El Tattersall de Palermo: cuna de la elegancia y el turf argentino
Hay lugares en Buenos Aires que no necesitan presentación, porque su sola existencia está tejida al alma misma de la ciudad.
El Tattersall de Palermo, inaugurado en 1898, es uno de esos íconos. Un espacio nacido del linaje británico del turf, pero adoptado y magnificado por el espíritu festivo y caballeresco de los porteños.
Un nombre con herencia británica
Su nombre homenajea a Lord Richard Tattersall, el gran subastador inglés del siglo XVIII que creó en Londres el primer mercado exclusivo para caballos de carrera. De allí, la tradición cruzó océanos: primero recaló en Buenos Aires, en pleno auge de la cultura ecuestre, y más tarde en otras grandes ciudades del mundo.
En un país donde el caballo era símbolo de libertad y pasión —del gaucho en la pampa y del señor inglés en la pista—, el Tattersall de Palermo se erigió como el templo porteño de las mejores sangres equinas.
Ubicación estratégica y arquitectura de primer nivel
Levantado sobre Avenida del Libertador 4595, en terrenos vecinos al flamante Parque Tres de Febrero —diseñado por Carlos Thays—, el Tattersall nació a pasos del Hipódromo Argentino de Palermo, inaugurado el 7 de mayo de 1876 ante más de 10.000 espectadores, en lo que fue un evento histórico para la ciudad.
La arquitectura del edificio que hoy conocemos data de 1908, obra del prestigioso arquitecto francés Louis Faure-Dujarric, el mismo que diseñó la nueva Tribuna Oficial del Hipódromo y la célebre Confitería París (1911), joyas que aún forman parte del patrimonio arquitectónico de Buenos Aires.
Con sus 600 metros cuadrados de salón principal, sus galerías cubiertas y sus extensos jardines parquizados, el Tattersall ofreció —y ofrece— una versatilidad única para grandes celebraciones, desde remates de caballos de pedigree hasta fastuosas recepciones sociales y eventos oficiales de alcance internacional.
Un centro neurálgico del turf nacional
Durante su edad dorada, el Tattersall fue el corazón palpitante del turf argentino.
Allí se realizaron remates legendarios donde se vendieron caballos que luego serían mitos del deporte nacional, como Botafogo, Old Man, Yatasto o Lunático, el purasangre de Carlos Gardel.
El Hipódromo de Palermo, con su pista de 2.400 metros de longitud y su participación en más de 1.400 carreras anuales, alimentaba esa efervescencia única que reunía, en una misma pasión, a aristócratas, trabajadores y artistas.
Jinetes como Irineo Leguisamo, Domingo Torterolo, Máximo Acosta y Marina Lezcano —primera mujer en ganar la estadística de jockeys en Palermo— pasaron por sus arenas.
El resurgimiento de los años ’90
Luego de décadas de historia, a mediados del siglo XX el Tattersall atravesó una etapa de menor brillo, pero en 1998 volvió a renacer con fuerza gracias a una restauración ejemplar.
El arquitecto Jorge Héctor Bernstein lideró la recuperación en el marco de Casa FOA, logrando preservar su espíritu original y devolviéndole su prestancia.
Ese año, la VII Bienal Internacional de Arquitectura le otorgó a Bernstein el Premio a la Recuperación Arquitectónica al Patrimonio Urbano, consagrando al Tattersall como uno de los mejores ejemplos de puesta en valor histórico en la ciudad.
Desde entonces, el salón vivió su segunda gran era: los mejores eventos de Buenos Aires —casamientos de figuras como Martín Palermo, Fernando Gago, Nancy Dupláa y Florencia de la V, entre muchos otros— tuvieron lugar allí, acompañados por los mejores ambientadores, DJs y fotógrafos del país.
Era común ver las 150 bolas de espejos colgadas del techo o jardines transformados en verdaderos circos mágicos, llevando al límite la capacidad de soñar.
El espíritu que permanece
Hoy, el Tattersall de Palermo sigue siendo una referencia indiscutida del patrimonio cultural y social de la Ciudad de Buenos Aires.
A pocos metros de la pista donde galoparon las leyendas, el Tattersall guarda en sus muros el eco de una Buenos Aires que apostaba al futuro con la certeza del esplendor.
No es solo un edificio: es una declaración de estilo, de historia y de resiliencia porteña.
Y como todo verdadero ícono, espera su nueva oportunidad para volver a brillar, fiel a su linaje de campeones.