El PRO y el péndulo de la desesperación: del aplauso a Milei al comunicado de la culpa
Por Actualidad Palermo Tour para Palermo Tour Noticias
Hay algo profundamente tragicómico en el momento político que atraviesa el PRO. Una especie de sainete porteño mezclado con terapia grupal de country venido a menos, donde los mismos dirigentes que hace meses celebraban cada grito de Javier Milei, cada insulto presidencial y cada recorte brutal del Estado, ahora aparecen redactando comunicados solemnes sobre “el dolor social”, “la empatía” y “la importancia de escuchar a la gente”, como si recién hubiesen descubierto que cuando se prende fuego la economía no se salvan ni los vecinos de Recoleta, ni los comerciantes de Palermo, ni los profesionales independientes que durante años creyeron que el ajuste siempre lo pagaba otro.
Porque el drama del PRO no es solamente electoral. El drama es psicológico, cultural y hasta existencial. El macrismo quedó atrapado en un péndulo delirante donde un día le vota todo a Milei, al otro intenta diferenciarse con frases suaves y republicanas, y al tercero vuelve a justificar el modelo económico mientras sus propios votantes empiezan a mirar el resumen de la tarjeta con la misma angustia con la que un jubilado mira el precio de los remedios en la farmacia del barrio.
En ese contexto apareció el famoso comunicado del PRO, un texto lleno de palabras delicadas, tonos moderados y reflexiones casi espirituales sobre el sufrimiento de la sociedad argentina. Pero el problema es que la realidad no perdona las actuaciones teatrales. Porque mientras el PRO escribía frases sobre la sensibilidad y los buenos modales, la Argentina seguía acumulando negocios cerrados, hospitales sin recursos, universidades desfinanciadas, tarifas imposibles, boletos de colectivo cada vez más caros y una sensación social de agotamiento que ya no distingue entre peronistas, radicales, liberales o macristas.
Y ahí está la verdadera tragedia del PRO: descubrir demasiado tarde que la motosierra también les cortó las piernas a ellos.
Durante años, el macrismo construyó una identidad política apoyada sobre una parte de la clase media urbana que creía vivir relativamente protegida del desastre argentino. Profesionales, comerciantes, médicos, abogados, pequeños empresarios y monotributistas que podían soportar cierto ajuste económico mientras conservaran una ilusión de estabilidad, orden institucional y expectativa de progreso. El famoso votante que puteaba contra el populismo mientras todavía podía pagar una prepaga, cambiar el auto en cuotas o llevar a los chicos a una escuela privada sin vender un órgano en Mercado Libre.
Pero la economía real tiene una costumbre cruel: cuando colapsa, arrastra a todos para el mismo barro.
Entonces empezó el desfile silencioso de la angustia amarilla. El comerciante PRO dejó de vender porque la gente ya no consume. El profesional liberal empezó a perder clientes porque nadie puede pagar consultas particulares. El médico PRO descubrió que hasta sectores históricamente acomodados están recortando gastos básicos. El abogado PRO empezó a refinanciar tarjetas. El monotributista PRO ya no sabe cómo sostener el alquiler, las expensas y la prepaga al mismo tiempo. Y el jubilado macrista empezó a mirar el changuito del supermercado como quien contempla un crimen económico a cielo abierto.
Ahí es donde el antiperonismo empieza a perder potencia como combustible político. Porque una cosa es odiar al kirchnerismo mirando LN+ desde un sillón cómodo, y otra muy distinta es llegar a mitad de mes con la cuenta bancaria detonada, el consumo destruido y una incertidumbre social que empieza a parecerse demasiado a las peores épocas argentinas que supuestamente venían a evitar.
Por eso el comunicado del PRO no nace de la reflexión moral ni de una iluminación democrática repentina. Nace del miedo. Del miedo a quedarse sin base social, del miedo a que sus propios votantes les empiecen a reclamar en la cara haber acompañado un modelo económico que está pulverizando a buena parte de la clase media que los sostuvo durante años. El comunicado aparece porque en las reuniones privadas, en los cafés donde se junta la dirigencia amarilla, en los grupos de WhatsApp de empresarios y en las cenas familiares de Palermo, Belgrano o Vicente López ya no se habla solamente de Cristina Fernández o del populismo kirchnerista: ahora se habla de facturas impagables, de ventas que se desploman, de hijos que no consiguen trabajo y de una economía que parece diseñada para destruir incluso a quienes apoyaron el cambio.
Y ahí el PRO entra en crisis de identidad. Porque durante meses acompañó disciplinadamente a Javier Milei. Le votó leyes, decretos, reformas y ajustes. Le entregó figuras históricas de su estructura política. Patricia Bullrich pasó de adversaria electoral a ministra estrella del mileísmo. Federico Sturzenegger volvió como símbolo técnico del ajuste permanente. Diego Santilli funcionó como puente legislativo. Mauricio Macri actuó durante mucho tiempo como garante institucional del experimento libertario frente al poder económico argentino.
Pero ahora las encuestas empezaron a mostrar algo que aterra a cualquier político profesional: el desgaste ya no es solamente del gobierno, también empieza a comerse a los aliados.
Porque el círculo rojo podrá tolerar ajustes, reformas y flexibilización económica, pero tiene un límite emocional. Cuando Javier Milei empieza a insultar empresarios históricos, a humillar figuras del establishment o a gobernar con una lógica de agresión permanente, incluso sectores que lo apoyaban empiezan a sentir incomodidad. La elite argentina podrá ser brutal en términos económicos, pero necesita cierta estética del orden. Necesita presidentes que no parezcan vivir en un ataque de nervios televisado las veinticuatro horas del día.
Entonces aparece esta escena ridícula donde el PRO intenta despegarse sin despegarse, criticar sin romper, cuestionar las formas mientras sostiene el fondo. Una gimnasia política casi esquizofrénica donde quieren seguir apoyando el modelo económico pero sin quedar pegados al deterioro social que ese mismo modelo genera.
Y la sociedad empieza a mirar esa maniobra con fastidio.
Porque cuando los hospitales públicos pierden recursos, cuando las universidades no pueden sostener presupuestos básicos, cuando el transporte público aumenta por encima de los salarios y cuando la clase media empieza a parecerse cada vez más a la clase trabajadora precarizada que históricamente miraba desde arriba, los comunicados suaves y las frases marketineras empiezan a sonar ofensivas.
El comunicado del PRO, en ese sentido, funciona más como una confesión involuntaria que como una propuesta política. Es la admisión silenciosa de que escucharon el murmullo incómodo de su propia base social. Escucharon a los comerciantes destruidos. Escucharon a los profesionales agotados. Escucharon a los militantes amarillos que ya no pueden sostener el discurso épico del sacrificio eterno mientras la vida cotidiana se vuelve cada vez más inviable.
Porque llega un punto donde la política deja de discutirse en Twitter y empieza a discutirse en la góndola del supermercado, en la factura de luz, en el precio de los remedios y en el miedo concreto a caer socialmente.
Y ahí el PRO descubre algo terrible: que después de años de construir identidad sobre el rechazo al peronismo, ahora tiene que explicar por qué acompañó un modelo que está dejando a su propia gente mirando el abismo económico con la misma desesperación que cualquier argentino común.
El problema es que quizá ya sea tarde. Porque en Argentina la sociedad podrá perdonar errores, improvisaciones y hasta corrupción, pero rara vez perdona a los políticos que primero empujan el auto al precipicio y después aparecen con cara de preocupación preguntando qué fue lo que pasó.