En Bolívar 263, pegado a la iglesia más antigua de Buenos Aires y dentro de la histórica Manzana de las Luces, funciona mucho más que una escuela secundaria. El Colegio Nacional de Buenos Aires es un gigantesco monumento académico de inspiración francesa por cuyas aulas pasaron presidentes, gobernadores, legisladores, científicos, escritores, artistas y dos premios Nobel. Un paseo por uno de los lugares donde la Argentina aprendió a pensarse a sí misma.
Hay edificios que se visitan por su arquitectura y otros porque allí ocurrió la historia. El Colegio Nacional de Buenos Aires tiene las dos cosas.
Está en Bolívar 263, Monserrat, a pocas cuadras de Plaza de Mayo. Su monumental fachada de columnas, grandes arcos, piedra, mansardas y composición académica francesa puede hacer pensar por un instante que estamos frente a un ministerio, un tribunal o alguna institución parisina trasladada misteriosamente a Buenos Aires.
Pero es una escuela.
Y vaya escuela.
El actual edificio fue diseñado por el arquitecto francés Norbert-Auguste Maillart, formado en la École des Beaux-Arts de París y autor también de dos pesos pesados de la arquitectura argentina: el Palacio de Justicia y el antiguo Palacio de Correos, hoy Centro Cultural Palacio Libertad. El Colegio fue proyectado a comienzos del siglo XX y su construcción se extendió durante décadas hasta su inauguración oficial en 1938.
El resultado es uno de los grandes edificios públicos de la Buenos Aires monumental: un verdadero palacio dedicado a la educación.
Una escuela levantada sobre tres siglos de historia
La historia del lugar, sin embargo, empezó muchísimo antes que Maillart.
Hay que retroceder hasta el siglo XVII.
En 1654, el Cabildo pidió a la Compañía de Jesús que se hiciera cargo de la educación de los jóvenes de Buenos Aires. Los jesuitas se instalaron definitivamente en esta manzana en 1661. Tras su expulsión de los dominios españoles en 1767, allí funcionaría el Real Colegio de San Carlos, creado durante el gobierno de Juan José de Vértiz.
Después llegaron otros nombres y otras Argentinas: Convictorio Carolino, Colegio de la Unión del Sud, Colegio de Ciencias Morales y Colegio Eclesiástico.
Hasta que apareció Bartolomé Mitre.
El 14 de marzo de 1863, durante su presidencia, Mitre creó mediante decreto el Colegio Nacional de Buenos Aires, dentro de un proyecto que pretendía organizar una educación secundaria nacional capaz de formar dirigentes y estudiantes provenientes de diferentes provincias.
En 1911 quedó incorporado a la Universidad de Buenos Aires, vínculo que conserva hasta nuestros días. Actualmente cursan allí alrededor de 2.100 estudiantes.
Pero si uno quiere entender la dimensión política del lugar hay que mirar los nombres.
Y ahí empieza la parte cholula de esta historia.
La fábrica de presidentes
Pocas escuelas secundarias argentinas pueden exhibir semejante álbum de egresados.
Las fuentes oficiales destacan a cuatro presidentes de la Nación vinculados como alumnos al Colegio Nacional de Buenos Aires: Carlos Pellegrini, Roque Sáenz Peña, Marcelo Torcuato de Alvear y Agustín P. Justo. La propia UBA incluye a los cuatro al reconstruir la historia de la institución.
No son nombres menores.
Carlos Pellegrini fue presidente entre 1890 y 1892 y una de las figuras centrales de la reconstrucción política y financiera posterior a la crisis de 1890.
Roque Sáenz Peña, presidente desde 1910 hasta su muerte en 1914, quedó asociado para siempre a la ley electoral que lleva su nombre y que estableció el voto secreto, obligatorio y universal masculino.
Marcelo T. de Alvear gobernó entre 1922 y 1928, durante uno de los períodos de expansión económica y transformación social de la Argentina de entreguerras.
Y Agustín P. Justo ocupó la Presidencia entre 1932 y 1938.
Es difícil encontrar otro colegio secundario que pueda contar semejante currículum institucional.
Pero antes del Nacional ya estudiaban aquí los próceres
La cosa se vuelve todavía más impresionante cuando se considera que el actual Colegio es heredero de las instituciones educativas que funcionaron anteriormente en el mismo solar.
Por esas aulas o sus antecesoras pasaron personajes fundamentales de la historia argentina como Manuel Belgrano, Mariano Moreno, Juan José Castelli, Bernardino Rivadavia, Manuel Dorrego, Juan Martín de Pueyrredón, Justo José de Urquiza y Juan Bautista Alberdi, entre muchos otros. La propia institución recuerda que el Real Colegio de San Carlos fue una verdadera cantera intelectual de la generación revolucionaria.
El dato delicioso es otro.
Domingo Faustino Sarmiento quiso estudiar allí y no pudo.
Según recuerda la historia institucional del Colegio, Sarmiento perdió el sorteo de ingreso al entonces Colegio de Ciencias Morales.
El futuro padre del aula quedó afuera del aula.
La historia argentina también tiene estas ironías.
Diputados, senadores, gobernadores y dirigentes de todas las ideologías
El Nacional produjo además una característica particularmente porteña: personas políticamente enfrentadas que comparten una identidad común como exalumnos.
Entre quienes pasaron por la institución aparecen figuras como Alfredo Palacios, primer diputado socialista de América; Juan B. Justo, fundador del Partido Socialista; José Ingenieros, médico, filósofo y ensayista; y numerosos juristas, legisladores y funcionarios.
En épocas contemporáneas también estudiaron allí dirigentes provenientes de espacios políticos muy diferentes, entre ellos Aníbal Ibarra, Mariano Recalde, Claudio Lozano, Fernanda Reyes y Andrés “Cuervo” Larroque.
Esa transversalidad política forma parte del mito del Colegio: conservadores, radicales, socialistas, peronistas, liberales, intelectuales de izquierda y dirigentes de distintas generaciones terminaron compartiendo alguna vez los mismos corredores.
Las discusiones podían continuar después durante décadas en el Congreso, las universidades, los ministerios o los diarios.
Dos Nobel salieron de estas aulas
La política, sin embargo, cuenta apenas una parte.
El Colegio también formó a los dos primeros argentinos que recibieron premios Nobel.
Carlos Saavedra Lamas obtuvo el Premio Nobel de la Paz en 1936, convirtiéndose además en el primer latinoamericano distinguido con ese galardón.
Bernardo Houssay recibió el Premio Nobel de Fisiología o Medicina en 1947 por sus investigaciones vinculadas al metabolismo de los hidratos de carbono y la hipófisis.
A la lista científica se suman nombres como Luis Agote, responsable del desarrollo del método que permitió conservar sangre mediante citrato de sodio para transfusiones indirectas; el médico Salvador Mazza; el filósofo y científico Mario Bunge; el biólogo molecular Alberto Kornblihtt y numerosas generaciones de investigadores y profesores universitarios.
Escritores, pintores y una institución convertida en literatura
La cultura argentina también caminó por esos pasillos.
Entre los nombres vinculados al Colegio aparecen Miguel Cané, Baldomero Fernández Moreno, Juan Gelman, Ricardo Güiraldes, Rafael Obligado, Ricardo Rojas, Florencio Escardó y Martín Kohan, además del pintor Florencio Molina Campos.
Cané hizo algo todavía más importante para construir el mito: convirtió sus años de estudiante en literatura.
Su libro “Juvenilia”, publicado en 1884, transformó la vida escolar del antiguo Nacional en una pieza clásica de la literatura argentina.
Más de un siglo después, Martín Kohan volvería sobre ese universo en “Ciencias morales”, ambientada en el Colegio durante los últimos años de la dictadura militar.
El edificio no solamente produjo escritores.
Terminó convertido él mismo en personaje literario.
Einstein estuvo acá
Hay otra perlita extraordinaria.
En 1926 Albert Einstein fue recibido oficialmente en el salón de actos del Colegio Nacional de Buenos Aires durante su célebre visita a la Argentina.
Imaginar al creador de la teoría de la relatividad entrando por esos pasillos ya justifica mirar el edificio de otra manera.
Porque detrás de la fachada existen auténticos tesoros.
Una piscina, un observatorio y un órgano de 3.600 tubos
El Nacional no es solamente aulas y pizarrones.
El edificio posee laboratorios de física, química y biología, colecciones científicas históricas, biblioteca, observatorio astronómico y piscina climatizada. Incluso contó con instalaciones para práctica de tiro, algo que hoy parece insólito pero que formaba parte de determinadas concepciones educativas de otra época.
Y después está el Aula Magna.
Allí se encuentra un monumental órgano de aproximadamente 3.600 tubos. La biblioteca, por su parte, conserva más de 100.000 volúmenes, de acuerdo con la ficha patrimonial nacional.
Los departamentos del Colegio custodian además instrumental científico del siglo XIX, antiguos modelos anatómicos, mapas, globos terráqueos, pinturas, esculturas y documentación histórica.
Es decir: detrás de esas columnas funciona también una especie de museo vivo de la educación argentina.
La arquitectura: París en Bolívar al 200
Para los amantes de la arquitectura, vale detenerse frente a la fachada.
Maillart trabajó dentro del lenguaje del academicismo francés y de la tradición Beaux-Arts, la misma cultura arquitectónica que marcó buena parte de la Buenos Aires monumental de fines del siglo XIX y comienzos del XX.
La composición es rigurosamente monumental: basamento pesado, grandes aberturas en arco, columnas gigantes, desarrollo vertical jerarquizado y una imponente mansarda como coronamiento.
No fue casualidad.
La arquitectura pública de aquella Argentina pretendía transmitir estabilidad, Estado, conocimiento y permanencia.
Un colegio debía parecer importante porque la educación era considerada importante.
Y el edificio todavía lo dice sin pronunciar una palabra.
A veinte metros, la iglesia más antigua de Buenos Aires
El paseo tiene además una ventaja extraordinaria: prácticamente pegada al Colegio está la Iglesia de San Ignacio de Loyola, en Bolívar 225.
Es considerada la iglesia más antigua que permanece en pie en la Ciudad de Buenos Aires.
Los jesuitas habían levantado construcciones anteriores desde comienzos del siglo XVII; la obra del templo actual comenzó en 1712, fue inaugurada en 1722 y quedó terminada y consagrada en 1734. Intervinieron Juan Krauss, Andrés Blanqui y Juan Bautista Prímoli.
Después de la expulsión de los jesuitas tuvo usos que parecen resumir la historia argentina: allí funcionaron instituciones vinculadas con la enseñanza y durante las Invasiones Inglesas de 1806 fue utilizada como cuartel militar. También fue escenario de cabildos abiertos y acontecimientos vinculados con la creación de la Universidad de Buenos Aires.
Fue declarada Monumento Histórico Nacional en 1942.
Y debajo de todo, los misteriosos túneles
Colegio e iglesia forman parte del extraordinario conjunto de la Manzana de las Luces, delimitada históricamente por Perú, Bolívar, Alsina y Moreno.
El nombre comenzó a utilizarse públicamente en 1821, relacionado con la concentración de instituciones educativas y culturales que funcionaban allí.
Y debajo de la manzana todavía sobreviven sectores de los famosos túneles coloniales.
Su función exacta alimentó durante generaciones historias porteñas sobre defensa, comunicaciones, circulación de mercaderías y contrabando. Parte de ese sistema subterráneo se conserva asociado al complejo histórico.
Arriba, presidentes y profesores.
Abajo, túneles coloniales.
Buenos Aires haciendo de Buenos Aires.
Un paseo perfecto para conocer el origen de la Ciudad
El Colegio Nacional puede convertirse en el punto de partida de una caminata extraordinaria.
Desde Bolívar 263 se puede recorrer la Iglesia de San Ignacio, la Manzana de las Luces, Perú y Alsina, continuar hacia Defensa y visitar el Museo de la Ciudad, la Farmacia La Estrella, San Francisco y, caminando unas pocas cuadras, llegar hasta Plaza de Mayo, el Cabildo y la Casa Rosada.
Todo queda dentro del casco fundacional porteño.
Datos para el visitante
Colegio Nacional de Buenos Aires
Bolívar 263, Monserrat, Ciudad de Buenos Aires.
Depende de la Universidad de Buenos Aires.
El acceso al interior está sujeto a las actividades académicas y a las visitas que organice la institución. Para información actualizada conviene consultar el sitio oficial del Colegio Nacional de Buenos Aires.
Iglesia de San Ignacio de Loyola
Bolívar 225, Monserrat.
Es la iglesia más antigua conservada de Buenos Aires.
Manzana de las Luces
Ingreso turístico por Perú 272. Es uno de los complejos históricos fundamentales del casco antiguo porteño.
El colegio donde estudiar también significaba imaginar un país
Hay algo fascinante en detenerse frente al Nacional y mirar simplemente quién entra y quién sale.
Porque el edificio de las enormes columnas sigue siendo exactamente aquello para lo que fue construido: una escuela pública funcionando en medio de un monumento histórico.
Eso quizás sea su mayor atractivo turístico.
No estamos frente a un palacio convertido en museo ni ante las ruinas de una institución gloriosa. Hay adolescentes subiendo las mismas escaleras por las que pasaron futuros presidentes, científicos, escritores, legisladores y premios Nobel.
En una sola esquina de Buenos Aires conviven casi cuatro siglos: los jesuitas, la Colonia, los revolucionarios de Mayo, Mitre y la organización nacional, la arquitectura francesa de la Argentina del Centenario, Einstein, los Nobel, la política argentina y los estudiantes del siglo XXI.
El Nacional tiene algo de colegio, algo de universidad, algo de museo y bastante de templo laico porteño.
Y después de conocer quiénes pasaron por allí aparece inevitablemente la pregunta: ¿cuántos de los chicos que hoy atraviesan la puerta de Bolívar 263 tendrán su nombre escrito, dentro de treinta o cuarenta años, en la historia argentina?