Paseo de la Infanta: el corredor gastronómico que renace entre historia, polémicas y el pulso vivo de Palermo
En el corazón de Palermo, justo donde la Avenida del Libertador se ensancha y los bosques respiran hondo, se despliega el Paseo de la Infanta, ese corredor bajo los arcos ferroviarios del Mitre que supo tener gloria, tragedia, abandono y, hoy, un regreso cargado de brillo gastronómico… y de quejas vecinales que no aflojan. Palermo es así: te abraza con rosas y te discute con pasión.
Un polo que volvió del olvido
Durante los años 90, los arcos que unen Libertador con Freire eran una fiesta permanente. Bares, boliches, restaurantes: una postal de fin de siglo con espíritu nocturno, luces fuertes y miles de jóvenes que lo convertían en uno de los epicentros porteños del esparcimiento.
Pero el 5 de febrero de 1996, la tragedia cortó en seco ese esplendor:
Marcela Iglesias, una nena de 6 años, murió aplastada por una escultura instalada sin control. Aquello fue un antes y un después. El Paseo entró en decadencia, las habilitaciones se frenaron y el lugar quedó atrapado entre juicios, concesiones dudosas y abandono.
Recién muchos años después, con idas y vueltas entre la Ciudad, la Nación y la empresa concesionaria Panter, aparecieron inversiones que prometieron convertirlo en un polo gastronómico de nivel internacional. Promesas que, como sucede tantas veces en Buenos Aires, chocaron con las sombras de la burocracia y el olvido.
El renacimiento foodie bajo los arcos
Hoy, bajo los arcos del Ferrocarril Mitre, el paseo volvió a encender las parrillas, las barras y las heladeras de postres. Terrazas llenas, DJs en vivo, runners que llegan desde los bosques a desayunar, oficinas que bajan a almorzar y turistas que creen haber encontrado un mini Madrid escondido en Palermo.
Hamburguesas con cheddar que derriten voluntades, rolls de sushi interminables, pizzas al carbón que perfuman el aire, bagels de salmón, noodles humeantes, coctelería de autor, helados en palito que parecen obras de arte y la infaltable cerveza artesanal.
El Paseo Marcela Iglesias —nombre oficial en homenaje a la niña— es un desfile sensorial que convoca a todas las edades y a toda hora.
La mañana es deportiva.
La tarde es gourmet.
La noche es una vibra descontracturada a cielo abierto.
Sentarse bajo los arcos es, como dicen varios habitués, “estar de vacaciones sin haberse tomado vacaciones”.
El problema que divide al barrio: ruido y falta de control
Pero Palermo nunca es un lugar sin conflicto. Y acá aparece el contrapunto inevitable: los vecinos.
La zona, especialmente en los edificios que dan a Libertador, denuncia desde hace años ruidos molestos, peleas en la madrugada, DJs fuera de horario, bares que no respetan límites sonoros y una fiscalización casi inexistente por parte de la AGC.
«Martín Cantera está desaparecido. No da la cara, solo atiende por teléfono. Una vergüenza«, dispara Norma, vecina del sexto piso que asegura que no puede dormir los fines de semana.
La queja recorre todo el barrio:
• música demasiado fuerte,
• autos frenando de golpe,
• colas que se arman sobre la vereda,
• peleas que brotan cuando los bares cierran,
• y la sensación de que la Ciudad mira para otro lado.
El paseo encanta a miles, pero castiga a algunos pocos que viven ahí. Y esa tensión —tan porteña como un cortado en jarrito— sigue sin resolverse del todo.
Un enclave atravesado por la memoria
En el extremo del paseo, sobre la barranca, la Plaza de la Shoá abre un espacio de silencio y reflexión.
Un muro de 114 bloques recuerda objetos cotidianos de víctimas de la Shoá y dedica 85 piezas al atentado contra la Embajada de Israel (1992) y 29 al atentado de la AMIA (1994).
A pocos metros, asoma la mezquita de la Av. Bullrich. Una postal que, como dice una visitante, “resume que la convivencia es posible, incluso cuando la ciudad ruge”.
Y hacia el otro lado, apenas cruzando el puente helénico, aparece el Rosedal: más de 18.000 rosas, el Patio Andaluz regalado por Sevilla en 1929, la glorieta, el embarcadero y el Jardín de los Poetas, donde los bustos de Shakespeare, Borges, Storni o Dante parecen vigilar este rincón histórico del Parque Tres de Febrero.
Un barrio donde la vida cotidiana y la historia cultural se cruzan sin pedir permiso.
Cómo llegar
El Paseo de la Infanta está ubicado entre Av. del Libertador y la calle Freire, dentro de los Parques de Palermo.
• Subte
Línea D Estación Ministro Carranza. 10 minutos a pie por Av. Dorrego hacia Libertador.
• Colectivos
34 – 130 – 160 (todas con paradas cercanas).
• Tren
Línea Mitre Estación 3 de Febrero. A metros del paseo.
Conclusión
El Paseo de la Infanta es un símbolo viviente de lo que es Palermo: memoria, gastronomía, identidad barrial, noche turbulenta y un paisaje urbano que se reinventa sin pedir disculpas. Un corredor que brilla, que sufre, que enamora y que todavía busca su equilibrio.