Mientras el invierno empieza a endurecer las madrugadas argentinas, un enemigo invisible vuelve a colarse en departamentos, casas y habitaciones cerradas. No tiene olor, no tiene color y tampoco hace ruido. El monóxido de carbono mata en silencio. Entre enero de 2025 y febrero de 2026 se registraron más de 2.100 casos de intoxicación en Argentina, según datos epidemiológicos oficiales, una cifra que refleja un problema que cada año reaparece cuando las familias intentan calefaccionarse “como pueden”.
El drama suele comenzar de manera cotidiana. Una estufa vieja encendida toda la noche. Un calefón funcionando mal. Una hornalla usada para calentar la cocina. Un brasero improvisado en una pieza sin ventilación. El frío aprieta, las ventanas se cierran y el aire deja de circular. Ahí aparece el riesgo. El monóxido desplaza el oxígeno en la sangre y el cuerpo empieza a apagarse lentamente sin darse cuenta.
Los síntomas iniciales muchas veces son confundidos con cansancio, gripe o presión baja. Dolor de cabeza, mareos, náuseas, sueño, debilidad muscular y confusión suelen ser las primeras señales. Cuando la intoxicación avanza, pueden aparecer desmayos, convulsiones y hasta la muerte. El problema es que muchas personas se duermen antes de percibir el peligro. Por eso los especialistas insisten en que el monóxido de carbono es uno de los accidentes domésticos más traicioneros del invierno.
Las guardias hospitalarias suelen registrar un aumento fuerte de consultas entre junio y agosto. En barrios populares, pensiones, casas antiguas y viviendas con instalaciones precarias, el riesgo se multiplica. También crecen los incendios domésticos provocados por sobrecarga eléctrica, estufas defectuosas o artefactos conectados de manera insegura. El frío extremo expone algo más profundo: la fragilidad energética de miles de hogares argentinos.
El uso de braseros o cocinas para calefaccionar sigue siendo una práctica frecuente en muchas familias. Lo mismo ocurre con estufas sin salida al exterior o artefactos deteriorados por el paso del tiempo. En edificios viejos de Buenos Aires todavía existen calefones instalados en baños o espacios mal ventilados, una combinación históricamente peligrosa que ya provocó tragedias en distintos puntos del país.
Los especialistas recomiendan revisar todos los artefactos de gas antes del invierno con gasistas matriculados. También insisten en mantener siempre una ventilación mínima, aunque haga frío. Una pequeña abertura en una ventana puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte. El fuego necesita oxígeno. Y las personas también.
Otro punto clave es observar la llama de los artefactos. Si es amarilla o anaranjada, algo está funcionando mal. La llama correcta debe ser azul. Además, la presencia de manchas negras, tiznado o hollín cerca de estufas y calefones puede indicar combustión deficiente y emisión de monóxido.
Los detectores de monóxido de carbono comenzaron a expandirse en algunos hogares argentinos, aunque todavía están lejos de ser masivos. En muchos países ya son tan habituales como los detectores de humo. Acá todavía parecen un lujo para sectores específicos, pese a que pueden salvar vidas en cuestión de segundos.
El invierno argentino siempre tuvo algo de épica doméstica. La estufa prendida, el mate caliente, las frazadas pesadas y el vapor en los vidrios forman parte de una postal cultural. Pero también existe otra cara menos romántica: instalaciones viejas, tarifas altas, pobreza energética y familias que improvisan formas de calefaccionarse porque no llegan a pagar sistemas seguros.
Cada ola polar vuelve a recordar que el monóxido no distingue clases sociales ni barrios. Puede aparecer en una casa humilde o en un departamento de lujo. Basta un conducto tapado, una mala combustión o un ambiente cerrado. Y mientras afuera la ciudad tirita de frío, adentro puede comenzar una tragedia sin humo, sin explosión y sin gritos. Apenas un sueño profundo que no siempre tiene regreso.