La violencia contra las mujeres exige respuestas del Estado y una comunidad que sepa acompañar. En Palermo, los comercios, los clubes, los consorcios y las instituciones pueden ayudar a construir una red de cuidado. Escuchar, respetar las decisiones y facilitar el acceso a asistencia son pasos concretos.
Una vecina deja de encontrarse con sus amigas. Otra recibe mensajes constantes de su pareja mientras trabaja. Una mujer tiene miedo de volver a su casa, pero no sabe dónde pasar la noche. Ninguna de estas situaciones permite, por sí sola, reconstruir una historia completa. Todas merecen una escucha respetuosa cuando alguien expresa que está sufriendo.
Nancy Estela Godoy tenía 52 años y trabajaba como directora suplente de la Escuela Rural N.º 626, en el paraje El Malezal, departamento de Esquina, Corrientes. Para llegar hasta sus alumnos debía atravesar una zona de campos y bañados, con parte del recorrido a caballo. Su cuerpo fue encontrado el 28 de octubre de 2026, después de semanas de búsqueda. La investigación se desarrolla bajo la hipótesis de femicidio.
Los femicidios constituyen la expresión extrema de la violencia de género. Su prevención requiere políticas públicas, investigaciones judiciales eficaces y medidas de protección que puedan cumplirse. También necesita algo cercano y cotidiano: que pedir ayuda no signifique encontrarse con una puerta cerrada, una sospecha o un sermón.
El Registro Nacional de Femicidios de la Justicia Argentina identificó, en las causas iniciadas durante 2025, a 200 víctimas directas y 19 víctimas vinculadas. En promedio, hubo una víctima directa cada 44 horas. Aunque el número de víctimas directas disminuyó respecto de 2024, la magnitud sigue exigiendo una respuesta sostenida. Son datos de 2025, no un balance del año siguiente.
Para un barrio como Palermo, la pregunta es concreta: cómo transformar la preocupación en una forma de acompañamiento que sirva antes de que llegue una noticia policial.
Escuchar sin poner a la mujer en el banquillo
Cuando una persona cuenta que su pareja la amenaza, la controla o la agrede, la primera respuesta importa. Preguntarle por qué no se fue antes, por qué volvió o por qué no denunció desplaza la atención hacia sus decisiones y puede aumentar su aislamiento.
Una conversación útil puede empezar de manera sencilla: “Te creo”, “¿Qué necesitás?” o “Podemos buscar ayuda juntas”. Acompañar requiere escuchar lo que la mujer está dispuesta a contar, sin exigir detalles ni convertir el relato en una declaración frente a todo el grupo de amigas.
Tampoco corresponde prometer que una sola decisión resolverá el problema. Puede haber hijos, dependencia económica, dificultades de vivienda, temor a represalias o vínculos afectivos que vuelven compleja cualquier salida. El apoyo necesita continuidad y orientación especializada.
El consorcio también forma parte del barrio
Los edificios reúnen personas que comparten paredes durante años y, a veces, apenas se conocen. Administraciones, encargados y vecinos pueden acordar pautas básicas para responder cuando alguien pide auxilio: conocer los recursos de emergencia, facilitar una llamada y evitar que la situación termine reducida a una discusión por ruidos molestos.
La intervención vecinal debe priorizar la seguridad. Enfrentar al presunto agresor, amenazarlo o anunciarle que la mujer pidió ayuda puede agravar el riesgo. Una emergencia requiere asistencia inmediata de los servicios correspondientes; el acompañamiento posterior necesita personas capacitadas.
La privacidad también forma parte del cuidado. Los grupos de WhatsApp del edificio no son un expediente judicial. Difundir nombres, fotografías, audios o datos sobre dónde se encuentra una mujer puede exponerla. La información necesaria debe llegar a quienes pueden intervenir, con especial atención a su seguridad.
Comercios e instituciones: una red posible
Una farmacia, una panadería, un gimnasio o una peluquería pueden ser el lugar donde una mujer se anime a hablar. El vínculo cotidiano ofrece cercanía, pero no convierte a quien atiende el mostrador en especialista.
Una propuesta para Palermo es que las asociaciones comerciales y las instituciones barriales organicen capacitaciones con profesionales. El objetivo debería ser reconocer pedidos de ayuda, responder sin juzgar y facilitar el contacto con los servicios adecuados. Para que esa red funcione, los teléfonos, las direcciones y los horarios deben verificarse y actualizarse.
Los clubes, centros culturales y espacios deportivos también pueden establecer procedimientos claros ante situaciones de acoso o violencia dentro de sus actividades. Debe saberse quién recibe una consulta, cómo se protege la confidencialidad y qué pasos corresponden cuando están involucrados chicos o adolescentes.
Una charla aislada puede abrir una conversación. Un compromiso sostenido exige responsables, formación y seguimiento.
Los varones tienen una responsabilidad cotidiana
El trabajo barrial también debe llegar a las conversaciones entre varones. Revisar el propio comportamiento y cuestionar el control sobre la pareja forma parte de esa tarea.
Pedir contraseñas como prueba de amor, decidir con quién puede encontrarse otra persona o justificar amenazas porque alguien está celoso son conductas que merecen ser discutidas. Si un amigo reconoce que intimida o agrede a su pareja, necesita asumir su responsabilidad y buscar asistencia profesional. La complicidad del grupo no ayuda a nadie.
La educación empieza en situaciones pequeñas: aceptar un rechazo, respetar una separación y entender que una relación no otorga propiedad sobre la vida ajena.
Informar sin convertir el dolor en espectáculo
Los medios barriales también intervienen en esta trama. Una cobertura responsable distingue hechos comprobados, testimonios e hipótesis. Evita detalles morbosos, respeta la intimidad y no presenta los celos como una explicación que atenúe un asesinato.
Las mujeres asesinadas tuvieron trabajo, amistades, proyectos y una historia anterior al crimen. Recuperar esa identidad es parte del respeto que merecen. También lo es sostener la atención después del primer impacto: qué ocurrió con la investigación, qué respuesta recibieron las familias y qué medidas se adoptaron.
La información sobre recursos de asistencia debe estar verificada. Un contacto equivocado o un horario vencido puede hacer perder tiempo a quien consiguió reunir fuerzas para pedir ayuda.
Una comunidad que acompañe y un Estado que responda
La solidaridad vecinal puede facilitar un traslado, acompañar a una consulta o ayudar a sostener tareas cotidianas. No reemplaza el acceso a vivienda, ingresos, atención profesional, patrocinio jurídico y protección efectiva.
Por eso, trabajar el tema en Palermo también significa pedir cuentas a las autoridades: qué servicios existen, cómo se accede, cuánto demora la atención y qué respuesta recibe una mujer cuando advierte que tiene miedo.
El barrio puede empezar por una tarea modesta y necesaria: que nadie tenga que explicar su sufrimiento diez veces para encontrar una persona dispuesta a escuchar. Detrás de cada puerta hay una vida. Cuidarla requiere cercanía, responsabilidad y respuestas que lleguen a tiempo.