este proyecto intenta recuperar algo que Buenos Aires supo manejar muy bien durante décadas: el encanto de descubrir espacios escondidos.
Porque la ciudad tiene tradición de pasajes secretos, patios internos y rincones semiocultos. Está en los conventillos de San Telmo, en los pasajes de Palermo Viejo, en ciertas galerías del microcentro y hasta en las casonas recicladas de Villa Crespo. Lugares donde el ruido de la avenida desaparece de golpe y aparece otra velocidad. Otro clima.
La apuesta arquitectónica gira alrededor de esa sensación.
El ingreso principal tendrá un vestíbulo de doble altura que funcionará como transición entre la calle y el patio interno. Adentro habrá galerías de arte con eventos semanales, cafeterías de especialidad y espacios abiertos pensados para quedarse, no solamente para circular.
En tiempos donde muchos desarrollos venden “experiencias” pero entregan un SUM con parrilla y una bicicleta fija oxidada, acá intentan construir identidad desde otro lugar: mezcla de diseño, arte, gastronomía y vida barrial.
El rooftop también juega fuerte en esa idea. Arriba proyectan un monte urbano de 500 metros cuadrados con vegetación autóctona, senderos, espacios para yoga y áreas de picnic. Una especie de pulmón suspendido sobre una de las zonas más densas y calientes de la Ciudad.
El edificio tendrá siete pisos y 53 departamentos de uno, dos y tres ambientes. Pero el corazón real no estará en las unidades sino abajo, en esa plaza interna que busca convertirse en un punto de encuentro para residentes y visitantes.
Y ahí aparece una pregunta interesante: ¿puede un desarrollo inmobiliario devolverle vida urbana auténtica a un barrio o termina convirtiéndose inevitablemente en parte de la gentrificación que lo vacía?
Palermo vive esa contradicción hace años. Es uno de los barrios más deseados de Buenos Aires, pero también uno de los más castigados por el aumento de alquileres, la turistificación y la desaparición progresiva de ciertos comercios tradicionales.
Sin embargo, todavía conserva algo difícil de explicar. Una mezcla rara entre sofisticación, bohemia y calle. Un barrio donde conviven librerías independientes, verdulerías de toda la vida, bares de autor, estudiantes de cine y jubilados que toman fresco en la puerta.
Por eso proyectos como este generan curiosidad.
Porque más allá de los precios en dólares, del marketing boutique y de la estética Pinterest, la verdadera discusión es otra: qué tipo de ciudad quiere ser Buenos Aires en los próximos veinte años.
Una ciudad genérica llena de torres clonadas.
O una ciudad que todavía conserve rincones capaces de sorprender.